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11/03/2011
LA
VIDA ES SIEMPRE UNA BUENA NOTICIA
Queridos
Amigos;
Este año la iglesia se ha propuesto que la acción
evangelizadora gire en torno al tema de la vida. Por ese
motivo, será el eje de nuestra meditación de cuaresma.
Tal
como hicimos en el último Adviento, también ahora nos
referiremos a un hecho real para reflexionar juntos
sobre él. Tomaremos un caso que no es de público
conocimiento, sino algo que le sucedió a un sacerdote.
La idea es que podamos pensar e interrogarnos sobre la
cuestión de la vida, en el contexto de nuestra
preparación para la Pascua del Señor, que es sobre
todo, la fiesta de la Vida.
El
hecho
Una
tarde se presentó en una parroquia de nuestro país,
una mujer de mediana edad y buena posición económica.
Algo angustiada pidió hablar con un sacerdote a quien
le relató la siguiente historia:
“En
mi casa trabaja desde hace un tiempo, como empleada doméstica,
una chica del norte argentino, muy sencilla, que ahora
tiene 19 años. En sus tareas es muy esmerada y cuida
con paciencia y solicitud a mis chicos, que son
chiquitos. Es muy buena persona y nos hemos encariñado
con ella y creo que ella se encariñó con nosotros.
Hace un par de días me contó que está embarazada. A mí
me parecía que tener el bebé en su situación era
inviable, puesto que está sola en Buenos Aires y le envía
casi todo su sueldo a su mamá que está en su provincia
¿Adónde va a ir a trabajar con un hijo? Yo le dije que
no iba a poder seguir teniéndola en casa. Tengo poco
espacio y no puedo asumir esta nueva situación Tampoco
me parece posible que vuelva a su casa sola, presentando
a su familia un problema nuevo. Le dije, entonces, que
si quería interrumpir el embarazo, yo podía ayudarla.
Ella me respondió algo que me ha dejado perpleja y
confundida, y por eso he venido a hablar con un
sacerdote. Me dijo: «Señora, todo lo que tengo, es
porque usted me lo da: trabajo, ropa, casa, comida…
nunca he tenido nada propio y ¿ahora usted me pide que
entregue lo único que he podido tener en la vida?» Su
respuesta fue serena y contundente. Yo quedé conmovida
y me sentí interpelada en mi propia maternidad.
Finalmente,
el bebé nació y su mamá conservó el trabajo en esa
familia que la acompañó en el embarazo y la crianza
del niño.
El
sueño más preciado que puede tener una persona
El
tema de la vida es inagotable y no pretendemos en unas
pocas líneas desentrañar su profundo significado. Lo
que queremos es plantear la cuestión y quedarnos
pensando. Compartimos aquí algunas de las reflexiones
que la historia nos ha suscitado.
Esta
chica tan sencilla, captó algo fundamental: la vida es
un bien, el primero, el más valioso y hay que cuidarlo.
Percibió también que esa vida se le confiaba a ella de
manera especial, sintió que un hijo es una riqueza, en
este caso la única riqueza, pero siempre la máxima
riqueza.
Esta
percepción es compartida por muchas familias: los hijos
son un don, una promesa, un sueño, tal vez el sueño más
preciado que pueda tener una persona. Que el hijo o la
hija sean felices es la máxima aspiración de un padre
o de una madre. Quizás se pueda renunciar a la propia
felicidad, pero no a la del hijo/a.
Tener
un hijo, además, da a la propia vida un sentido
especialísimo. Al tener un/a hijo/a, se siente que uno
no se puede morir, alguien me necesita de un modo muy
particular. Los actos del padre o de la madre adquieren
otra relevancia, porque hay alguien especial a cargo.
Aparece
también en la historia el hecho de que para que la vida
sea posible y conozca la luz, es necesario que varias
personas se comprometan con ella; en primer lugar, la
madre, pero ninguna madre sola puede hacerse cargo de
todo lo que implica traer una persona al mundo. Es
necesaria la presencia del padre, de la familia, de la
comunidad.
¿Qué
nos dice la Biblia sobre la Vida?
La
Sagrada Escritura nos dice que Dios
ama la vida: no sólo la ha creado, tal como nos relata
el libro del Génesis, sino que la sostiene (Cf. Salmo
136, 25). Es más, “Dios no ha hecho la muerte ni se
complace en la perdición de los vivientes. El ha creado
todas las cosas para que subsistan…”
(Sabiduría 1, 13-14). El evangelio de Mateo
recuerda que “¡Él no es un Dios de muertos, sino de
vivientes!” (22, 32) Y el de Juan recoge el testimonio
de Jesús “Vine para que tengan Vida y la tengan
abundante” (Jn 10,10).
Es
decir, el testimonio de la Biblia va en una dirección:
Dios quiere que vivamos, quiere que seamos felices. La
vida es un bien y encierra
en sí misma una belleza, es un hermoso regalo, condición
de posibilidad de todos los demás.
La
vida, además, siendo propia, no lo es totalmente: se
nos da y algún día tenemos que devolverla. Es un
regalo que tiene una naturaleza tal, que solo lo
disfrutamos en la medida en que lo entregamos, en que
vivimos por algo grande, así lo recuerda el Concilio
Vaticano II: “El hombre, única creatura a la que Dios
ha amado por sí misma, no puede encontrar su propia
plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a
los demás”.[1]
El
modelo acabado de la vida plena y entregada es Jesús.
Ese misterio de la vida vivida “en favor de los demás”
es lo que celebramos precisamente en la Pascua.
Esta
vida, que es hermosa y valiosa, sin embargo es una vida
frágil, amenazada de diversas formas por el mal y
sometida a la muerte; esperamos otra Vida en la que se
plenifiquen todos los valores que hoy vivimos “en
promesa”.
En
síntesis, la
vida humana, por sí misma, es una buena noticia, aunque
se dé en la pobreza y en medio de carencias y
limitaciones de todo tipo. Y,
porque la Vida, en Jesús, se nos
ha manifestado (cf. 1 Jn 1,2), nosotros
anunciamos al mundo el Evangelio de la Vida.
¿Qué
consecuencias tiene todo esto para nosotros aquí y
ahora?
Es
muy importante que más allá de las discusiones
concretas que la actualidad política y social nos va
presentando, podamos percibir el valor inestimable de la
vida, su cualidad de don y regalo fundamental. Percibir
el valor de la vida nos lleva a otra reflexión muy
importante: la del sentido de la vida.
Hoy
las personas se preguntan mucho acerca del sentido de lo
que hacen, del sentido de lo que les sucede o de lo que
se les pide. Esto es muy bueno, es una señal de madurez
personal y social. Significa ir por el camino de la
racionalidad y del pensamiento propio. Si seguimos la línea
de estos interrogantes, tarde o temprano nos
encontraremos con la pregunta por el sentido total,
expresado más o menos así: ¿Qué sentido tiene la
vida, estar vivo? Y llegaremos a un cuestionamiento aún
más inquietante ¿Qué sentido tiene mi
vida, por
qué existo? Quienes se animen a formularse la pregunta,
tal vez transiten momentos de incertidumbre, pero tendrán
la oportunidad de descubrir una insospechada
profundidad, aún en lo cotidiano. Porque toda vida
tiene sentido. Sin bien la respuesta completa la conoce
Dios, ya podemos ir percibiendo algo de ese sentido,
aunque nuestra comprensión sea limitada y con
interrogantes. Desde la fe sabemos que toda persona es
valiosa, en todo ser humano Dios ha depositado muchos
dones: es su creación. Cuando buscamos entonces el
sentido, la razón de ser de una existencia, por frágil
y limitada que sea, nos encontramos con el querer de
Dios, con su amor creador. Nada menos.
Queridos
amigos, en este tiempo de cuaresma, nuestra conversión
debe ser más que nunca un “Paso”, una “Pascua”
a una Vida Nueva. Una opción por la vida. Que María,
que supo lo que es aceptar un embarazo estando sola, y
que acompañó las distintas etapas de la vida de Jesús
y de la iglesia naciente, nos enseñe a valorar y a
cuidar la vida.
¡Muy
feliz pascua de Resurrección!
Una
fraterna Bendición,
†
Mons-
JORGE CASARETTO
Obispo
de San Isidro
†
Mons-
OSCAR OJEA
Obispo
Coadjutor de San Isidro
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25/11/2010
CARTA
PASTORAL DE ADVIENTO 2010
UNA
PARÁBOLA SOBRE LA SALVACIÓN
Queridos
amigos;
Aunque
han pasado ya unos cuantos días del rescate de los 33
mineros atrapados en Copiapó, Chile, aún está viva
esta experiencia que nos puede dar pie para reflexionar
brevemente sobre el sentido del Adviento y en camino
hacia la Navidad.
Cuando
Jesús narraba sus parábolas, contaba historias que tenían
que ver con la realidad de sus oyentes y que les
ayudaban a sacar una conclusión, invitándolos también
a tomar una decisión de vida. Al modo de una parábola,
creemos que esta experiencia puede servirnos para
comprender más a fondo el hecho de la Encarnación del
Hijo de Dios y poder así dar un paso más en nuestro
crecimiento humano y cristiano.
El
hecho
Luego
del derrumbe del 5 de agosto, los mineros estaban
perdidos, desorientados, en la oscuridad y destinados a
la muerte. Sin salida, sin noticias y casi sin
alimentos, la tentación más fuerte debe haber sido la
desesperación. Sobrevivieron porque decidieron apostar
a la vida y hacerlo juntos: racionaron los alimentos
para que alcanzaran, se organizaron, tomaron decisiones
en conjunto.
Algo
renació en ellos cuando se sintieron buscados. Se abrió
una luz de esperanza al saber que alguien se estaba
ocupando del rescate. Muchas personas trabajaron,
llegaron expertos y recursos de todo el mundo, miles
oraron por ellos de acuerdo a sus creencias.
Los
más comprometidos fueron los técnicos y rescatistas
que se consagraron día y noche al rescate. Dieron su
vida para que ellos vuelvan desde el fondo de la tierra.
Los
mineros seguían encerrados, pero los alimentos y los
diversos recursos que les acercaron desde fuera, así
como la comunicación con los seres queridos, lograron
renovar sus esperanzas. La mina se transformó de
“sepulcro” en “vientre materno” preparándolos
para un segundo nacimiento.
El
13 de octubre será un segundo cumpleaños para los 33,
tanto más festejado, cuanto más en riesgo estuvo la
vida. Fueron rescatados, salvados. La existencia cobró
un nuevo sentido y ellos mismos lo dijeron “ya no se
puede vivir como antes”.
¿Cómo
sigue la historia después de ser salvados de la muerte?
Ellos advierten cuáles son las cosas que importan,
sobre todo quiénes importan: la vida importa, las
personas importan, empezando por los más próximos, la
familia, los afectos, los mineros que trabajan
en las mismas condiciones que ellos. El último en salir
lo dijo claramente “esto no puede volver a pasar”, y
al decirlo, su experiencia se transformó en
solidaridad.
Su
Significado
Esta
historia puede ser leída de muchas maneras y nos deja
diversas enseñanzas; pero creemos que también puede
convertirse en una parábola real y contemporánea para
hablar de Jesús, de la salvación y de la vida nueva
que nos trajo. Ese “descenso” de Jesús a nuestra
oscuridad, es lo que festejamos en la Navidad.
¿Cómo
ilumina la “parábola de los mineros” nuestra vida?
Por nuestra condición de pecadores, también nosotros
estábamos perdidos y
desorientados,
destinados a la muerte. Sin Dios nuestra vida es
oscuridad y sinsentido.
Cuando
estábamos perdidos, bajó a socorrernos Jesús, el gran
rescatista que se hundió con nosotros y por nosotros y
nos sacó del pozo para que alcanzáramos la vida plena.
Los
que leemos esta carta, no estuvimos en la mina el día
del derrumbe, pero posiblemente hemos asistido a otros
“derrumbes”: una enfermedad, la muerte de un ser
querido, la pérdida de trabajo, la frustración de un
proyecto de vida…
Jesús
viene a sacarnos del encierro. Así, aún en medio de la
noche, nuestra espera se transforma en esperanza y
promesa. En realidad la venida de Jesús al mundo es
salvación no porque nos prometa eximirnos de dolores o
sufrimientos sino porque su presencia en nuestras vidas
nos permite encontrarle algún sentido a todas las
situaciones que tendremos que atravesar.
Conscientes
de ser salvados, también nosotros debemos darnos cuenta
que lo importante es la vida y las personas son las que
cuentan. Rescatados por Jesús, solidarios y felices,
vamos a anunciarles a otros que es Él quien puede
liberarnos de cualquier encierro.
No
estamos en una mina a 700 metros de profundidad, pero
nuestra vida hoy está amenazada: la inseguridad, la
droga, la fragmentación social, la violencia dentro y
fuera de la familia…
Parece,
incluso, que la vida hubiera perdido su valor. Nos hemos
acostumbrado de tal modo a escuchar noticias sobre
muertes ocasionadas por la delincuencia, los accidentes
de tránsito, los enfrentamientos políticos, etc., que
ya casi no nos asombramos.
Debemos
salir de esta situación de “parálisis” frente a la
muerte, reaccionar y tomar medidas para modificar estas
situaciones.
La
Navidad, como la salida de la mina, constituye una magnífica
oportunidad para darnos cuenta que, si lo que importa es
la vida, tenemos que cuidar la propia y la de los demás,
comenzando por los más desprotegidos o débiles.
Precisamente, porque la vida es
valiosa hay que cuidarla desde el comienzo hasta el
final, y no tiene sentido perder el precioso y limitado
tiempo que tenemos en enfrentarnos o en tratarnos como
enemigos.
Por
el contrario, tenemos que buscar el modo de salir
adelante juntos de las pruebas que la historia nos va
presentando. Es más: o salimos juntos o no sale nadie.
Reflexionando
sobre el rescate, los obispos de Chile decían: “Que
este reencuentro con la vida sea una oportunidad para
que ellos y todos nosotros valoremos lo más preciado
que tenemos: la vida, la dignidad de hijos de Dios, la
fe, el tesoro de la familia, el valor de un
trabajo justamente recompensado y en condiciones seguras
y siempre dignas".
Por
otra parte, de este lado de la cordillera, los obispos
argentinos proponemos que el 2011 sea el “año de la
vida”, en el que podamos profundizar sobre su valor y
promoverla en toda circunstancia.
Amigos,
que esta profunda parábola que nos entregaron los
mineros, nos ayude a prepararnos para la Navidad. Que la
alegría de saber que Jesús viene a rescatarnos de toda
oscuridad, del pecado y de la muerte, colme los
corazones y los hogares y renueve el sentido de lo que
cada uno de nosotros esté viviendo hoy, ¡Les deseamos
una muy Feliz Navidad!
Una
fraterna bendición,
†
Mons-
JORGE CASARETTO
Obispo
de San Isidro
†
Mons-
OSCAR OJEA
Obispo
Coadjutor de San Isidro
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09/09/2010
ESCUELA,
CAMINO PARA LA VIDA
Por
†
Mons-
JORGE CASARETTO
Queridos
amigos, una vez más comparto con ustedes algunas
reflexiones en el marco del Bicentenario de nuestra
Patria, que nos anima y estimula a hacer memoria,
reflexionar y proyectar un futuro en el cual los
argentinos podamos seguir creciendo como Nación en el
respeto, la justicia y la verdad.
Frente
al desafío de seguir creciendo, un aspecto que no
podemos olvidar y descuidar es la escuela.
La
escuela desarrolla en la sociedad contemporánea
funciones diversas. Todas ellas importantes para la vida
en sociedad y para la formación de las personas. Sin
embargo, quisiera reflexionar en particular sobre tres
de estas funciones: la educación, la socialización y
la formación para la profesión y el trabajo.
No
cabe duda que la primera función de la escuela es
educar. Los objetivos de la educación se centran
particularmente en la persona y se orientan a su
autorrealización y desarrollo. La educación debe mirar
a la formación del hombre como tal, suscitar actitudes
de fondo frente a la vida, estimular y guiar la búsqueda
y el desarrollo de los valores en el individuo. La
educación debe excluir todo proceso de autoritarismo y
de adoctrinamiento. Debe desarrollarse en un ámbito de
respeto y diálogo, en donde tenga lugar el disenso y la
diversidad.
En
segundo lugar, tenemos la socialización. Este proceso
implica estimular en el educando las actitudes
interiores y de comportamiento conformes a lo social. Es
ayudar a desarrollar en la persona su capacidad de ser
miembro de la sociedad, partícipe y respetuoso de las
instituciones, responsable de su actuar y capaz de
responder a los desafíos propios de su tiempo. La
socialización se presenta como un espacio en el cual se
manifiestan los problemas éticos, las virtudes
sociales, el consenso, la transformación, la capacidad
crítica y el bien común. Este proceso debe llevar a
los educandos a superar el individualismo, generando
personas más humanas, sensibles con las necesidades de
los otros y atentos a los que tienen en la vida menos
oportunidades. La escuela debe educar en la solidaridad
y en el compromiso que generan la verdadera transformación
social.
En
tercer lugar, la escuela es formadora para la profesión
y el trabajo. Si bien es más común mencionar esta
función al referirnos a lo universitario, no podemos
negar que el valor de la profesionalidad y el trabajo se
deben comenzar a desarrollar desde la escuela.
Una Nación que quiere crecer necesita de hombres
y mujeres que valoren el trabajo que los dignifica como
personas, que sean capaces y puedan acceder a la formación
profesional para servir al bien común desde las
diferentes profesiones.
El
sentido profesional y del trabajo estimulan el
desarrollo de la responsabilidad individual y favorecen
la maduración del educando. Desde la escuela se debe
ayudar a descubrir que se es parte de un todo llamado
sociedad, en donde con el esfuerzo de cada día, todos
contribuimos a su crecimiento
a la vez que nos vamos desarrollando como ciudadanos.
Cuando
pensamos en crecer como Nación, no podemos dejar de
lado las escuelas con las funciones elementales de
educar, socializar y formar para el trabajo.
La
educación nos ayuda a desarrollar el conocimiento, la
socialización nos permite descubrir que caminamos junto
a otros y con otros, y el sentido de la profesión y del
trabajo nos permiten encontrar la razón del esfuerzo de
cada día y el lugar desde el cual cada uno es
protagonista.
En
este mes de septiembre, en el cual se celebra el Día
del Maestro, del Profesor y del Estudiante, no puedo
dejar de saludarlos y encomendarlos al cuidado y la
protección de nuestra Madre la Virgen de Luján, para
que puedan desarrollar en plenitud la vocación que han
recibido y sigan haciendo de la escuela un verdadero ámbito
de fraternidad, coherencia y testimonio, que es la mejor
manera de enseñar.
Con
mi bendición,
†
Mons-
JORGE CASARETTO
Obispo
de San Isidro
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10/08/2010
TRABAJO:
DIGNIDAD Y PLENITUD
Por
†
Mons-
JORGE CASARETTO Obispo
de San Isidro
Queridos
amigos, estamos en el mes de agosto, y para los que
tenemos fe es casi imposible no acordarnos de que el 7
se celebra la Fiesta de San Cayetano, patrono del pan y
del trabajo.
Todos
los años me conmuevo frente a la manifestación popular
de fe que, en el Santuario de Liniers, se reúne para
agradecer y pedir por el pan y el trabajo. Días de
espera, frío, lluvia y gran alegría que culminan con
la visita a la imagen de San Cayetano, en el interior de
la Iglesia. Personas que renuevan en sus corazones la
esperanza y el deseo de vivir una vida mejor, con un
trabajo digno que les permita llevar el pan a sus casas
para alimentar a sus familias.
En
todas las culturas, el trabajo y el pan han sido signo
de dignidad, plenitud y prosperidad. El hombre que no
tiene trabajo está como incompleto, una parte de su ser
no se puede desarrollar, una parte de su vida queda vacía
y no se plenifica.
Desde
el punto de vista de la espiritualidad, el trabajo
humano contribuye con la obra creadora de Dios,
permitiendo al hombre auto realizarse y sociabilizarse,
esto quiere decir, descubrir el valor del otro y el
compromiso del amor y de la justicia respecto a la
comunidad, a cuyo servicio está también orientado el
trabajo.
El
trabajo, desde esta perspectiva, es mucho más que un
medio para satisfacer las necesidades materiales. Es un
elemento necesario en la vida del hombre para que éste
desarrolle todo su potencial creativo, constructivo y de
servicio en favor de la comunidad y el bien común. El
trabajo está llamado a ser un factor de humanización,
promoción y liberación del individuo y la comunidad.
Para que esto suceda es necesario que se produzcan
cambios profundos en la estructura productiva, política
y sindical.
Cualquier
buena intención de descubrir en el propio trabajo una
fuente de autorrealización y de servicio a los hermanos
está destinada a quedarse en simplemente buenos deseos,
si no son acompañados de compromisos políticos
y económicos que permitan dignificar el mundo del
trabajo y crear posibilidades de acceso, al mismo, para
todos.
Ciertamente,
la falta de trabajo se transforma en una herida abierta
en los corazones de nuestros hermanos que esperan ser
curados. Cada uno de nosotros somos, en parte,
responsables de generar los cambios necesarios para que
la sociedad sea cada día más justa y equitativa, en
donde todos tengamos las mismas oportunidades de
autorrealización y plenitud. En donde la dignidad no
sea un concepto escrito en un papel, sino una realidad
en la vida de todos, especialmente los pobres y
marginados del sistema.
Queridos
hermanos, renovemos una vez más nuestros deseos de
construir una Patria de hermanos justa, solidaria y
fraterna, en la cual cada vez sean menos los hombres
excluidos. Pongamos en manos de San Cayetano nuestras
intenciones, para que Él las presente a nuestro Señor,
y que María nuestra Madre de Luján nos siga acompañando.
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06/07/2010
RAZONES
PARA LA ESPERANZA
Por
†
Mons-
JORGE CASARETTO Obispo
de San Isidro
Queridos
amigos, muchas veces he pensado qué es lo que la fe le
aporta a la vida de una persona. Por lo que observo y
experimento yo mismo como creyente, la fe da un sentido
a la vida. Un sentido global y pleno, que justifica
también los temas que se presentan como sin sentido,
cuestiones tales como la muerte o la enfermedad.
Ahora
bien, en esta columna quiero compartir con ustedes una
reflexión sobre la religiosidad de nuestro pueblo en
estos 200 años de historia nacional. Voy a escribir
como creyente y como obispo, haciendo una breve lectura
pastoral de la situación. Lo haré desde mi experiencia
religiosa, en el catolicismo, que es el lugar en el que
vivo mi fe.
No
soy historiador, pero sé que la fe en Jesús, llegó
con la colonización, lo cual en muchas oportunidades
constituyó un contrasentido ¿Cómo percibir a Jesús
como el Maestro manso y humilde, el Príncipe de la paz,
en medio de una conquista con tantos signos de
violencia? Ese es otro tema, pero constituyó una
dificultad pastoral importante en la evangelización de
los pueblos originarios.
Lo
cierto es que llegado el momento, el pueblo criollo, en
su inmensa mayoría católico, unido a su clero que tuvo
una participación importante en los hechos de 1810,
apoyó la revolución de mayo. Más tarde, según
comentan los historiadores, en Tucumán de 1816, hubo
una fuerte presencia de clérigos. En los siguientes
decenios, los caminos del Estado y de la iglesia se
separaron a nivel institucional, pero el pueblo conservó
sus raíces cristianas, que reverdecieron con la ola
inmigratoria de comienzos del siglo XX. Otros pueblos
vinieron a unirse al nuestro, fundiendo sus razas con
las existentes y con algo en común: la fe en Jesús.
Esa fe se mantuvo más allá y más acá de vaivenes
eclesiásticos y planes de la iglesia.
El
documento de Puebla, (un documento del episcopado
latinoamericano, de 1979), usa un concepto que define
muy bien la vivencia religiosa de nuestro pueblo:
“religiosidad popular”, la define así: “el
conjunto de hondas creencias selladas por Dios, de las
actitudes básicas que de esas convicciones derivan y
las expresiones que las manifiestan. Se trata de la
forma o de la existencia cultural que la religión
adopta en un pueblo determinado. (n° 444) “Esta
religión del pueblo es vivida preferentemente por los
«pobres y sencillos», pero abarca todos los sectores
sociales y es, a veces, uno de los pocos vínculos que
reúne a los hombres en nuestras naciones políticamente
tan divididas.” (n°447)
Todo
esto, que puede sonar muy teórico, se entiende
perfectamente si pensamos en esa fe simple y sencilla ,
que nos lleva a alimentar, por ejemplo, las distintas
devociones marianas y a los santos: Luján, Itatí, La
Virgen del Valle, San Nicolás, Salta, San Cayetano,
etc. Formas antiguas y nuevas de poner la vida en manos
de la providencia, de confiarse a Dios, de creer que la
historia de los hombres tiene un sentido. Esas
convicciones se visibilizan en las peregrinaciones y en
la celebración de las fiestas dedicadas a María o al
santo del lugar.
Muchas
veces estas expresiones son evaluadas como fruto de la
ignorancia, o de la alienación, sin embargo hay una
honda sabiduría de fe que tiene nuestro pueblo y que
nos aporta dos grandes tesoros: el descubrimiento de un
sentido para la vida, y un nexo de cohesión que
atraviesa las clases sociales, extracciones culturales,
lugares de procedencia, etc.
En
cuanto al sentido de la vida, es precisamente lo que
necesitamos recuperar en una época de “crisis de
sentido” y de los valores que fundamentan un más
pleno humanismo: apertura a la trascendencia, respeto
por la vida y su dignidad, solidaridad, aprecio por la
verdad y la justicia, etc.
Esta
fe, por tanto crea un espíritu fraterno, que vemos
reflejado en los santuarios: allí pobres y ricos, gente
de distintos lugares y convicciones se reúne en
apretado tumulto en torno a la devoción común. Esa fe,
nos hace sentir por una vez, en esta Argentina tan
confrontativa y fragmentada, parte de un todo, con un
sentido de pertenencia y familia, caminando juntos hacia
una meta común.
Por
eso el título de estas líneas: “razones para la
esperanza”. Son las razones que tenemos los que
creemos, pero también las razones que tienen quienes
miran estas manifestaciones religiosas. Para ellos también
este sentido de unidad constituye un aliciente para
pensar que podemos construir un Patria más fraterna, en
un proyecto común. Que la Virgen morena nos reúna, más
allá de nuestras diferencias, como símbolo de un nuevo
comienzo, en nuestro propósito de hacer de esta bendita
tierra una patria de hermanos
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09/06/2010
PERIODISMO:
UNA PROFESIÓN AL SERVICIO DE LA COMUNIDAD
Por
†
Mons-
JORGE CASARETTO Obispo
de San Isidro
Queridos
amigos, en estos días estamos celebrando el Día del
Periodista. Quería compartir con ustedes algunas
reflexiones en relación a la importancia y el valor de
esta profesión en la sociedad.
El
derecho a la información está garantizado por muchas
legislaciones a lo largo y ancho del mundo. Existen
organizaciones que reclaman su cumplimiento en
situaciones en donde el mismo se ve amenazado. Hoy,
todos los ciudadanos tenemos acceso a un caudal de
información que excede lo que podemos llegar a procesar
diariamente. Los acontecimientos suceden, y casi simultáneamente,
estamos siendo informados de los mismos. No cabe duda,
la velocidad con la que accedemos a la información, es
realmente vertiginosa.
Frente
a esta realidad de la abundante información con la que
contamos, y cuyo derecho de acceso como ciudadanos
tenemos garantizado, me pregunto sobre la calidad de la
misma. Pareciera que hoy, hablar de cantidad de la
información se opone
a hablar de su calidad. Frecuentemente, recibimos
como información no lo que ha sucedido, sino las
versiones de lo que se dice que sucedió. Aún más,
algunas veces recibimos como información, los pronósticos
de lo que se cree que puede llegar a pasar. No cabe
duda, que una información entendida de esta forma,
lejos de informar, genera en la sociedad confusión,
angustia y muchas veces fragmentación.
El
periodista, como comunicador social, tiene la noble
profesión de servir a la sociedad informando con la
verdad, construyendo la comunión por medio de la
comunicación y el respeto de todos.
Ser
periodista e informar, es un servicio a la sociedad, ya
que ofrece los elementos necesarios para conocer,
reflexionar y
decidir sobre los diferentes aspectos que hacen a la
vida social, política y económica.
Es
un gran desafío que tienen en sus manos quienes
trabajan en el ámbito de la comunicación y la
información. Desde esta profesión, están llamados a
ser constructores de una sociedad nueva que se apoye en
la verdad y el respeto.
En donde el diálogo sea parte activa del proceso
de comunicación y la confrontación de ideas se
desarrolle en el marco de la comunión y la búsqueda
del bien común.
Es
mi deseo alentarlos y animarlos a asumir este noble
compromiso de servicio a la sociedad por medio de la
información y la comunicación. Valoro mucho los
esfuerzos cotidianos en la búsqueda de un desempeño ético
y justo de la profesión. Ustedes son una parte valiosa
e importante en el proceso de desarrollo y crecimiento
de la sociedad y la Patria.
Los
saludo en el Día del Periodista y los encomiendo a la
protección de nuestra Madre la Virgen de Luján.
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04/05/2010
EL
BICENTENARIO REQUIERE MEMORIA, COMPROMISO Y ESPERANZA
Por
†
Mons-
JORGE CASARETTO Obispo
de San Isidro
Queridos
amigos, los argentinos transitamos un tiempo muy
especial. Todos nosotros, en este mes de mayo, somos
invitados a iniciar las celebraciones por el
Bicentenario de nuestra Patria. Doscientos años de
historia, de luchas y esfuerzos, de éxitos y de
fracasos, de hombres y mujeres que con aciertos y
errores, han sido forjadores de un proyecto de Nación.
Considero
que las celebraciones por el Bicentenario, pueden ser
para nosotros una muy buena oportunidad para, en primer
lugar, hacer
memoria de aquellos que nos han precedido en el
apasionante desafío de la vida. Aquellos que lo han
dado todo para que la libertad, la justicia, la
igualdad, el desarrollo, la fraternidad y el bien común,
no fueran sólo ideas que impulsaban los diferentes
acontecimientos históricos, sino que, con el esfuerzo y
la coherencia de las acciones cotidianas, estos valores
fueran las herramientas con las que se construía, día
a día, un proyecto nuevo.
Hacer
memoria con espíritu de aprendizaje nos permite no
repetir errores del pasado, revalorizar los aciertos y
reconciliarnos con la historia, como camino para una
verdadera experiencia que nos hace crecer como personas
y como ciudadanos.
En segundo
lugar, es importante considerar el tiempo
presente, como una oportunidad única que no debemos
desaprovechar. Hoy somos nosotros los protagonistas de
la historia que se continúa escribiendo.
Son
muchos los desafíos que encontramos en nuestro tiempo y
que ponen a prueba nuestra condición humana y nuestro
valor para responder a los mismos.
Los
valores que movieron a nuestros antepasados a luchar, en
la actualidad, nos interpelan a nosotros a continuar la
lucha contra las nuevas formas de esclavitud y
dependencia, de injusticia y marginalidad, de opresión
y exclusión. Estas formas hoy se esconden en la
pobreza, el hambre, la inseguridad, la falta de educación,
la falta de igualdad en las oportunidades, el
acrecentamiento de la brecha social.
Es
importante que tomemos conciencia de que el presente que
nos toca vivir, es el espacio y el tiempo en el cual,
cada uno de nosotros está llamado a poner lo mejor de sí
para continuar construyendo una Patria grande como la soñaron
los que nos precedieron.
Así
como es importante hacer memoria de la historia, es
fundamental tener compromiso con el presente.
En tercer
lugar, iniciar las celebraciones por el Bicentenario,
creo que debe llevarnos a desarrollar y renovar en
nuestros corazones la actitud de esperanza en el futuro.
Un futuro y una esperanza que no sean consecuencia de la
actitud ingenua de esperar que las cosas se arreglen
solas, sino que sean el fruto de un presente vivido en
plenitud.
Hoy,
somos nosotros quienes por medio de nuestras acciones
podemos sembrar la esperanza para que sea posible un
futuro distinto. Un futuro en el cual todos los
argentinos podamos realmente ser protagonistas. Un
futuro en el cual, sin perder la memoria
de la historia, acrecentando el compromiso
en el presente y renovando la esperanza,
podamos seguir creciendo como Nación.
Que María de
Luján, patrona de nuestra Patria, nos siga acompañando
en nuestro caminar.
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08/04//2010
TIEMPO
DE JUSTICIA, RECONCILIACIÓN Y ESPERANZA
Por
†
Mons-
JORGE CASARETTO Obispo
de San Isidro
Queridos
amigos, hace pocos días, los cristianos, hemos
celebrado la Pascua. Para los hombres de fe, esta no es
una celebración más, sino que se transforma en el
origen y la fuente de toda la práctica religiosa, del
mismo ser cristiano. Es una fiesta en la cual
experimentamos el amor de Dios que se manifiesta en el
mundo y transforma nuestras vidas.
Quisiera
compartir con ustedes algunos aspectos de esta
manifestación de Dios.
En
primer lugar, la fiesta de la Pascua se manifiesta como
la celebración de la justicia.
El mundo y el hombre, por obra del pecado y del mal, se
encontraban distanciados de Dios y de los hermanos. Lo
que había sido creado por Dios para la comunión, se
había transformado por el mal, en motivo de división y
marginación. El mal y la muerte habían marcado el
obrar del hombre conduciéndolo por el camino de la
injusticia.
Cristo,
por la Pascua, vence al mal y a la muerte. La justicia
de Dios restablece el orden de las cosas, devolviéndole
al hombre la dignidad que había perdido. El rico se
hace pobre para compartir con el hermano, el poder se
hace servicio, el llanto se transforma en alegría… La
justicia de Dios transforma el corazón del hombre.
En
segundo lugar, la fiesta de la Pascua se manifiesta como
la celebración de la reconciliación.
La entrega de Jesucristo en la cruz es, para todos
nosotros, causa de reconciliación con Dios y con
nuestros hermanos. Él pagó con su vida el precio de
nuestros egoísmos, intereses y mentiras. Él asumió en
su cruz las marginaciones, las injusticias, el hambre y
la pobreza de todos los hombres. Él nos devolvió en la
cruz, con semejante gesto de amor, la capacidad de
amarnos los unos a los otros. Él es para nosotros causa
de reconciliación, mediante la cual se hace más fuerte
el amor que el error, el futuro que el pasado.
En
tercer lugar, la fiesta de la Pascua es la celebración
de la esperanza.
La resurrección de Cristo, venciendo al mal y a la
muerte, nos
revela que es posible algo nuevo. Que lo malo no tiene
la última palabra. Que es posible esperar y confiar que
luego de la cruz llega la resurrección.
La
esperanza nos mantiene vivos y nos hace apostar por el
futuro. Nos permite mantener los brazos levantados y no
desfallecer. La esperanza da sentido al esfuerzo del
presente, que aspira a conseguir un futuro mejor.
Creo
firmemente que la celebración de la Pascua, puede ser
una excelente oportunidad para renovar en nuestros
corazones los deseos de esperanza, justicia y
reconciliación.
Los
Obispos argentinos decíamos recientemente que “la
Patria es un don, la Nación una tarea”. Todos
nosotros somos responsables de realizar esta tarea. Una
tarea que, para que sea provechosa, no puede prescindir
de la justicia, la reconciliación y la esperanza.
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