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30/06/2008

UN ANÁLISIS LITERARIO ANTE EL OCASO DEL PERIODISMO

EN UNA ARGENTINA DE FICCIÓN

Por Gabriela Pousa (*)  

"Quería soñar un hombre e imponerlo a la realidad"
Jorge Luis Borges (Ruinas Circulares)

El país se ha convertido en un escenario de ficción que sólo puede ser explicado con un abordaje desde la literatura.

En mis años de universidad, solían decirnos que la gran diferencia entre el periodismo y la literatura estriba en que éste debe ajustarse a los hechos tal cual sucedieron, respondiendo incluso a la famosa regla de la “WH” (who, what, when, where, why), es decir quién, cómo, cuándo, dónde y por qué, mientras la literatura podía dar rienda suelta a la imaginación. Cumpliendo la mencionada norma quedaba escrita la crónica periodística. Por el contrario, la literatura no admitía más límite que el renglón.

Nunca creí demasiado en ese dogma, quizás por mi adicción a la obra de Oscar Wilde, pero traté de adaptarme conforme a la enseñanza de los dinosaurios que no adaptados al medio, desaparecieron. Sin embargo, dentro de mí, permaneció intacta la sentencia de aquel autor: “La vida imita a la literatura, mucho más de lo que la literatura imita a la vida.” El siglo XIX, ironizaba Wilde, era en gran medida una invención de Balzac. Hoy nos preguntamos quién habrá inventado este siglo XXI tan lleno de insensatez y mediocridad. Posiblemente, Discépolo le puso letra a muchos de los actuales sucesos aún sin haberlos presenciado en vivo y en directo o creyendo que se ceñían al anterior siglo.

Asimismo, mucho de este presente aparece con asombrosa exactitud en una carta que en Marzo de 1948, desde Buenos Aires, Laurence Durrell, ese cosmopolita que plasmó “El Cuarteto de Alejandría”, le escribiera a Henry Miller. En ella describía a Buenos Aires “exactamente como los Estados Unidos en1890, llena de caciques ambiciosos que se disputan las riquezas no explotadas. A los débiles se los aplasta contra el muro. El único empleo sería un puesto en una estancia, pero eso necesita físico y energía (…) Moralmente es el último círculo del infierno. Todo el que tiene alguna sensibilidad está tratando de salir de acá, incluyo yo. Creo que preferiría arriesgarme a la bomba atómica antes que permanecer aquí. Está tan muerto todo…”

Esa pieza literaria, simultáneamente, es una descripción válida de lo que nos pasa. Durrell pudo redactarla pensando en los gritos que caracterizarían las sesiones parlamentarias o simplemente imaginando la escenografía circense montada en la Plaza de los Dos Congresos. Y así como Wilde sostenía que Robespierre salió de las páginas de Rousseau, nuestros mandatarios, ambos claro, pueden haber sido una creación de Mary Shelley (autora de “Frankenstein”, 1818) o de R. L. Stevenson (autor de “Dr. Jekyll y Mr. Hyde”, 1886). ¿Por qué no?

Todo es demasiado fantástico en la Argentina actual. Si acaso un hijo o un sobrino nos planteara ahora que, San Martín, al cruzar los Andes debió sortear un piquete de asnos reclamando igualdad pues, es el caballo quien quedó inmortalizado en estatuas que evocan la epopeya magna mientras a los burros se les relegó a tareas de carga, creeríamos que nos está contando una versión caricaturesca de la historia nacional, una sátira. Y lo mismo creerán nuestros descendientes cuando se les hable de un debate legislativo donde varios de los participantes se dedicaban al envío de mensajes de texto descalificativos, o el diálogo lo monopolizaba una peculiar Madre de Plaza de Mayo con extraños subsidios en su haber y cheques girados en blanco, capaz de sostener, entre otras vaguedades, que el Congreso y el canal de la televisión estatal deberían ser tomados, y los ruralistas sacados a palos. Y hablamos del ámbito donde alguna vez hubo debates que terminaron con sangre, pero no por la violencia, el odio y el resentimiento, sino por la defensa de convicciones, valores, y principios férreos.

Hoy, las baldosas que guiaron los pasos de los prohombres que forjaron la Nación sufren el pisar de piqueteros, líderes populares con fama efímera y turbio pasado auto adjudicándose representatividad que nadie les ha otorgado. En este contexto, el periodismo está perdiendo su leitmotiv. No hay normas ni reglas que cumplir para que la crónica sea precisa. No hay un quién, no hay un cuándo, ni un por qué. Hay impersonales protagonistas que aparecen y desparecen como en un “Sueño de una noche de verano” sin que nadie pueda dilucidar qué hacen allí ni quienes los convocaron. Todo es vago y furtivo, y lo que se cuenta parece salido de escaparates con olor a trementina como aquellos “Seis personajes en busca de un autor” que Pirandello creó.

Mientras esto sucede, Oscar Wilde sigue insistiendo desde mi memoria que “no hacemos sino desarrollar con notas al final de la página, y con añadiduras inútiles, el capricho o la fantasía o la visión creadora de un gran novelista”

Los dirigentes que nos gobiernan no pueden ser sino una creación fantástica, escapan a la naturaleza humana. No admiten reglas ni sus acciones pueden ser transcriptas en una crónica periodística tradicional. No hay coherencia ni realismo en lo que hacen, menos aún en los objetivos, y la inconsistencia en sus dichos impide que el redactor se ciña a la verdad. Al intentarlo, inevitablemente, se mete en una trama donde la realidad se convierte en eufemismo, en un vocablo vacío. Las fábulas ganan, pues, las columnas y los análisis políticos.

¿De qué sirve, por ejemplo, que enumere la lista de quienes votarán el proyecto de retenciones móviles tal cual está? Son datos tan efímeros que mañana pueden cambiar cheque mediante, compra de voluntades u obsecuencia no más. ¿Acaso no es el mismo Néstor Kirchner el que reniega de las retenciones en videos que circulan por doquier? ¿Cómo dar crédito a lo dice? Tiene más credibilidad un personaje de Ray Bradbury o Isaac Asimov. A su vez, ¿aporta algo que describa el recinto donde se esgrimieron insultos como si fuesen ideas para simular que hay real democracia e instituciones con independencia?

Ni el toro inflable, ni los huevos que caminan por la plaza o aquel legislador que tipea en un celular una grosería pueden ser los artífices de una futura historia argentina que tengan que estudiar después quienes nos han de heredar. Además, podría jurar que a Edgardo De Petri y a Luis D’Elía los he descubierto hace tiempo, como bufones, en páginas de Homero, Virgilio y Quevedo. El periodismo no puede diferenciarse ya de la literatura, al menos no de la fantástica. A no ser que la Argentina sea aquella Atlántida de “El Timeo y el Critias” que Platón narrara, y los ciudadanos perplejos ante tamaño espectáculo seamos Vladimir y Estragon “Esperando a Godot”. (Posdata: Nunca llegó…)

(*) Lic. GABRIELA R. POUSA - Licenciada en Comunicación Social (Universidad del Salvador), Master en Economía y Ciencia Política (Eseade) y con postgrado en Sociología del Poder en Oxford University, es autora del libro   “La Opinión Pública: un Nuevo factor de Poder”. Crónica y Análisis publica esta nota por gentileza de la autora,  quien se desempeña como analista de coyuntura independiente, no pertenece a ningún partido ni milita en movimiento político alguno. Queda prohibida su reproducción sin mención de la fuente.

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30/06/2008

LOS FRUTOS DEL POPULISMO MÁS BERRETA

Por Roberto Cachanosky (*)

No es casualidad que la Argentina haya pasado del crecimiento de fines del siglo XIX y principios del silgo XX a esta continua degradación económica.

Casi como si fuera una verdad revelada, el argumento central del Gobierno para justificar las retenciones ha dejado de ser el de producir menos “yuyito” para diversificar la producción agropecuaria. Ahora, aseguran que el aumento de las retenciones será destinado a financiar más programas sociales. Así, redistribuir la riqueza ha pasado a ser el argumento central de los Kirchner. Y para financiar esa redistribución se le aplicaría una mayor carga tributaria a quienes tienen ganancias “extraordinarias”. No sólo el gobierno sostiene esta línea de argumentación, sino que la oposición, para no ser políticamente incorrecta, dice estar de acuerdo con la redistribución de la riqueza.

Como señalaba en otra nota Antonio Margariti, no queda claro si el gobierno quiere redistribuir la riqueza o los ingresos, dado que no son la misma cosa. Dicho en otras palabras, ¿qué quiere el gobierno? Redistribuir el departamento (la riqueza) o el alquiler que cobra el dueño (los ingresos). Pero, como dice Margariti, al gobierno le da lo mismo hablar de riqueza y de ingresos como si éstos fueran sinónimos. Volviendo al tema de la riqueza y los ingresos, por ejemplo, ¿qué harían los Kirchner con su patrimonio para distribuir justamente la riqueza? ¿Entregarían el 40% de sus 18 casas y 4 departamentos o el 40% de los alquileres que le generan esas 22 propiedades?

Ahora bien, dejando de lado el gesto que podrían tener los Kirchner para mostrar su voluntad de liderar y dar el ejemplo en esto de redistribuir la riqueza repartiendo sus propiedades o ingresos que les generan, deseo pasar al tema de fondo. Y el tema de fondo es el principio de la redistribución del ingreso (no de la riqueza). Lo que voy a decir a continuación es políticamente incorrecto, pero como no pretendo ganar votos, no tengo problema en ser políticamente incorrecto. Vayamos al punto.

¿Por qué razón alguien que trabaja, obtiene utilidades basadas en su esfuerzo personal, iniciativa, riesgo y capacidad de innovación tiene que transferirle compulsivamente sus ingresos a otra persona que no generó nada de ese ingreso? No encuentro ninguna justificación moral por la cual el burócrata de turno se arrogue el derecho de confiscar el fruto del trabajo a unas personas para transferírselas a otra sin que esta otra haya hecho nada que justifique el reclamo de vivir a costa de los otros.

En rigor, seamos honestos, este no es un problema de los Kirchner solamente. Ni siquiera es un problema de la dirigencia política en particular. Este es un problema de la sociedad argentina, entendiendo como sociedad argentina a una mayoría significativa de los habitantes que considera que está bien que el Estado les quite el fruto de su trabajo a unos para transferírselo a otros. La redistribución del ingreso generalmente está bien vista y ampliamente aceptada por mucha gente…siempre y cuando no le toquen el bolsillo a ellos. Y no digo esto por el caso particular de los productores agropecuarios porque ellos mismos han dicho públicamente que están dispuestos a ceder parte de sus ingresos para que el Estado los redistribuya. Inclusive los productores ni siquiera luchan por la eliminación de las retenciones sino que se limitan a pedir un techo a las mismas. Lo que digo es que la sociedad argentina (utilizando este término para simplificar palabras) apoya la distribución del ingreso…ajeno. Es común escuchar que cuando el Estado le cobra más impuestos a un determinado sector de la sociedad, inmediatamente éste salta argumentando que les cobren a otros que ganan más o que roban. Un argumento hipócrita para aparecer sensible, pero tacaño al momento de abrir la billetera. Todos son muy solidarios con la plata ajena y, por lo tanto, la dirigencia política en general y los Kirchner en particular no hacen más que reflejar lo que la mayoría de la gente apoya. El que unos mantengan a otros.

El ejemplo más evidente que me viene a la memoria fue el de los 90 cuando los docentes reclamaban un aumento de sueldos. Todos estaban de acuerdo en que ellos merecían ese incremento salarial. Se aprobó entonces la famosa estampilla que había que pegar en el parabrisas que mostraba el impuesto que cada uno había pagado para financiar dicho incremento de salarios. ¿Qué pasó en ese momento? Todos los que tenían autos saltaron como leche hervida porque tenían que poner de su bolsillo el aumento de salarios de los docentes que tan vehementemente reclamaban incluso los dueños de los autos.

Por supuesto que a muchos políticos esta cultura de la dádiva les viene de perillas porque les permite armar una inmensa red de clientelismo políticos y bolsones de corrupción con la plata ajena. La reparten como si fuera propia. Pero el drama de la Argentina es, a mi juicio, el pronunciado acento que siempre se pone en la distribución del ingreso como si este se generara solo, sin necesidad de riesgo, trabajo, esfuerzo, innovación, entre otras. Y como si el que ganara plata fuera un ser perverso al que hay que castigar por su éxito.

Basta con ver el presupuesto de este año para advertir lo desvirtuado que está el Estado. De los $ 161.500 millones del presupuesto nacional, $ 98.720 millones, es decir el 61%, está destinado al rubro Servicios Sociales, incluyendo esto vivienda, jubilaciones y pensiones, educación, trabajo, etc. Casi dos terceras partes del presupuesto se destinan a redistribuir el ingreso, mientras que la seguridad y la defensa de la nación brillan por su ausencia. Es como si el Estado hubiese decidido privatizar la protección de la vida y la propiedad de las personas (seguridad) decidiendo que cada uno se encargue de defenderla, y se hubiese concentrado exclusivamente en repartir los ingresos. De esta forma, el monopolio de la fuerza que le fue delegado para defender la vida, la libertad y la propiedad de las personas, lo utiliza para expoliar a los que producen y redistribuir el fruto de su trabajo. El Estado argentino se ha transformado en una especie de delincuente que sistemáticamente se apropia de los ingresos y patrimonios de la gente bajo el argumento de la solidaridad.

Desde el punto de vista estrictamente económico, la mejor redistribución del ingreso se produce a partir de instituciones confiables que atraen inversiones, crean puestos de trabajo mejor remunerados y, de esta forma, la gente recibe una porción mayor del ingreso nacional gracias al resultado de su trabajo. Por otro lado, no hay mecanismo más eficiente para ejercer la solidaridad que la que surge de las asociaciones civiles que brindan apoyo a diferentes sectores gracias a las donaciones que reciben en forma voluntaria de personas y empresas. Porque son estas las que se encargan de controlar que los dineros que destinan a esas organizaciones sean efectivamente bien asignados y no se pierdan en los pliegues de la burocracia y la corrupción.

En lo estructural, los argentinos tenemos que cambiar esa mentalidad de pensar que, por definición, todo aquél que gana plata es sospechoso de algo y que, además, tiene la “obligación” de mantener a otras personas que no conocen. Esta cultura de la dádiva ha terminado por denigrar el trabajo de la gente y su dignidad. La mayoría se siente con derecho a vivir a costa del trabajo de terceros. Por lo tanto, cada vez son menos los que producen y más lo que quieren vivir sin producir reclamando un derecho que no es tal.

En lo que hace al caso particular de los Kirchner hay dos problemas puntuales: a) en primer lugar se pasaron de vueltas con el gasto público y la carga tributaria llevando al punto del agotamiento fiscal de la población y b) nadie les creyó cuando 90 días después de lanzar las retenciones móviles se acordaron de avisar que eran para financiar planes sociales. Fue tan burda la maniobra que, en este caso, no prendió en la población el discurso sensiblero.

De todas maneras, insisto, mientras los argentinos no cambiemos esta manía de querer vivir a costa del trabajo del otro, considerando como un derecho que otro me mantenga, me pague la casa, los estudios de mis hijos, etc., va a ser cada vez más difícil encontrar a alguien que quiera arriesgar sus capitales y trabajo para que luego los políticos, bastardeando el concepto de solidaridad, se apropien de los ingresos que generan quienes invierten y trabajan.

No es casualidad que Argentina haya pasado del crecimiento de fines del siglo XIX y principios del silgo XX ha esta continua degradación económica. Es que antes, con todos sus defectos, el modelo de país se basaba en el trabajo, en el esfuerzo personal y en la atracción de capitales. A eso venían los inmigrantes. A trabajar duro para construirse un futuro que no conseguían en sus países europeos. Fue la aparición de la cultura de la dádiva que se instaló en nuestro país lo que nos ha llevado a ser una país decadente, y como buenos hipócritas, encima tratamos de explicar nuestra decadencia en conspiraciones internacionales que surgen de las afiebradas mentes de los resentidos que quieren vivir como se vive en los países capitalistas pero usando las reglas del populismo más berreta.

(*) Artículo editado en "Economía Para Todos" por Roberto Cachanosky Licenciado en Economía - Universidad Católica Argentina (1980). Consultor económico. Autor del libro "Economía para todos" y "El Síndrome Argentino". Columnista de temas económicos en el diario La Nación. Con anterioridad, ejerció la misma tarea para los diarios La Prensa (1985-1992), El Cronista (1992-2001) y La Nueva Provincia de Bahía Blanca (1992-1998). Conductor del programa de TV por cable "El Informe Económico". Profesor titular de Economía Aplicada en el Master de Economía y Administración de ESEADE, profesor titular de Teoría Macroeconómica en el Master de Economía y Administración de CEYCE. Presidente del Centro de Estudios Económicos e Institucionales. Asesor económico de la Cámara Argentina de Comercio (1983-2002) y de la Cámara Argentina de Importadores (1992-1993). 

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26/06/2008

DE CHESTERTON A KAFKA HASTA EL TORO ALFREDITO Y EL PINGÜINO NESTOR… 

Por Gabriela Pousa (*)

“Si de mi hubiese dependido nacer, indudablemente no habría aceptado la existencia en condiciones tan irrisorias” F. Dostoievsky, El Idiota 

Como lo expresara el filósofo Pascal Bruckner, nada hay más conformista en nuestra época que pretender ser un rebelde, un inconformista, ese agitador que se alza contra el orden establecido. Estamos presenciando, pues, un escenario de conformidades donde lo irrisorio aventaja al dramatismo de las circunstancias. Enarbolados como héroes mitológicos de una Argentina arcaica, surgen en el cielo diáfano un gran toro inflado bautizado como “Alfredito”, a él se enfrenta como Teseo al Minotauro, un pingüino de similar tamaño al que llaman “Néstor”. Antiguamente se canonizaba a los héroes, el sistema moderno prefiere vulgarizarlos. Ambos están en una suerte de nebulosa observando desde arriba una plaza atiborrada de identidades perdidas en búsqueda de respuestas para preguntas incompletas. Y es que hasta los que son incapaces de aprender se han puesto a enseñar. En estos días todos los hombres con un poco de fama tienen sus discípulos pero no hay que olvidar que después será Judas el que escriba la biografía.  Lo cierto es que tanto barullo se asemeja al silencio: nada se escucha, apenas si se oyen ciertas voces tratando de esgrimir una idea pero la Argentina es el refugio de las ideas perdidas y las causas acabadas.  

Cualquier que camine por allí podría encontrarse con Gabriel Syme, aquel poeta del orden que supo ser Jueves en la pluma de G. K. Chesterton, o con Gregory, el anarquista que termino representando al Domingo. Compararía el cuadro con aquel otro donde una supuesta conspiración anárquica quería imponerse con fuerza sin advertir que aquella sólo era la otra cara de la monedad de las libertades individuales. La responsabilidad de ser libres es una carga pesada  que a veces, es mejor  apelar  a oscuros sistemas, invocar a complots y terminar imponiendo la ideología victimista, mientras un toro y un pingüino definen una batalla pírrica. 

Las oligarquías ganan algunas partidas: no hubo fútbol ni un picadito como suele haber en las zonas más marginadas, por el contrario una pelota ovalada dio pie a un partido de Rugby y entre scrown, mauls y tackles se definió el espacio donde cada quien es cada cual, así se encuentra la dignidad y la pertenencia en esta geografía. Mientras, dentro del recinto una escena dantesca: voces a los gritos que se superponen creyendo tal vez que la más gruesa es la que vence la contienda. Al observar tamaño espectáculo, donde el sudor es protagonista y las palabras muestran su faz gratuita, cualquier espectador más o menos desprevenido, puede sentir un devenir similar al de Gregorio Samsa, esa cucaracha kafkiana que trata de entender lo que no puede asimilar la naturaleza humana.

Se buscan acuerdos con enfrentamientos, se apela al respeto con el insulto, se impone compulsivamente el consenso. Todo es tan burdo que no puede esperarse un resultado concreto capaz de contener tantos intereses librados a su suerte. 

La voz de la conciencia tiene pañuelo blanco ¿de esperanza?, la voz de la razón,  poncho y barba. Todos son víctimas ¿cómo pueden enfrentarse? Luchan por idénticos derechos amparados en un librito casi insignificante que reparten en las esquinas como si fueran biblias evangelistas. Se trata de la Constitución Nacional tan clara, tan simple y sin embargo, librada a interpretaciones tan disímiles… Si  Alberdi viviese no dudaría en transcribirla pero en una lengua universal para que no haya más confusión y barbarie en esta tierra. Quizás se halle ya de lleno en esa tarea y en breve, los ciudadanos, podamos comprar un ejemplar de la nueva Constitución de los argentinos en el ciberespacio donde debe quedar el único resabio de cultura y dignidad nacional.  

Qué el resto lo resuelvan los próceres del siglo XXI que supimos conseguir: el toro Alfredito y el pingüino Néstor. Y ¡oh, juremos con gloria morir…!

(*) Lic. GABRIELA R. POUSA - Licenciada en Comunicación Social (Universidad del Salvador), Master en Economía y Ciencia Política (Eseade) y con postgrado en Sociología del Poder en Oxford University, es autora del libro   “La Opinión Pública: un Nuevo factor de Poder”. Crónica y Análisis publica esta nota por gentileza de la autora,  quien se desempeña como analista de coyuntura independiente, no pertenece a ningún partido ni milita en movimiento político alguno. Queda prohibida su reproducción sin mención de la fuente.

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23/06/2008

HASTA LA PRÓXIMA TAPA O PORTADA

Por Gabriela Pousa (*)

“… y aquí no ha pasado nada…”

Es asombroso cómo en la Argentina los acontecimientos más insólitos pasan como si fueran meras anécdotas o capítulos de alguna telecomedia. Después de 100 días de una crisis sin igual, o tal vez de esperar una crisis sin igual, protagonistas y espectadores se vuelven a reacomodar. Ciertamente, han cambiado muchas posiciones, se ha perdido el orden original, y en los próximos días presenciaremos una suerte de juego de la silla donde cualquiera puede terminar ocupando un sitio circunstancial.

En la cuenta regresiva, la ausencia más notable es la de la razón. De pronto, las ideologías se guardan en los cajones y el miedo al escrache juega un rol decisivo en la definición. ¿Cuántos legisladores están haciendo un severo análisis de conciencia o están llamados a la reflexión en momentos cruciales para la Nación? A juzgar por las imágenes de la televisión, el Congreso es un avispero donde se tejen números, sumas y restas más que argumentos y estudios de situación en serio. La política se reduce, de pronto, a una ecuación aritmética. ¿Le alcanzan los votos a los Kirchner o no?, es la pregunta del millón. La sociedad quiere saberlo, la misma sociedad que antes de estos 100 días no tenía ni una mínima noción de las retenciones y su existencia. De allí que creer que en esa discusión se agota el tema es el verdadero problema que tiene la Argentina.

Ahora bien, ¿para qué deberían alcanzarle las voluntades parlamentarias al matrimonio presidencial? La respuesta sin anestesia es para ganar una batalla convertida en guerra. El adversario sigue de pie aunque no esté parado en el medio de las rutas. Molesta a Néstor Kirchner no haber logrado aún ponerlos de rodillas. Las consecuencias de buscar ese fin a través de uno de los poderes de la república son peligrosas. La calidad institucional del país no puede siquiera medirse en una escala lógica. La suma del poder, la concentración del mando y el temor disipado entre los diferentes estratos de funcionarios ha cercenado las bases de un poder democrático y republicano. La única ventaja que se yergue sobre la Argentina es que no hay miras de un golpe de Estado, nada más impensado, pero eso no implica que pueda jugarse con los conflictos ni jaquear las instituciones como si éstas fueran cuarteles que aglutinan hombres obligados a cumplir órdenes.

Hoy por hoy, en el país, pensar diferentes al oficialismo es un riesgo pero es al mismo tiempo un mérito. Extraña manera de honrar al pensamiento… Los trofeos para los legisladores se alzan a la espera de esas disidencias. Es como si no se esperase un debate de ideas sino una defensa del disenso, como si las retenciones móviles fuesen tan sólo una excusa de lo que en verdad se juega esta semana en el Parlamento. En el fondo estamos discutiendo un modelo de gobierno y eso es lo que molesta en Balcarce 50. Muévase o no el porcentaje de aquellas, lo que se está observando con sigilo desde la Casa de Gobierno y también desde afuera es la actitud de quienes vayan a sentarse en las bancas esta semana. Discutir ahora si están allí por listas sábanas o por deseo popular manifiesto, tras conocer algo más que los datos filiatorios, es abrir otra grieta en un camino donde ya hay demasiados agujeros. La reforma política es una falacia que han utilizado tantos gobiernos que pretender ahora sacarla del ropero es casi risueño.

¿Cuántas portadas como estas hemos leído ya los argentinos? Pasó 1996 sin pena ni gloria, pasó también el 2003 y la inseguridad, detrás de la problemática del campo, sigue causando estragos. Paradójicamente o no, el PJ dividido, vaciado o viciado sigue dominando el escenario. Y finalmente, Néstor Kirchner y Eduardo Duhalde siguen pulseando sin que nadie sepa demasiado a qué están jugando. La saturación llegó a las calles pero llegó en forma natural sonando como cacerolazos.

Es triste creer que nada ha cambiado demasiado, pero siempre, la Argentina, tiene una oportunidad más, parece que esta fuera una tierra donde constantemente se abre espacio para otra chance. Ni el hartazgo ni la apatía son ultimátum, puede volverse al llano. No importan los grandes titulares, ni las promesas cuando las palabras no valen nada. Si se hubiese gravado la sarta de insensateces que hemos oído en los pasados 100 días, las retenciones no tendrían ni que ser discutidas, podríamos abolirlas. Sobrarían fondos para las obras y sus coimas, para las banelcos que sacan leyes, y hasta para hospitales y escuelas aunque después estos no tengan insumos, y los estudiantes se dediquen a cortar calles porque no les gusta el color de pelo que tiene un maestro o los hayan reprobado.

Y es que el problema de la Argentina va mucho más allá del campo y sus impuestos. Si queremos seguir creyendo que ese es el leitmotiv de todo lo que pasa, y sancionada con o sin reforma la iniciativa en juego, aquí no ha pasado nada… después no nos quejemos. Sigamos viviendo a través de las portadas. La punta del iceberg generalmente no daña, lo que hunde y genera catástrofe es lo que está sumergido, aquello que esta esconde o tapa…

(*) Lic. GABRIELA R. POUSA - Licenciada en Comunicación Social (Universidad del Salvador), Master en Economía y Ciencia Política (Eseade) y con postgrado en Sociología del Poder en Oxford University, es autora del libro   “La Opinión Pública: un Nuevo factor de Poder”. Crónica y Análisis publica esta nota por gentileza de la autora,  quien se desempeña como analista de coyuntura independiente, no pertenece a ningún partido ni milita en movimiento político alguno. Queda prohibida su reproducción sin mención de la fuente. © www.economiaparatodos.com.ar

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23/06/2008

¿QUÉ INVENTARÁN PARA ZAFAR DEL DESPRESTIGIO?

Por Roberto Cachanosky (*)

Durante los 5 años de mandato de Néstor Kirchner, había quedado en evidencia que el entonces presidente no toleraba la más mínima disidencia. Cualquiera que presentara una posición diferente era vilipendiado desde el atril o escrachado por los piqueteros (los mismos escraches que hoy el Jefe de Gabinete define como nazis cuando les toca a ellos). En definitiva, se sabía que Kirchner tenía tendencias autoritarias y el temor invadía a la mayoría de la gente.

Cuando Cristina Fernández de Kirchner ganó las elecciones, algunos periodistas se esforzaron por tratar de mostrar que comenzaba una nueva era de diálogo y un cambio de política que nos incorporaría al mundo. El esfuerzo fue en vano porque a poco de asumir pudo advertirse que la esposa del ex presidente tenía las mismas actitudes autoritarias que su marido. Tanto es así que en varias oportunidades resaltó que ella tenía el 46% de los votos, como si disponer de una mayoría circunstancial le permitiera avasallar las instituciones republicanas o disponer de la propiedad y de los ingresos de la gente a su antojo cual monarca autocrático.

¿Cuál es la novedad que tenemos luego de 5 años de kirchnerismo? A mi juicio, hay dos datos relevantes. En primer lugar, ocurrió algo inédito: un sector, el agropecuario, se plantó ante las decisiones del oficialismo y se puso firme en el disenso. El “método Moreno” dejó de funcionar. Esto no entraba en los cálculos del kirchnerismo y la reacción no se hizo esperar. Había que poner de rodillas a aquellos que opinaban diferente, adoptando actitudes que fueron deteriorando cada vez más la imagen del matrimonio.

El segundo hecho que los sorprendió –y que fue el peor de todos, al menos hasta ahora– fue el apoyo que la inmensa mayoría de la población le dio al campo, junto con los cacerolazos que se extendieron a lo largo y ancho del país. Ellos saben que ese gigantesco acto de repudio al matrimonio presidencial no tiene que ver sólo con las retenciones, sino que también refleja los estragos que están haciendo la inflación y el comportamiento soberbio con que se siguen manejando tanto Néstor como Cristina.

La brutal caída en la imagen presidencial que reflejan las últimas encuestas los debe tener muy preocupados. Sin embargo, lo que más les debe preocupar es el aumento de la imagen negativa. ¿Por qué? Porque un político puede tener baja imagen positiva y, al mismo tiempo, baja imagen negativa. En ese caso dispone de margen para crecer o recuperarse. En cambio, cuando la imagen positiva es baja y alta la negativa, el personaje se encuentra en problemas, ya que la elevada imagen negativa constituye un techo para crecer o recuperar el apoyo de la población.

¿Cuál ha sido la reacción de los Kirchner frente a su creciente deterioro político? Sacar a la calle a las fuerzas de choque de los piqueteros amigos del gobierno como Luis D’Elía. Su reacción consistió en responder al descontento popular con la violencia de los piqueteros y demás fuerzas de choque, con lo cual la imagen del gobierno se deteriora aún más.

Cuando D’Elía entró a las trompadas en la Plaza de Mayo en el primer cacerolazo, quedó demostrado el grado de intolerancia con que se maneja el gobierno cuando la gente se manifiesta en su contra. Estos hechos se repitieron frente a la Quinta Presidencial y, cada vez que la gente va a la Plaza de Mayo a manifestar su disconformidad, enseguida aparece D’Elía para decir la Plaza es mía, como si pararse en la Plaza y no dejar pasar a nadie que piense diferente les diera la razón o les otorgara más apoyo popular.

Es evidente que el matrimonio debe sentirse muy afectado por el rechazo que están teniendo. Ellos saben que el acto que hicieron el miércoles de la semana pasada en la Plaza de Mayo no tuvo una concurrencia espontánea. Saben que montaron un apoyo de utilería a favor suyo, mientras que los cacerolazos y el acto de Rosario fueron espontáneos. Todos sabemos que debe ser sumamente denigrante para uno alquilar gente para que lo aplauda, mientras que nadie es pagado por golpear una cacerola. Me imagino que para cualquier persona debe ser deprimente tener que simular el apoyo. Pagar para que a uno lo aplaudan debe ser una experiencia muy desagradable porque, en el fondo, uno sabe que se siente denigrado de tener que recurrir a ese método.

La novedad, entonces, es que los Kirchner se encuentran con algo que no habían tenido que afrontar hasta el momento: un profundo desprestigio ante la sociedad con el correspondiente rechazo. Esta situación inédita los hace reaccionar con más violencia verbal. Por ejemplo, cuando D’Elía llamó a armarse para defender al gobierno de Cristina, Néstor no repudió los dichos de su amigo piquetero, sino que simplemente se limitó a decir que no estaba de acuerdo.

Hoy los Kirchner denuncian los cortes de rutas como antidemocráticos, mientras el puente con Uruguay sigue cerrado sin que el gobierno emita opinión al respecto.

Alberto Fernández denunció como actitudes nazis que los productores vayan a las casas de los legisladores a reclamar por las retenciones, pero no denunciaron como nazis el escrache que los jóvenes K le hicieron al stand de Clarín en la Feria del Libro, ni el escrache que los piqueteros le hicieron a Shell, o el escrache que la Agrupación Hijos, miembros de las Madres de Plaza de Mayo, le hicieron al juez Bisordi o la toma de una comisaría por parte de D´Elía. En definitiva, no pueden tomarse como serias y sinceras las declaraciones del jefe de Gabinete. Solo reflejan el grado de desazón con que están viviendo este momento.

La realidad es que estamos viviendo una nueva etapa en la cual los Kirchner tienen que enfrentar serios problemas económicos y un creciente rechazo de la población a su modo de gobernar. Por lo que se vio hasta ahora, este nuevo escenario los hizo más agresivos e intolerantes porque para ellos es inadmisible que la gente no se subordine a sus caprichos.

Como la situación económica ya ha entrado en un proceso de recesión, para el matrimonio presidencial los tiempos de gloria pertenecen al pasado. Políticamente están muy complicados. Y tampoco podrán recuperar la economía porque la virulencia de sus palabras y comportamientos han terminado de espantar a cualquiera que imaginara poner un peso de inversión en Argentina.

Así como están las cosas, ellos saben que en las elecciones del año que viene tienen asegurada la derrota. Si pierden la mayoría en el Congreso ya no tendrán todo el poder y ellos no están acostumbrados a gobernar de esa forma, con lo cual, el 2011 pareciera ser un horizonte lejano y poco alentador. Sólo resta saber qué inventarán para tratar de evitar que el descontento popular que hoy se manifiesta en cacerolazos se traduzca en una humillante derrota electoral.

(*) Artículo editado en "Economía Para Todos" por Roberto Cachanosky Licenciado en Economía - Universidad Católica Argentina (1980). Consultor económico. Autor del libro "Economía para todos" y "El Síndrome Argentino". Columnista de temas económicos en el diario La Nación. Con anterioridad, ejerció la misma tarea para los diarios La Prensa (1985-1992), El Cronista (1992-2001) y La Nueva Provincia de Bahía Blanca (1992-1998). Conductor del programa de TV por cable "El Informe Económico". Profesor titular de Economía Aplicada en el Master de Economía y Administración de ESEADE, profesor titular de Teoría Macroeconómica en el Master de Economía y Administración de CEYCE. Presidente del Centro de Estudios Económicos e Institucionales. Asesor económico de la Cámara Argentina de Comercio (1983-2002) y de la Cámara Argentina de Importadores (1992-1993). 

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16/06/2008

¿OTRA VEZ SOPA?

Por Gabriela Pousa (*)

Los fantasmas de diciembre de 2001 se agitan en las calles y en el recuerdo. De todos depende que, esta vez, la historia pueda transitar por otros carriles.

“… Aún puede escucharse a aquel energúmeno que,
cargando un electrodoméstico sobre sus hombros,
corría por la avenida principal de la ciudad
gritando a los demás: ‘¡El año que viene a la misma hora!’”
27 de diciembre de 2002

Parece que la política se va tomar un largo periodo de vacaciones en la Argentina, un lujo que no muchos se pueden dar. Parafraseando a la Presidente podríamos decir que la política debe haber tenido buena renta, razón por la cuál puede estar meses sin trabajar… Seguimos, pues, sin posibilidad de análisis concreto, a no ser que se analice aquello que ha reemplazado el quehacer político, es decir: el desgobierno.

Lo primero que un argentino medio debería hacer si acaso acepta el desafío que implica averiguar qué sucede en la Argentina, es asirse del diccionario y convertirlo en una suerte de manual de lectura imprescindible. De lo contrario, es inútil entender que pasa a no ser que haya un intérprete del absurdo que representa vivir en una confrontación sin límite, escuchando términos ya obsoletos en el mundo entero y también en la Argentina.

Todo comenzó hace casi 5 años con un extraño retroceso del país. El kirchnerismo asumió, y tras los festejos de la “graduación” por el paso de grado de una gobernación provincial a un Ejecutivo Nacional, comenzaron los preparativos de una conmemoración o una representación cuasi infantil del país de hace 30 ó 35 años. Los disfraces que usan y usaron para subir al escenario quizás no reflejaron el espíritu de aquella época signada por la tragedia y la violencia. Sin embargo, la escenografía, los nombres y el libreto ensayado se adaptaron con buena sinonimia a los de aquellos infortunados años.

Si acaso la idea era terminar con una asignatura pendiente, el resultado puede comprenderse con menos dificultad que si el objetivo fue o es gobernar. Podríamos decir que, el primer acto, dejó en evidencia cómo venía la mano, y cuales eran los verdaderos intereses de los protagonistas egresados. Posiblemente entonces, el error lo cometieron los espectadores que se quedaron perplejos o atrapados por la trama, inmóviles, sentados en las butacas observando inertes la sucesión de viejos sketchs, tratando de hallarle un hilo conductor a la historia que estaban contándoles con apenas algunos argumentos originales.

No faltaron aplausos. Tal vez, algún acierto o un histrionismo valedero lo merecieron. No puede negársele alguna habilidad, de otro modo, hoy, los argentinos, estaríamos presenciando otra obra, con elenco renovado y, sobre todo, con un guión cambiado. Pero el final de este folletín lo conocemos, si hasta me avergüenza confesar que yo misma lo plasmé en una nota similar publicada en un matutino porteño.

Transcurría el mes de diciembre de 2002 cuando en otro artículo narraba que no había excusa racional para explicar esa “sensación de ser parte de una época ya conocida, que no habrá de legar, por más ingenio que se aplique en buscarla, ninguna página de gloria a la historia nacional”.

Inmaduros crónicos a esta altura, no podemos - como en aquel entonces- dilucidar las causas por las cuales repetimos lo peor de una historia que ya hemos vivido y sufrido denodadamente. Recordaba entonces, y recuerdo ahora, la ventaja que tuvieran actores de la talla de Alan Alda y Ellen Burstyn capaces de disfrutar los mismos escenarios, viviendo en ellos las mismas cosas, “el año que viene a la misma hora”.

Mientras trazaba el paralelo con aquella ficción hollywoodense, los argentinos, estábamos conmemorando 365 días aproximadamente, de los fatídicos hechos que terminaron con un helicóptero levantando vuelo desde el techo de la Casa de Gobierno. Por mi parte, me niego rotundamente a creer que hoy estamos esperando, con la pasión de aquellos intérpretes cinematográficos, que ocurran los mismos hechos, primero y principal porque en nuestro caso distan de ser placenteros. Sin embargo, hay muchas similitudes en el libreto que están recitando en Balcarce 50 los protagonistas de este viejo cuento mientras todos, atónitos, intentamos alguna especie de respuesta que nos justifique, o al menos nos exculpe, por seguir pagando entrada para ver una obra gastada, encima desvirtuada, y lo más triste, que no sirvió para nada.

Cuando llenaba aquellas páginas similares a estas, se había esperado con ahínco el 25 de Mayo para festejar el re-encauzamiento de la Argentina. Fue en vano. Posteriormente se dijo que la gran epopeya que coronaría la concertación y el dialogo político (textuales palabras), se llevaría a cabo el 9 de Julio. El pueblo, sin emitir queja, esperó aquella fecha pero el anfitrión, un tal Eduardo Duhalde, faltó. Y el que depositó dólares no recibió dólares…

Hoy, esperamos el gran Acuerdo del Bicentenario. No parece muy diferente la intención ni mucha de la metodología es demasiado novedosa. Hay en demasía puntos de comparación entre aquel escenario del pasado y este de ahora, un tanto desprolijo, montado por un grupo de improvisados que responde órdenes de un “jefe”, a quién es obvio que se le teme. Todo es muy burdo y macabro.

El país está amenazado. Apenas hay una esperanza que asoma desde las butacas: esta vez no son masivos los aplausos, la queja es sonora y el pueblo ha comenzado a levantarse en medio del espectáculo. Lo coherente sería retener al público, sin necesidad siquiera de cambiar los actores, pero ofreciendo un nuevo libreto, un espectáculo más sano con una escenografía acorde a los tiempos que corren, y sobre todo asegurándole a la ciudadanía que, el año que viene a la misma hora, la Argentina será realmente otra.

Hoy por hoy, la pregunta más escuchada recuerda a aquel mítico personaje de Quino cuando decía: “¿Otra vez sopa?” (*). Quién sabe, tal vez sea mejor hacer valer los derechos cívicos atendiendo tan sólo la Constitución y, en pro del renacimiento de la Nación, soportar el vacío de las góndolas para que, al menos dentro de tres años, haya un nuevo menú con suficientes alternativas para llenar las urnas, y la sopa no sea el plato que debemos comer compulsivamente cada día.

(*) Lic. GABRIELA R. POUSA - Licenciada en Comunicación Social (Universidad del Salvador), Master en Economía y Ciencia Política (Eseade) y con postgrado en Sociología del Poder en Oxford University, es autora del libro   “La Opinión Pública: un Nuevo factor de Poder”. Crónica y Análisis publica esta nota por gentileza de la autora,  quien se desempeña como analista de coyuntura independiente, no pertenece a ningún partido ni milita en movimiento político alguno. Queda prohibida su reproducción sin mención de la fuente. © www.economiaparatodos.com.ar

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16/06/2008

LOS SISTEMAS AUTOCRÁTICOS NO DIALOGAN, IMPONEN

Por Roberto Cachanosky (*)

EL conflicto con el campo sacó a la luz la necesidad de discutir no sólo una determinada política económico sino, además, las bases republicanas del país.

Antes de la protesta del campo, ya se sabía que la economía estaba deslizándose rápidamente hacia una crisis. La inflación se había disparado mucho antes del paro agropecuario, mientras que los problemas energéticos, fiscales y ausencia de inversiones eran más que evidentes. Hoy, por lo tanto, no estamos asistiendo a una crisis política, social y económica inesperada ni gratuita, sino que vivimos el resultado inevitable de una acumulación de disparates que tenía que terminar de esta manera.

Es que el supuesto paradigma del nuevo modelo económico no era tal por más que algunos empresarios pretendían verlo como un descubrimiento de la ciencia económica, por el cual se podía emitir sin generar inflación, crecer sin tener inversiones y lograr que la economía funcionara con crecientes controles e intervencionismo.

Todo lo que estamos viviendo hoy es el resultado de un modelo intrínsecamente perverso que se basa en el autoritarismo económico y político.

Néstor Kirchner creyó que podía, sin costo alguno, emitir moneda en cantidades crecientes para sostener el eufemismo del tipo de cambio competitivo, hasta que un día se dio cuenta que había inflación. En vez de corregir el rumbo económico, lo mandó a Guillermo Moreno a controlar los precios y a apretar a los empresarios para disimular la inflación mientras el BCRA seguía imprimiendo billetes. Como eso no le alcanzó, destruyó el INDEC para que dijera que los precios no subían en Argentina. Prohibió exportaciones, aumentó sistemáticamente los impuestos a las exportaciones, denunció y acusó a sectores productivos de avaros. Hoy el gobierno dice que aumentó las retenciones para que se produzca, entre otras cosas, más carne. Todavía me acuerdo de su discurso, vociferando desde la tribuna que el campo quería lucrar con el hambre del pueblo argentino. Hizo todo lo posible para destruir la ganadería, lo consiguió y ahora se queja que no se produce carne.

No conforme con todo esto, metió la economía en una maraña de subsidios para disimular la inflación, duplicando en un año los subsidios a la energía para que no se tocaran las tarifas. El resultado es que a las empresas le bajan la palanca cada vez más seguido porque si no tienen que dejar sin luz a la gente mientras el gasto público crece por la necesidad de mayores recursos para financiar estos subsidios.

Néstor Kirchner creyó que podía manejar indefinidamente a las trompadas la economía y hoy se encuentra con que la realidad le devuelve las trompadas a él. Desabastecimiento, inflación galopante, un país económicamente paralizado y una imagen del gobierno que cae en picada como nunca antes se había visto.

Pero frente a la cruda realidad que cualquier persona puede ver, el gobierno sigue empeñado en negarla. La presidente sigue diciendo que el país crece, que hay menos pobreza, que nunca antes en toda la historia de la Argentina habíamos crecido como lo hicimos en los últimos 5 años. Ella y sus funcionarios han llegado a formular declaraciones que ofenden la inteligencia de la gente. Alberto Fernández afirmó que las retenciones no son un impuesto sino que son una herramienta de política económica y, por lo tanto, no tienen que pedirle permiso al Congreso para aumentarlas.

Después de 90 días de conflicto Cristina Fernández de Kirchner quiere hacernos creer que cuando se anunciaron las retenciones móviles se olvidó de explicar que lo hacía para destinar más fondos a planes sociales. La verdad es que tratar de “vender” el impuestazo al campo como una necesidad de “solidaridad social” es casi una falta de respeto al coeficiente intelectual de los argentinos. ¿Cómo puede pararse frente a las cámaras de televisión y decir, sin que se le mueva un pelo, que los recursos van a ser destinados a construir más hospitales si los que hay se caen a pedazos? ¿En serio creen que con ese discurso van a convencer a la gente que ellos son buenos y el resto son avaros?

El gobierno y Moyano se cansaron de decir que por culpa del paro agropecuario la inflación se había disparado. Había inflación por culpa del campo. Pero resulta que el INDEC acaba de “informar” que la inflación en mayo fue de solamente el 0,6% y los alimentos subieron el 0,1%.

Es curioso, los Kirchner despotrican contra el libre mercado, pero se mueven políticamente recurriendo a las reglas del intercambio comercial. Permanentemente buscan el precio de conseguir el apoyo de gobernadores, intendentes, legisladores, sindicalistas y sectores productivos. La caja por un lado y el apoyo por el otro. Obviamente, un esquema de este tipo nada tiene que ver con una democracia republicana. Por el contrario, el matrimonio parece ver el poder como un negocio personal. Si consigo el poder tengo el monopolio de la fuerza y con el monopolio de la fuerza puedo apropiarme del trabajo de la gente y con ese dinero construir más poder comprando voluntades. Para conseguir ese objetivo todo el sistema económico tiene que estar subordinado al mantenimiento del poder, por más inconsistentes que sean las políticas económicas que se apliquen. El costo de semejante esquema está a la vista.

El discurso de que las retenciones se ponen para que la gente tenga comida en sus mesas ya no convence a nadie, porque no solo los precios de los alimentos se han disparado fruto de la inflación que generó el gobierno sino que, además, han logrado uno de los desabastecimientos más grandes de la historia argentina.

De aquí en más sabemos que los Kirchner no van a dialogar porque no conciben el diálogo como un mecanismo de entendimiento. Los sistemas autocráticos no dialogan. Imponen. Ellos creen en la prepotencia, la descalificación, las amenazas y en infundir miedo utilizando el monopolio de la fuerza que los argentinos le delegamos para que defendiera nuestro derecho a la vida, la libertad y la propiedad.

Lo que hoy se está discutiendo en Argentina ya no es un tema de retenciones o de política económica. Estamos discutiendo la defensa de una democracia republicana contra un sistema autoritario basado en el abuso del poder delegado por los ciudadanos.

(*) Artículo editado en "Economía Para Todos" por Roberto Cachanosky Licenciado en Economía - Universidad Católica Argentina (1980). Consultor económico. Autor del libro "Economía para todos" y "El Síndrome Argentino". Columnista de temas económicos en el diario La Nación. Con anterioridad, ejerció la misma tarea para los diarios La Prensa (1985-1992), El Cronista (1992-2001) y La Nueva Provincia de Bahía Blanca (1992-1998). Conductor del programa de TV por cable "El Informe Económico". Profesor titular de Economía Aplicada en el Master de Economía y Administración de ESEADE, profesor titular de Teoría Macroeconómica en el Master de Economía y Administración de CEYCE. Presidente del Centro de Estudios Económicos e Institucionales. Asesor económico de la Cámara Argentina de Comercio (1983-2002) y de la Cámara Argentina de Importadores (1992-1993). 

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