UN
ANÁLISIS LITERARIO ANTE EL OCASO DEL PERIODISMO
EN
UNA ARGENTINA DE FICCIÓN
Por
Gabriela Pousa (*)
"Quería
soñar un hombre e imponerlo a la realidad"
Jorge
Luis Borges (Ruinas Circulares)
El
país se ha convertido en un escenario de ficción que sólo
puede ser explicado con un abordaje desde la literatura.
En
mis años de universidad, solían decirnos que la gran
diferencia entre el periodismo y la literatura estriba en que
éste debe ajustarse a los hechos tal cual sucedieron,
respondiendo incluso a la famosa regla de la “WH” (who,
what, when, where, why), es decir quién, cómo, cuándo, dónde
y por qué, mientras la literatura podía dar rienda suelta a
la imaginación. Cumpliendo la mencionada norma quedaba
escrita la crónica periodística. Por el contrario, la
literatura no admitía más límite que el renglón.
Nunca
creí demasiado en ese dogma, quizás por mi adicción a la
obra de Oscar Wilde, pero traté de adaptarme conforme a la
enseñanza de los dinosaurios que no adaptados al medio,
desaparecieron. Sin embargo, dentro de mí, permaneció
intacta la sentencia de aquel autor: “La vida imita a la
literatura, mucho más de lo que la literatura imita a la
vida.” El siglo XIX, ironizaba Wilde, era en gran medida una
invención de Balzac. Hoy nos preguntamos quién habrá
inventado este siglo XXI tan lleno de insensatez y
mediocridad. Posiblemente, Discépolo le puso letra a muchos
de los actuales sucesos aún sin haberlos presenciado en vivo
y en directo o creyendo que se ceñían al anterior siglo.
Asimismo,
mucho de este presente aparece con asombrosa exactitud en una
carta que en Marzo de 1948, desde Buenos Aires, Laurence
Durrell, ese cosmopolita que plasmó “El Cuarteto de
Alejandría”, le escribiera a Henry Miller. En ella describía
a Buenos Aires “exactamente como los Estados Unidos en1890,
llena de caciques ambiciosos que se disputan las riquezas no
explotadas. A los débiles se los aplasta contra el muro. El
único empleo sería un puesto en una estancia, pero eso
necesita físico y energía (…) Moralmente es el último círculo
del infierno. Todo el que tiene alguna sensibilidad está
tratando de salir de acá, incluyo yo. Creo que preferiría
arriesgarme a la bomba atómica antes que permanecer aquí.
Está tan muerto todo…”
Esa
pieza literaria, simultáneamente, es una descripción válida
de lo que nos pasa. Durrell pudo redactarla pensando en los
gritos que caracterizarían las sesiones parlamentarias o
simplemente imaginando la escenografía circense montada en la
Plaza de los Dos Congresos. Y así como Wilde sostenía que
Robespierre salió de las páginas de Rousseau, nuestros
mandatarios, ambos claro, pueden haber sido una creación de
Mary Shelley (autora de “Frankenstein”, 1818) o de R. L.
Stevenson (autor de “Dr. Jekyll y Mr. Hyde”, 1886). ¿Por
qué no?
Todo
es demasiado fantástico en la Argentina actual. Si acaso un
hijo o un sobrino nos planteara ahora que, San Martín, al
cruzar los Andes debió sortear un piquete de asnos reclamando
igualdad pues, es el caballo quien quedó inmortalizado en
estatuas que evocan la epopeya magna mientras a los burros se
les relegó a tareas de carga, creeríamos que nos está
contando una versión caricaturesca de la historia nacional,
una sátira. Y lo mismo creerán nuestros descendientes cuando
se les hable de un debate legislativo donde varios de los
participantes se dedicaban al envío de mensajes de texto
descalificativos, o el diálogo lo monopolizaba una peculiar
Madre de Plaza de Mayo con extraños subsidios en su haber y
cheques girados en blanco, capaz de sostener, entre otras
vaguedades, que el Congreso y el canal de la televisión
estatal deberían ser tomados, y los ruralistas sacados a
palos. Y hablamos del ámbito donde alguna vez hubo debates
que terminaron con sangre, pero no por la violencia, el odio y
el resentimiento, sino por la defensa de convicciones,
valores, y principios férreos.
Hoy,
las baldosas que guiaron los pasos de los prohombres que
forjaron la Nación sufren el pisar de piqueteros, líderes
populares con fama efímera y turbio pasado auto adjudicándose
representatividad que nadie les ha otorgado. En este contexto,
el periodismo está perdiendo su leitmotiv. No hay normas ni
reglas que cumplir para que la crónica sea precisa. No hay un
quién, no hay un cuándo, ni un por qué. Hay impersonales
protagonistas que aparecen y desparecen como en un “Sueño
de una noche de verano” sin que nadie pueda dilucidar qué
hacen allí ni quienes los convocaron. Todo es vago y furtivo,
y lo que se cuenta parece salido de escaparates con olor a
trementina como aquellos “Seis personajes en busca de un
autor” que Pirandello creó.
Mientras
esto sucede, Oscar Wilde sigue insistiendo desde mi memoria
que “no hacemos sino desarrollar con notas al final de la página,
y con añadiduras inútiles, el capricho o la fantasía o la
visión creadora de un gran novelista”
Los
dirigentes que nos gobiernan no pueden ser sino una creación
fantástica, escapan a la naturaleza humana. No admiten reglas
ni sus acciones pueden ser transcriptas en una crónica periodística
tradicional. No hay coherencia ni realismo en lo que hacen,
menos aún en los objetivos, y la inconsistencia en sus dichos
impide que el redactor se ciña a la verdad. Al intentarlo,
inevitablemente, se mete en una trama donde la realidad se
convierte en eufemismo, en un vocablo vacío. Las fábulas
ganan, pues, las columnas y los análisis políticos.
¿De
qué sirve, por ejemplo, que enumere la lista de quienes votarán
el proyecto de retenciones móviles tal cual está? Son datos
tan efímeros que mañana pueden cambiar cheque mediante,
compra de voluntades u obsecuencia no más. ¿Acaso no es el
mismo Néstor Kirchner el que reniega de las retenciones en
videos que circulan por doquier? ¿Cómo dar crédito a lo
dice? Tiene más credibilidad un personaje de Ray Bradbury o
Isaac Asimov. A su vez, ¿aporta algo que describa el recinto
donde se esgrimieron insultos como si fuesen ideas para
simular que hay real democracia e instituciones con
independencia?
Ni
el toro inflable, ni los huevos que caminan por la plaza o
aquel legislador que tipea en un celular una grosería pueden
ser los artífices de una futura historia argentina que tengan
que estudiar después quienes nos han de heredar. Además,
podría jurar que a Edgardo De Petri y a Luis D’Elía los he
descubierto hace tiempo, como bufones, en páginas de Homero,
Virgilio y Quevedo. El periodismo no puede diferenciarse ya de
la literatura, al menos no de la fantástica. A no ser que la
Argentina sea aquella Atlántida de “El Timeo y el
Critias” que Platón narrara, y los ciudadanos perplejos
ante tamaño espectáculo seamos Vladimir y Estragon
“Esperando a Godot”. (Posdata: Nunca llegó…)
(*)
Lic. GABRIELA R. POUSA -
Licenciada
en Comunicación Social (Universidad del Salvador), Master en
Economía y Ciencia Política (Eseade) y con postgrado en
Sociología del Poder en Oxford University, es autora del
libro “La
Opinión Pública: un Nuevo factor de Poder”.
Crónica y Análisis publica esta nota por gentileza de la
autora, quien se desempeña como analista de coyuntura
independiente, no pertenece a ningún partido ni milita en
movimiento político alguno. Queda prohibida su
reproducción sin mención de la fuente.
No
es casualidad que la Argentina haya pasado del crecimiento de
fines del siglo XIX y principios del silgo XX a esta continua
degradación económica.
Casi
como si fuera una verdad revelada, el argumento central del
Gobierno para justificar las retenciones ha dejado de ser el de
producir menos “yuyito” para diversificar la producción
agropecuaria. Ahora, aseguran que el aumento de las retenciones
será destinado a financiar más programas sociales. Así,
redistribuir la riqueza ha pasado a ser el argumento central de
los Kirchner. Y para financiar esa redistribución se le aplicaría
una mayor carga tributaria a quienes tienen ganancias
“extraordinarias”. No sólo el gobierno sostiene esta línea
de argumentación, sino que la oposición, para no ser políticamente
incorrecta, dice estar de acuerdo con la redistribución de la
riqueza.
Como
señalaba en otra nota Antonio Margariti, no queda claro si el
gobierno quiere redistribuir la riqueza o los ingresos, dado que
no son la misma cosa. Dicho en otras palabras, ¿qué quiere el
gobierno? Redistribuir el departamento (la riqueza) o el alquiler
que cobra el dueño (los ingresos). Pero, como dice Margariti, al
gobierno le da lo mismo hablar de riqueza y de ingresos como si éstos
fueran sinónimos. Volviendo al tema de la riqueza y los ingresos,
por ejemplo, ¿qué harían los Kirchner con su patrimonio para
distribuir justamente la riqueza? ¿Entregarían el 40% de sus 18
casas y 4 departamentos o el 40% de los alquileres que le generan
esas 22 propiedades?
Ahora
bien, dejando de lado el gesto que podrían tener los Kirchner
para mostrar su voluntad de liderar y dar el ejemplo en esto de
redistribuir la riqueza repartiendo sus propiedades o ingresos que
les generan, deseo pasar al tema de fondo. Y el tema de fondo es
el principio de la redistribución del ingreso (no de la riqueza).
Lo que voy a decir a continuación es políticamente incorrecto,
pero como no pretendo ganar votos, no tengo problema en ser políticamente
incorrecto. Vayamos al punto.
¿Por
qué razón alguien que trabaja, obtiene utilidades basadas en su
esfuerzo personal, iniciativa, riesgo y capacidad de innovación
tiene que transferirle compulsivamente sus ingresos a otra persona
que no generó nada de ese ingreso? No encuentro ninguna
justificación moral por la cual el burócrata de turno se arrogue
el derecho de confiscar el fruto del trabajo a unas personas para
transferírselas a otra sin que esta otra haya hecho nada que
justifique el reclamo de vivir a costa de los otros.
En
rigor, seamos honestos, este no es un problema de los Kirchner
solamente. Ni siquiera es un problema de la dirigencia política
en particular. Este es un problema de la sociedad argentina,
entendiendo como sociedad argentina a una mayoría significativa
de los habitantes que considera que está bien que el Estado les
quite el fruto de su trabajo a unos para transferírselo a otros.
La redistribución del ingreso generalmente está bien vista y
ampliamente aceptada por mucha gente…siempre y cuando no le
toquen el bolsillo a ellos. Y no digo esto por el caso particular
de los productores agropecuarios porque ellos mismos han dicho públicamente
que están dispuestos a ceder parte de sus ingresos para que el
Estado los redistribuya. Inclusive los productores ni siquiera
luchan por la eliminación de las retenciones sino que se limitan
a pedir un techo a las mismas. Lo que digo es que la sociedad
argentina (utilizando este término para simplificar palabras)
apoya la distribución del ingreso…ajeno. Es común escuchar que
cuando el Estado le cobra más impuestos a un determinado sector
de la sociedad, inmediatamente éste salta argumentando que les
cobren a otros que ganan más o que roban. Un argumento hipócrita
para aparecer sensible, pero tacaño al momento de abrir la
billetera. Todos son muy solidarios con la plata ajena y, por lo
tanto, la dirigencia política en general y los Kirchner en
particular no hacen más que reflejar lo que la mayoría de la
gente apoya. El que unos mantengan a otros.
El
ejemplo más evidente que me viene a la memoria fue el de los 90
cuando los docentes reclamaban un aumento de sueldos. Todos
estaban de acuerdo en que ellos merecían ese incremento salarial.
Se aprobó entonces la famosa estampilla que había que pegar en
el parabrisas que mostraba el impuesto que cada uno había pagado
para financiar dicho incremento de salarios. ¿Qué pasó en ese
momento? Todos los que tenían autos saltaron como leche hervida
porque tenían que poner de su bolsillo el aumento de salarios de
los docentes que tan vehementemente reclamaban incluso los dueños
de los autos.
Por
supuesto que a muchos políticos esta cultura de la dádiva les
viene de perillas porque les permite armar una inmensa red de
clientelismo políticos y bolsones de corrupción con la plata
ajena. La reparten como si fuera propia. Pero el drama de la
Argentina es, a mi juicio, el pronunciado acento que siempre se
pone en la distribución del ingreso como si este se generara
solo, sin necesidad de riesgo, trabajo, esfuerzo, innovación,
entre otras. Y como si el que ganara plata fuera un ser perverso
al que hay que castigar por su éxito.
Basta
con ver el presupuesto de este año para advertir lo desvirtuado
que está el Estado. De los $ 161.500 millones del presupuesto
nacional, $ 98.720 millones, es decir el 61%, está destinado al
rubro Servicios Sociales, incluyendo esto vivienda, jubilaciones y
pensiones, educación, trabajo, etc. Casi dos terceras partes del
presupuesto se destinan a redistribuir el ingreso, mientras que la
seguridad y la defensa de la nación brillan por su ausencia. Es
como si el Estado hubiese decidido privatizar la protección de la
vida y la propiedad de las personas (seguridad) decidiendo que
cada uno se encargue de defenderla, y se hubiese concentrado
exclusivamente en repartir los ingresos. De esta forma, el
monopolio de la fuerza que le fue delegado para defender la vida,
la libertad y la propiedad de las personas, lo utiliza para
expoliar a los que producen y redistribuir el fruto de su trabajo.
El Estado argentino se ha transformado en una especie de
delincuente que sistemáticamente se apropia de los ingresos y
patrimonios de la gente bajo el argumento de la solidaridad.
Desde
el punto de vista estrictamente económico, la mejor redistribución
del ingreso se produce a partir de instituciones confiables que
atraen inversiones, crean puestos de trabajo mejor remunerados y,
de esta forma, la gente recibe una porción mayor del ingreso
nacional gracias al resultado de su trabajo. Por otro lado, no hay
mecanismo más eficiente para ejercer la solidaridad que la que
surge de las asociaciones civiles que brindan apoyo a diferentes
sectores gracias a las donaciones que reciben en forma voluntaria
de personas y empresas. Porque son estas las que se encargan de
controlar que los dineros que destinan a esas organizaciones sean
efectivamente bien asignados y no se pierdan en los pliegues de la
burocracia y la corrupción.
En
lo estructural, los argentinos tenemos que cambiar esa mentalidad
de pensar que, por definición, todo aquél que gana plata es
sospechoso de algo y que, además, tiene la “obligación” de
mantener a otras personas que no conocen. Esta cultura de la dádiva
ha terminado por denigrar el trabajo de la gente y su dignidad. La
mayoría se siente con derecho a vivir a costa del trabajo de
terceros. Por lo tanto, cada vez son menos los que producen y más
lo que quieren vivir sin producir reclamando un derecho que no es
tal.
En
lo que hace al caso particular de los Kirchner hay dos problemas
puntuales: a) en primer lugar se pasaron de vueltas con el gasto público
y la carga tributaria llevando al punto del agotamiento fiscal de
la población y b) nadie les creyó cuando 90 días después de
lanzar las retenciones móviles se acordaron de avisar que eran
para financiar planes sociales. Fue tan burda la maniobra que, en
este caso, no prendió en la población el discurso sensiblero.
De
todas maneras, insisto, mientras los argentinos no cambiemos esta
manía de querer vivir a costa del trabajo del otro, considerando
como un derecho que otro me mantenga, me pague la casa, los
estudios de mis hijos, etc., va a ser cada vez más difícil
encontrar a alguien que quiera arriesgar sus capitales y trabajo
para que luego los políticos, bastardeando el concepto de
solidaridad, se apropien de los ingresos que generan quienes
invierten y trabajan.
No
es casualidad que Argentina haya pasado del crecimiento de fines
del siglo XIX y principios del silgo XX ha esta continua degradación
económica. Es que antes, con todos sus defectos, el modelo de país
se basaba en el trabajo, en el esfuerzo personal y en la atracción
de capitales. A eso venían los inmigrantes. A trabajar duro para
construirse un futuro que no conseguían en sus países europeos.
Fue la aparición de la cultura de la dádiva que se instaló en
nuestro país lo que nos ha llevado a ser una país decadente, y
como buenos hipócritas, encima tratamos de explicar nuestra
decadencia en conspiraciones internacionales que surgen de las
afiebradas mentes de los resentidos que quieren vivir como se vive
en los países capitalistas pero usando las reglas del populismo más
berreta.
(*)
Artículo editado en "Economía Para Todos" por
Roberto Cachanosky Licenciado en Economía - Universidad
Católica Argentina (1980). Consultor económico. Autor del
libro "Economía para todos" y "El Síndrome
Argentino". Columnista de temas económicos en el diario
La Nación. Con anterioridad, ejerció la misma tarea
para los diarios La Prensa (1985-1992), El
Cronista (1992-2001) y La Nueva Provincia de Bahía
Blanca (1992-1998). Conductor del programa de TV por cable
"El Informe Económico". Profesor titular de
Economía Aplicada en el Master de Economía y Administración
de ESEADE, profesor titular de Teoría Macroeconómica en el
Master de Economía y Administración de CEYCE. Presidente del
Centro de Estudios Económicos e Institucionales. Asesor
económico de la Cámara Argentina de Comercio (1983-2002) y
de la Cámara Argentina de Importadores (1992-1993).
DE
CHESTERTON A KAFKA HASTA EL TORO ALFREDITO Y EL PINGÜINO
NESTOR…
Por
Gabriela Pousa (*)
“Si de mi hubiese dependido nacer,
indudablemente no habría aceptado la existencia en
condiciones tan irrisorias” F. Dostoievsky, El Idiota
Como
lo expresara el filósofo Pascal Bruckner, nada hay más
conformista en nuestra época que pretender ser un rebelde, un
inconformista, ese agitador que se alza contra el orden
establecido. Estamos presenciando, pues, un escenario de
conformidades donde lo irrisorio aventaja al dramatismo de las
circunstancias. Enarbolados como héroes mitológicos de una
Argentina arcaica, surgen en el cielo diáfano un gran toro
inflado bautizado como “Alfredito”, a él se enfrenta como
Teseo al Minotauro, un pingüino de similar tamaño al que
llaman “Néstor”. Antiguamente se canonizaba a los héroes,
el sistema moderno prefiere vulgarizarlos. Ambos están en una
suerte de nebulosa observando desde arriba una plaza
atiborrada de identidades perdidas en búsqueda de respuestas
para preguntas incompletas. Y es que hasta los que son
incapaces de aprender se han puesto a enseñar. En estos días
todos los hombres con un poco de fama tienen sus discípulos
pero no hay que olvidar que después será Judas el que
escriba
la biografía.Lo
cierto es que tanto barullo se asemeja al silencio: nada se
escucha, apenas si se oyen ciertas voces tratando de esgrimir
una idea pero la Argentina es el refugio de las ideas perdidas
y las causas acabadas.
Cualquier
que camine por allí podría encontrarse con Gabriel Syme,
aquel poeta del orden que supo ser Jueves en la pluma de G. K.
Chesterton, o con Gregory, el anarquista que termino
representando al Domingo. Compararía el cuadro con aquel otro
donde una supuesta conspiración anárquica quería imponerse
con fuerza sin advertir que aquella sólo era la otra cara de
la monedad de las libertades individuales. La responsabilidad
de ser libres es una carga pesadaque a veces, es mejorapelara
oscuros sistemas, invocar a complots y terminar imponiendo la
ideología victimista, mientras un toro y un pingüino definen
una batalla pírrica.
Las
oligarquías ganan algunas partidas: no hubo fútbol ni un
picadito como suele haber en las zonas más marginadas, por el
contrario una pelota ovalada dio pie a un partido de Rugby y
entre scrown, mauls y tackles se definió el espacio donde
cada quien es cada cual, así se encuentra la dignidad y la
pertenencia en esta geografía. Mientras, dentro del recinto
una escena dantesca: voces a los gritos que se superponen
creyendo tal vez que la más gruesa es la que vence
la contienda. Al
observar tamaño espectáculo, donde el sudor es protagonista
y las palabras muestran su faz gratuita, cualquier espectador
más o menos desprevenido, puede sentir un devenir similar al
de Gregorio Samsa, esa cucaracha kafkiana que trata de
entender lo que no puede asimilar la naturaleza humana.
Se
buscan acuerdos con enfrentamientos, se apela al respeto con
el insulto, se impone compulsivamente el consenso. Todo es tan
burdo que no puede esperarse un resultado concreto capaz de
contener tantos intereses librados a su suerte.
La
voz de la conciencia tiene pañuelo blanco ¿de esperanza?, la
voz de la razón,poncho
y barba. Todos son víctimas ¿cómo pueden enfrentarse?
Luchan por idénticos derechos amparados en un librito casi
insignificante que reparten en las esquinas como si fueran
biblias evangelistas. Se trata de
la Constitución Nacional
tan clara, tan simple y sin embargo, librada a
interpretaciones tan disímiles… SiAlberdi viviese no dudaría en transcribirla pero en
una lengua universal para que no haya más confusión y
barbarie en esta tierra. Quizás se halle ya de lleno en esa
tarea y en breve, los ciudadanos, podamos comprar un ejemplar
de
la nueva Constitución
de los argentinos en el ciberespacio donde debe quedar el único
resabio de cultura y dignidad nacional.
Qué
el resto lo resuelvan los próceres del siglo XXI que supimos
conseguir: el toro Alfredito y el pingüino Néstor. Y ¡oh,
juremos con gloria morir…!
(*)
Lic. GABRIELA R. POUSA -
Licenciada
en Comunicación Social (Universidad del Salvador), Master en
Economía y Ciencia Política (Eseade) y con postgrado en
Sociología del Poder en Oxford University, es autora del
libro “La
Opinión Pública: un Nuevo factor de Poder”.
Crónica y Análisis publica esta nota por gentileza de la
autora, quien se desempeña como analista de coyuntura
independiente, no pertenece a ningún partido ni milita en
movimiento político alguno. Queda prohibida su
reproducción sin mención de la fuente.
Es
asombroso cómo en la Argentina los acontecimientos más insólitos
pasan como si fueran meras anécdotas o capítulos de alguna
telecomedia. Después de 100 días de una crisis sin igual, o
tal vez de esperar una crisis sin igual, protagonistas y
espectadores se vuelven a reacomodar. Ciertamente, han
cambiado muchas posiciones, se ha perdido el orden original, y
en los próximos días presenciaremos una suerte de juego de
la silla donde cualquiera puede terminar ocupando un sitio
circunstancial.
En
la cuenta regresiva, la ausencia más notable es la de la razón.
De pronto, las ideologías se guardan en los cajones y el
miedo al escrache juega un rol decisivo en la definición. ¿Cuántos
legisladores están haciendo un severo análisis de conciencia
o están llamados a la reflexión en momentos cruciales para
la Nación? A juzgar por las imágenes de la televisión, el
Congreso es un avispero donde se tejen números, sumas y
restas más que argumentos y estudios de situación en serio.
La política se reduce, de pronto, a una ecuación aritmética.
¿Le alcanzan los votos a los Kirchner o no?, es la pregunta
del millón. La sociedad quiere saberlo, la misma sociedad que
antes de estos 100 días no tenía ni una mínima noción de
las retenciones y su existencia. De allí que creer que en esa
discusión se agota el tema es el verdadero problema que tiene
la Argentina.
Ahora
bien, ¿para qué deberían alcanzarle las voluntades
parlamentarias al matrimonio presidencial? La respuesta sin
anestesia es para ganar una batalla convertida en guerra. El
adversario sigue de pie aunque no esté parado en el medio de
las rutas. Molesta a Néstor Kirchner no haber logrado aún
ponerlos de rodillas. Las consecuencias de buscar ese fin a
través de uno de los poderes de la república son peligrosas.
La calidad institucional del país no puede siquiera medirse
en una escala lógica. La suma del poder, la concentración
del mando y el temor disipado entre los diferentes estratos de
funcionarios ha cercenado las bases de un poder democrático y
republicano. La única ventaja que se yergue sobre la
Argentina es que no hay miras de un golpe de Estado, nada más
impensado, pero eso no implica que pueda jugarse con los
conflictos ni jaquear las instituciones como si éstas fueran
cuarteles que aglutinan hombres obligados a cumplir órdenes.
Hoy
por hoy, en el país, pensar diferentes al oficialismo es un
riesgo pero es al mismo tiempo un mérito. Extraña manera de
honrar al pensamiento… Los trofeos para los legisladores se
alzan a la espera de esas disidencias. Es como si no se
esperase un debate de ideas sino una defensa del disenso, como
si las retenciones móviles fuesen tan sólo una excusa de lo
que en verdad se juega esta semana en el Parlamento. En el
fondo estamos discutiendo un modelo de gobierno y eso es lo
que molesta en Balcarce 50. Muévase o no el porcentaje de
aquellas, lo que se está observando con sigilo desde la Casa
de Gobierno y también desde afuera es la actitud de quienes
vayan a sentarse en las bancas esta semana. Discutir ahora si
están allí por listas sábanas o por deseo popular
manifiesto, tras conocer algo más que los datos filiatorios,
es abrir otra grieta en un camino donde ya hay demasiados
agujeros. La reforma política es una falacia que han
utilizado tantos gobiernos que pretender ahora sacarla del
ropero es casi risueño.
¿Cuántas
portadas como estas hemos leído ya los argentinos? Pasó 1996
sin pena ni gloria, pasó también el 2003 y la inseguridad,
detrás de la problemática del campo, sigue causando
estragos. Paradójicamente o no, el PJ dividido, vaciado o
viciado sigue dominando el escenario. Y finalmente, Néstor
Kirchner y Eduardo Duhalde siguen pulseando sin que nadie sepa
demasiado a qué están jugando. La saturación llegó a las
calles pero llegó en forma natural sonando como cacerolazos.
Es
triste creer que nada ha cambiado demasiado, pero siempre, la
Argentina, tiene una oportunidad más, parece que esta fuera
una tierra donde constantemente se abre espacio para otra
chance. Ni el hartazgo ni la apatía son ultimátum, puede
volverse al llano. No importan los grandes titulares, ni las
promesas cuando las palabras no valen nada. Si se hubiese
gravado la sarta de insensateces que hemos oído en los
pasados 100 días, las retenciones no tendrían ni que ser
discutidas, podríamos abolirlas. Sobrarían fondos para las
obras y sus coimas, para las banelcos que sacan leyes, y hasta
para hospitales y escuelas aunque después estos no tengan
insumos, y los estudiantes se dediquen a cortar calles porque
no les gusta el color de pelo que tiene un maestro o los hayan
reprobado.
Y
es que el problema de la Argentina va mucho más allá del
campo y sus impuestos. Si queremos seguir creyendo que ese es
el leitmotiv de todo lo que pasa, y sancionada con o sin
reforma la iniciativa en juego, aquí no ha pasado nada…
después no nos quejemos. Sigamos viviendo a través de las
portadas. La punta del iceberg generalmente no daña, lo que
hunde y genera catástrofe es lo que está sumergido, aquello
que esta esconde o tapa…
Durante
los 5 años de mandato de Néstor Kirchner, había quedado en
evidencia que el entonces presidente no toleraba la más mínima
disidencia. Cualquiera que presentara una posición diferente era
vilipendiado desde el atril o escrachado por los piqueteros (los
mismos escraches que hoy el Jefe de Gabinete define como nazis
cuando les toca a ellos). En definitiva, se sabía que Kirchner
tenía tendencias autoritarias y el temor invadía a la mayoría
de la gente.
Cuando
Cristina Fernández de Kirchner ganó las elecciones, algunos
periodistas se esforzaron por tratar de mostrar que comenzaba una
nueva era de diálogo y un cambio de política que nos incorporaría
al mundo. El esfuerzo fue en vano porque a poco de asumir pudo
advertirse que la esposa del ex presidente tenía las mismas
actitudes autoritarias que su marido. Tanto es así que en varias
oportunidades resaltó que ella tenía el 46% de los votos, como
si disponer de una mayoría circunstancial le permitiera avasallar
las instituciones republicanas o disponer de la propiedad y de los
ingresos de la gente a su antojo cual monarca autocrático.
¿Cuál
es la novedad que tenemos luego de 5 años de kirchnerismo? A mi
juicio, hay dos datos relevantes. En primer lugar, ocurrió algo
inédito: un sector, el agropecuario, se plantó ante las
decisiones del oficialismo y se puso firme en el disenso. El “método
Moreno” dejó de funcionar. Esto no entraba en los cálculos del
kirchnerismo y la reacción no se hizo esperar. Había que poner
de rodillas a aquellos que opinaban diferente, adoptando actitudes
que fueron deteriorando cada vez más la imagen del matrimonio.
El
segundo hecho que los sorprendió –y que fue el peor de todos,
al menos hasta ahora– fue el apoyo que la inmensa mayoría de la
población le dio al campo, junto con los cacerolazos que se
extendieron a lo largo y ancho del país. Ellos saben que ese
gigantesco acto de repudio al matrimonio presidencial no tiene que
ver sólo con las retenciones, sino que también refleja los
estragos que están haciendo la inflación y el comportamiento
soberbio con que se siguen manejando tanto Néstor como Cristina.
La
brutal caída en la imagen presidencial que reflejan las últimas
encuestas los debe tener muy preocupados. Sin embargo, lo que más
les debe preocupar es el aumento de la imagen negativa. ¿Por qué?
Porque un político puede tener baja imagen positiva y, al mismo
tiempo, baja imagen negativa. En ese caso dispone de margen para
crecer o recuperarse. En cambio, cuando la imagen positiva es baja
y alta la negativa, el personaje se encuentra en problemas, ya que
la elevada imagen negativa constituye un techo para crecer o
recuperar el apoyo de la población.
¿Cuál
ha sido la reacción de los Kirchner frente a su creciente
deterioro político? Sacar a la calle a las fuerzas de choque de
los piqueteros amigos del gobierno como Luis D’Elía. Su reacción
consistió en responder al descontento popular con la violencia de
los piqueteros y demás fuerzas de choque, con lo cual la imagen
del gobierno se deteriora aún más.
Cuando
D’Elía entró a las trompadas en la Plaza de Mayo en el primer
cacerolazo, quedó demostrado el grado de intolerancia con que se
maneja el gobierno cuando la gente se manifiesta en su contra.
Estos hechos se repitieron frente a la Quinta Presidencial y, cada
vez que la gente va a la Plaza de Mayo a manifestar su
disconformidad, enseguida aparece D’Elía para decir la Plaza es
mía, como si pararse en la Plaza y no dejar pasar a nadie que
piense diferente les diera la razón o les otorgara más apoyo
popular.
Es
evidente que el matrimonio debe sentirse muy afectado por el
rechazo que están teniendo. Ellos saben que el acto que hicieron
el miércoles de la semana pasada en la Plaza de Mayo no tuvo una
concurrencia espontánea. Saben que montaron un apoyo de utilería
a favor suyo, mientras que los cacerolazos y el acto de Rosario
fueron espontáneos. Todos sabemos que debe ser sumamente
denigrante para uno alquilar gente para que lo aplauda, mientras
que nadie es pagado por golpear una cacerola. Me imagino que para
cualquier persona debe ser deprimente tener que simular el apoyo.
Pagar para que a uno lo aplaudan debe ser una experiencia muy
desagradable porque, en el fondo, uno sabe que se siente denigrado
de tener que recurrir a ese método.
La
novedad, entonces, es que los Kirchner se encuentran con algo que
no habían tenido que afrontar hasta el momento: un profundo
desprestigio ante la sociedad con el correspondiente rechazo. Esta
situación inédita los hace reaccionar con más violencia verbal.
Por ejemplo, cuando D’Elía llamó a armarse para defender al
gobierno de Cristina, Néstor no repudió los dichos de su amigo
piquetero, sino que simplemente se limitó a decir que no estaba
de acuerdo.
Hoy
los Kirchner denuncian los cortes de rutas como antidemocráticos,
mientras el puente con Uruguay sigue cerrado sin que el gobierno
emita opinión al respecto.
Alberto
Fernández denunció como actitudes nazis que los productores
vayan a las casas de los legisladores a reclamar por las
retenciones, pero no denunciaron como nazis el escrache que los jóvenes
K le hicieron al stand de Clarín en la Feria del Libro, ni el
escrache que los piqueteros le hicieron a Shell, o el escrache que
la Agrupación Hijos, miembros de las Madres de Plaza de Mayo, le
hicieron al juez Bisordi o la toma de una comisaría por parte de
D´Elía. En definitiva, no pueden tomarse como serias y sinceras
las declaraciones del jefe de Gabinete. Solo reflejan el grado de
desazón con que están viviendo este momento.
La
realidad es que estamos viviendo una nueva etapa en la cual los
Kirchner tienen que enfrentar serios problemas económicos y un
creciente rechazo de la población a su modo de gobernar. Por lo
que se vio hasta ahora, este nuevo escenario los hizo más
agresivos e intolerantes porque para ellos es inadmisible que la
gente no se subordine a sus caprichos.
Como
la situación económica ya ha entrado en un proceso de recesión,
para el matrimonio presidencial los tiempos de gloria pertenecen
al pasado. Políticamente están muy complicados. Y tampoco podrán
recuperar la economía porque la virulencia de sus palabras y
comportamientos han terminado de espantar a cualquiera que
imaginara poner un peso de inversión en Argentina.
Así
como están las cosas, ellos saben que en las elecciones del año
que viene tienen asegurada la derrota. Si pierden la mayoría en
el Congreso ya no tendrán todo el poder y ellos no están
acostumbrados a gobernar de esa forma, con lo cual, el 2011
pareciera ser un horizonte lejano y poco alentador. Sólo resta
saber qué inventarán para tratar de evitar que el descontento
popular que hoy se manifiesta en cacerolazos se traduzca en una
humillante derrota electoral.
(*)
Artículo editado en "Economía Para Todos" por
Roberto Cachanosky Licenciado en Economía - Universidad
Católica Argentina (1980). Consultor económico. Autor del
libro "Economía para todos" y "El Síndrome
Argentino". Columnista de temas económicos en el diario
La Nación. Con anterioridad, ejerció la misma tarea
para los diarios La Prensa (1985-1992), El
Cronista (1992-2001) y La Nueva Provincia de Bahía
Blanca (1992-1998). Conductor del programa de TV por cable
"El Informe Económico". Profesor titular de
Economía Aplicada en el Master de Economía y Administración
de ESEADE, profesor titular de Teoría Macroeconómica en el
Master de Economía y Administración de CEYCE. Presidente del
Centro de Estudios Económicos e Institucionales. Asesor
económico de la Cámara Argentina de Comercio (1983-2002) y
de la Cámara Argentina de Importadores (1992-1993).
Los
fantasmas de diciembre de 2001 se agitan en las calles y en el
recuerdo. De todos depende que, esta vez, la historia pueda
transitar por otros carriles.
“…
Aún puede escucharse a aquel energúmeno que,
cargando un electrodoméstico sobre sus hombros,
corría por la avenida principal de la ciudad
gritando a los demás: ‘¡El año que viene a la misma
hora!’”
27 de diciembre de 2002
Parece
que la política se va tomar un largo periodo de vacaciones en
la Argentina, un lujo que no muchos se pueden dar.
Parafraseando a la Presidente podríamos decir que la política
debe haber tenido buena renta, razón por la cuál puede estar
meses sin trabajar… Seguimos, pues, sin posibilidad de análisis
concreto, a no ser que se analice aquello que ha reemplazado
el quehacer político, es decir: el desgobierno.
Lo
primero que un argentino medio debería hacer si acaso acepta
el desafío que implica averiguar qué sucede en la Argentina,
es asirse del diccionario y convertirlo en una suerte de
manual de lectura imprescindible. De lo contrario, es inútil
entender que pasa a no ser que haya un intérprete del absurdo
que representa vivir en una confrontación sin límite,
escuchando términos ya obsoletos en el mundo entero y también
en la Argentina.
Todo
comenzó hace casi 5 años con un extraño retroceso del país.
El kirchnerismo asumió, y tras los festejos de la “graduación”
por el paso de grado de una gobernación provincial a un
Ejecutivo Nacional, comenzaron los preparativos de una
conmemoración o una representación cuasi infantil del país
de hace 30 ó 35 años. Los disfraces que usan y usaron para
subir al escenario quizás no reflejaron el espíritu de
aquella época signada por la tragedia y la violencia. Sin
embargo, la escenografía, los nombres y el libreto ensayado
se adaptaron con buena sinonimia a los de aquellos
infortunados años.
Si
acaso la idea era terminar con una asignatura pendiente, el
resultado puede comprenderse con menos dificultad que si el
objetivo fue o es gobernar. Podríamos decir que, el primer
acto, dejó en evidencia cómo venía la mano, y cuales eran
los verdaderos intereses de los protagonistas egresados.
Posiblemente entonces, el error lo cometieron los espectadores
que se quedaron perplejos o atrapados por la trama, inmóviles,
sentados en las butacas observando inertes la sucesión de
viejos sketchs, tratando de hallarle un hilo conductor a la
historia que estaban contándoles con apenas algunos
argumentos originales.
No
faltaron aplausos. Tal vez, algún acierto o un histrionismo
valedero lo merecieron. No puede negársele alguna habilidad,
de otro modo, hoy, los argentinos, estaríamos presenciando
otra obra, con elenco renovado y, sobre todo, con un guión
cambiado. Pero el final de este folletín lo conocemos, si
hasta me avergüenza confesar que yo misma lo plasmé en una
nota similar publicada en un matutino porteño.
Transcurría
el mes de diciembre de 2002 cuando en otro
artículo narraba que
no había excusa racional para explicar esa “sensación de
ser parte de una época ya conocida, que no habrá de legar,
por más ingenio que se aplique en buscarla, ninguna página
de gloria a la historia nacional”.
Inmaduros
crónicos a esta altura, no podemos - como en aquel entonces-
dilucidar las causas por las cuales repetimos lo peor de una
historia que ya hemos vivido y sufrido denodadamente.
Recordaba entonces, y recuerdo ahora, la ventaja que tuvieran
actores de la talla de Alan Alda y Ellen Burstyn capaces de
disfrutar los mismos escenarios, viviendo en ellos las mismas
cosas, “el año que viene a la misma hora”.
Mientras
trazaba el paralelo con aquella ficción hollywoodense, los
argentinos, estábamos conmemorando 365 días aproximadamente,
de los fatídicos hechos que terminaron con un helicóptero
levantando vuelo desde el techo de la Casa de Gobierno. Por mi
parte, me niego rotundamente a creer que hoy estamos
esperando, con la pasión de aquellos intérpretes cinematográficos,
que ocurran los mismos hechos, primero y principal porque en
nuestro caso distan de ser placenteros. Sin embargo, hay
muchas similitudes en el libreto que están recitando en
Balcarce 50 los protagonistas de este viejo cuento mientras
todos, atónitos, intentamos alguna especie de respuesta que
nos justifique, o al menos nos exculpe, por seguir pagando
entrada para ver una obra gastada, encima desvirtuada, y lo más
triste, que no sirvió para nada.
Cuando
llenaba aquellas páginas similares a estas, se había
esperado con ahínco el 25 de Mayo para festejar el
re-encauzamiento de la Argentina. Fue en vano. Posteriormente
se dijo que la gran epopeya que coronaría la concertación y
el dialogo político (textuales palabras), se llevaría a cabo
el 9 de Julio. El pueblo, sin emitir queja, esperó aquella
fecha pero el anfitrión, un tal Eduardo Duhalde, faltó. Y el
que depositó dólares no recibió dólares…
Hoy,
esperamos el gran Acuerdo del Bicentenario. No parece muy
diferente la intención ni mucha de la metodología es
demasiado novedosa. Hay en demasía puntos de comparación
entre aquel escenario del pasado y este de ahora, un tanto
desprolijo, montado por un grupo de improvisados que responde
órdenes de un “jefe”, a quién es obvio que se le teme.
Todo es muy burdo y macabro.
El
país está amenazado. Apenas hay una esperanza que asoma
desde las butacas: esta vez no son masivos los aplausos, la
queja es sonora y el pueblo ha comenzado a levantarse en medio
del espectáculo. Lo coherente sería retener al público, sin
necesidad siquiera de cambiar los actores, pero ofreciendo un
nuevo libreto, un espectáculo más sano con una escenografía
acorde a los tiempos que corren, y sobre todo asegurándole a
la ciudadanía que, el año que viene a la misma hora, la
Argentina será realmente otra.
Hoy
por hoy, la pregunta más escuchada recuerda a aquel mítico
personaje de Quino cuando decía: “¿Otra vez sopa?” (*).
Quién sabe, tal vez sea mejor hacer valer los derechos cívicos
atendiendo tan sólo la Constitución y, en pro del
renacimiento de la Nación, soportar el vacío de las góndolas
para que, al menos dentro de tres años, haya un nuevo menú
con suficientes alternativas para llenar las urnas, y la sopa
no sea el plato que debemos comer compulsivamente cada día.
EL
conflicto con el campo sacó a la luz la necesidad de discutir no
sólo una determinada política económico sino, además, las
bases republicanas del país.
Antes
de la protesta del campo, ya se sabía que la economía estaba
deslizándose rápidamente hacia una crisis. La inflación se había
disparado mucho antes del paro agropecuario, mientras que los
problemas energéticos, fiscales y ausencia de inversiones eran más
que evidentes. Hoy, por lo tanto, no estamos asistiendo a una
crisis política, social y económica inesperada ni gratuita, sino
que vivimos el resultado inevitable de una acumulación de
disparates que tenía que terminar de esta manera.
Es
que el supuesto paradigma del nuevo modelo económico no era tal
por más que algunos empresarios pretendían verlo como un
descubrimiento de la ciencia económica, por el cual se podía
emitir sin generar inflación, crecer sin tener inversiones y
lograr que la economía funcionara con crecientes controles e
intervencionismo.
Todo
lo que estamos viviendo hoy es el resultado de un modelo intrínsecamente
perverso que se basa en el autoritarismo económico y político.
Néstor
Kirchner creyó que podía, sin costo alguno, emitir moneda en
cantidades crecientes para sostener el eufemismo del tipo de
cambio competitivo, hasta que un día se dio cuenta que había
inflación. En vez de corregir el rumbo económico, lo mandó a
Guillermo Moreno a controlar los precios y a apretar a los
empresarios para disimular la inflación mientras el BCRA seguía
imprimiendo billetes. Como eso no le alcanzó, destruyó el INDEC
para que dijera que los precios no subían en Argentina. Prohibió
exportaciones, aumentó sistemáticamente los impuestos a las
exportaciones, denunció y acusó a sectores productivos de
avaros. Hoy el gobierno dice que aumentó las retenciones para que
se produzca, entre otras cosas, más carne. Todavía me acuerdo de
su discurso, vociferando desde la tribuna que el campo quería
lucrar con el hambre del pueblo argentino. Hizo todo lo posible
para destruir la ganadería, lo consiguió y ahora se queja que no
se produce carne.
No
conforme con todo esto, metió la economía en una maraña de
subsidios para disimular la inflación, duplicando en un año los
subsidios a la energía para que no se tocaran las tarifas. El
resultado es que a las empresas le bajan la palanca cada vez más
seguido porque si no tienen que dejar sin luz a la gente mientras
el gasto público crece por la necesidad de mayores recursos para
financiar estos subsidios.
Néstor
Kirchner creyó que podía manejar indefinidamente a las trompadas
la economía y hoy se encuentra con que la realidad le devuelve
las trompadas a él. Desabastecimiento, inflación galopante, un
país económicamente paralizado y una imagen del gobierno que cae
en picada como nunca antes se había visto.
Pero
frente a la cruda realidad que cualquier persona puede ver, el
gobierno sigue empeñado en negarla. La presidente sigue diciendo
que el país crece, que hay menos pobreza, que nunca antes en toda
la historia de la Argentina habíamos crecido como lo hicimos en
los últimos 5 años. Ella y sus funcionarios han llegado a
formular declaraciones que ofenden la inteligencia de la gente.
Alberto Fernández afirmó que las retenciones no son un impuesto
sino que son una herramienta de política económica y, por lo
tanto, no tienen que pedirle permiso al Congreso para aumentarlas.
Después
de 90 días de conflicto Cristina Fernández de Kirchner quiere
hacernos creer que cuando se anunciaron las retenciones móviles
se olvidó de explicar que lo hacía para destinar más fondos a
planes sociales. La verdad es que tratar de “vender” el
impuestazo al campo como una necesidad de “solidaridad social”
es casi una falta de respeto al coeficiente intelectual de los
argentinos. ¿Cómo puede pararse frente a las cámaras de
televisión y decir, sin que se le mueva un pelo, que los recursos
van a ser destinados a construir más hospitales si los que hay se
caen a pedazos? ¿En serio creen que con ese discurso van a
convencer a la gente que ellos son buenos y el resto son avaros?
El
gobierno y Moyano se cansaron de decir que por culpa del paro
agropecuario la inflación se había disparado. Había inflación
por culpa del campo. Pero resulta que el INDEC acaba de
“informar” que la inflación en mayo fue de solamente el 0,6%
y los alimentos subieron el 0,1%.
Es
curioso, los Kirchner despotrican contra el libre mercado, pero se
mueven políticamente recurriendo a las reglas del intercambio
comercial. Permanentemente buscan el precio de conseguir el apoyo
de gobernadores, intendentes, legisladores, sindicalistas y
sectores productivos. La caja por un lado y el apoyo por el otro.
Obviamente, un esquema de este tipo nada tiene que ver con una
democracia republicana. Por el contrario, el matrimonio parece ver
el poder como un negocio personal. Si consigo el poder tengo el
monopolio de la fuerza y con el monopolio de la fuerza puedo
apropiarme del trabajo de la gente y con ese dinero construir más
poder comprando voluntades. Para conseguir ese objetivo todo el
sistema económico tiene que estar subordinado al mantenimiento
del poder, por más inconsistentes que sean las políticas económicas
que se apliquen. El costo de semejante esquema está a la vista.
El
discurso de que las retenciones se ponen para que la gente tenga
comida en sus mesas ya no convence a nadie, porque no solo los
precios de los alimentos se han disparado fruto de la inflación
que generó el gobierno sino que, además, han logrado uno de los
desabastecimientos más grandes de la historia argentina.
De
aquí en más sabemos que los Kirchner no van a dialogar porque no
conciben el diálogo como un mecanismo de entendimiento. Los
sistemas autocráticos no dialogan. Imponen. Ellos creen en la
prepotencia, la descalificación, las amenazas y en infundir miedo
utilizando el monopolio de la fuerza que los argentinos le
delegamos para que defendiera nuestro derecho a la vida, la
libertad y la propiedad.
Lo
que hoy se está discutiendo en Argentina ya no es un tema de
retenciones o de política económica. Estamos discutiendo la
defensa de una democracia republicana contra un sistema
autoritario basado en el abuso del poder delegado por los
ciudadanos.
(*)
Artículo editado en "Economía Para Todos" por
Roberto Cachanosky Licenciado en Economía - Universidad
Católica Argentina (1980). Consultor económico. Autor del
libro "Economía para todos" y "El Síndrome
Argentino". Columnista de temas económicos en el diario
La Nación. Con anterioridad, ejerció la misma tarea
para los diarios La Prensa (1985-1992), El
Cronista (1992-2001) y La Nueva Provincia de Bahía
Blanca (1992-1998). Conductor del programa de TV por cable
"El Informe Económico". Profesor titular de
Economía Aplicada en el Master de Economía y Administración
de ESEADE, profesor titular de Teoría Macroeconómica en el
Master de Economía y Administración de CEYCE. Presidente del
Centro de Estudios Económicos e Institucionales. Asesor
económico de la Cámara Argentina de Comercio (1983-2002) y
de la Cámara Argentina de Importadores (1992-1993).