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10/087/2010

 

TRABAJO: DIGNIDAD Y PLENITUD

 

Por †  Mons- JORGE CASARETTO Obispo de San Isidro

 

Queridos amigos, estamos en el mes de agosto, y para los que tenemos fe es casi imposible no acordarnos de que el 7 se celebra la Fiesta de San Cayetano, patrono del pan y del trabajo.

 

Todos los años me conmuevo frente a la manifestación popular de fe que, en el Santuario de Liniers, se reúne para agradecer y pedir por el pan y el trabajo. Días de espera, frío, lluvia y gran alegría que culminan con la visita a la imagen de San Cayetano, en el interior de la Iglesia. Personas que renuevan en sus corazones la esperanza y el deseo de vivir una vida mejor, con un trabajo digno que les permita llevar el pan a sus casas para alimentar a sus familias.

 

En todas las culturas, el trabajo y el pan han sido signo de dignidad, plenitud y prosperidad. El hombre que no tiene trabajo está como incompleto, una parte de su ser no se puede desarrollar, una parte de su vida queda vacía y no se plenifica.

 

Desde el punto de vista de la espiritualidad, el trabajo humano contribuye con la obra creadora de Dios, permitiendo al hombre auto realizarse y sociabilizarse, esto quiere decir, descubrir el valor del otro y el compromiso del amor y de la justicia respecto a la comunidad, a cuyo servicio está también orientado el trabajo.

 

El trabajo, desde esta perspectiva, es mucho más que un medio para satisfacer las necesidades materiales. Es un elemento necesario en la vida del hombre para que éste desarrolle todo su potencial creativo, constructivo y de servicio en favor de la comunidad y el bien común. El trabajo está llamado a ser un factor de humanización, promoción y liberación del individuo y la comunidad. Para que esto suceda es necesario que se produzcan cambios profundos en la estructura productiva, política y sindical.

 

Cualquier buena intención de descubrir en el propio trabajo una fuente de autorrealización y de servicio a los hermanos está destinada a quedarse en simplemente buenos deseos,  si no son acompañados de compromisos políticos y económicos que permitan dignificar el mundo del trabajo y crear posibilidades de acceso, al mismo, para todos.

 

Ciertamente, la falta de trabajo se transforma en una herida abierta en los corazones de nuestros hermanos que esperan ser curados. Cada uno de nosotros somos, en parte, responsables de generar los cambios necesarios para que la sociedad sea cada día más justa y equitativa, en donde todos tengamos las mismas oportunidades de autorrealización y plenitud. En donde la dignidad no sea un concepto escrito en un papel, sino una realidad en la vida de todos, especialmente los pobres y marginados del sistema.

 

Queridos hermanos, renovemos una vez más nuestros deseos de construir una Patria de hermanos justa, solidaria y fraterna, en la cual cada vez sean menos los hombres excluidos. Pongamos en manos de San Cayetano nuestras intenciones, para que Él las presente a nuestro Señor, y que María nuestra Madre de Luján nos siga acompañando.

 

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06/07/2010

 

RAZONES PARA LA ESPERANZA

 

Por †  Mons- JORGE CASARETTO Obispo de San Isidro

 

Queridos amigos, muchas veces he pensado qué es lo que la fe le aporta a la vida de una persona. Por lo que observo y experimento yo mismo como creyente, la fe da un sentido a la vida. Un sentido global y pleno, que justifica también los temas que se presentan como sin sentido, cuestiones tales como la muerte o la enfermedad.

 

Ahora bien, en esta columna quiero compartir con ustedes una reflexión sobre la religiosidad de nuestro pueblo en estos 200 años de historia nacional. Voy a escribir como creyente y como obispo, haciendo una breve lectura pastoral de la situación. Lo haré desde mi experiencia religiosa, en el catolicismo, que es el lugar en el que vivo mi fe.

 

No soy historiador, pero sé que la fe en Jesús, llegó con la colonización, lo cual en muchas oportunidades constituyó un contrasentido ¿Cómo percibir a Jesús como el Maestro manso y humilde, el Príncipe de la paz, en medio de una conquista con tantos signos de violencia? Ese es otro tema, pero constituyó una dificultad pastoral importante en la evangelización de los pueblos originarios.

 

Lo cierto es que llegado el momento, el pueblo criollo, en su inmensa mayoría católico, unido a su clero que tuvo una participación importante en los hechos de 1810, apoyó la revolución de mayo. Más tarde, según comentan los historiadores, en Tucumán de 1816, hubo una fuerte presencia de clérigos. En los siguientes decenios, los caminos del Estado y de la iglesia se separaron a nivel institucional, pero el pueblo conservó sus raíces cristianas, que reverdecieron con la ola inmigratoria de comienzos del siglo XX. Otros pueblos vinieron a unirse al nuestro, fundiendo sus razas con las existentes y con algo en común: la fe en Jesús. Esa fe se mantuvo más allá y más acá de vaivenes eclesiásticos y planes de la iglesia.

 

El documento de Puebla, (un documento del episcopado latinoamericano, de 1979), usa un concepto que define muy bien la vivencia religiosa de nuestro pueblo: “religiosidad popular”, la define así: “el conjunto de hondas creencias selladas por Dios, de las actitudes básicas que de esas convicciones derivan y las expresiones que las manifiestan. Se trata de la forma o de la existencia cultural que la religión adopta en un pueblo determinado. (n° 444) “Esta religión del pueblo es vivida preferentemente por los «pobres y sencillos», pero abarca todos los sectores sociales y es, a veces, uno de los pocos vínculos que reúne a los hombres en nuestras naciones políticamente tan divididas.” (n°447)

 

Todo esto, que puede sonar muy teórico, se entiende perfectamente si pensamos en esa fe simple y sencilla , que nos lleva a alimentar, por ejemplo, las distintas devociones marianas y a los santos: Luján, Itatí, La Virgen del Valle, San Nicolás, Salta, San Cayetano, etc. Formas antiguas y nuevas de poner la vida en manos de la providencia, de confiarse a Dios, de creer que la historia de los hombres tiene un sentido. Esas convicciones se visibilizan en las peregrinaciones y en la celebración de las fiestas dedicadas a María o al santo del lugar.

 

Muchas veces estas expresiones son evaluadas como fruto de la ignorancia, o de la alienación, sin embargo hay una honda sabiduría de fe que tiene nuestro pueblo y que nos aporta dos grandes tesoros: el descubrimiento de un sentido para la vida, y un nexo de cohesión que atraviesa las clases sociales, extracciones culturales, lugares de procedencia, etc.

 

En cuanto al sentido de la vida, es precisamente lo que necesitamos recuperar en una época de “crisis de sentido” y de los valores que fundamentan un más pleno humanismo: apertura a la trascendencia, respeto por la vida y su dignidad, solidaridad, aprecio por la verdad y la justicia, etc.

 

Esta fe, por tanto crea un espíritu fraterno, que vemos reflejado en los santuarios: allí pobres y ricos, gente de distintos lugares y convicciones se reúne en apretado tumulto en torno a la devoción común. Esa fe, nos hace sentir por una vez, en esta Argentina tan confrontativa y fragmentada, parte de un todo, con un sentido de pertenencia y familia, caminando juntos hacia una meta común.

 

Por eso el título de estas líneas: “razones para la esperanza”. Son las razones que tenemos los que creemos, pero también las razones que tienen quienes miran estas manifestaciones religiosas. Para ellos también este sentido de unidad constituye un aliciente para pensar que podemos construir un Patria más fraterna, en un proyecto común. Que la Virgen morena nos reúna, más allá de nuestras diferencias, como símbolo de un nuevo comienzo, en nuestro propósito de hacer de esta bendita tierra una patria de hermanos

 

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09/06/2010

 

PERIODISMO: UNA PROFESIÓN AL SERVICIO DE LA COMUNIDAD

 

Por †  Mons- JORGE CASARETTO Obispo de San Isidro

 

Queridos amigos, en estos días estamos celebrando el Día del Periodista. Quería compartir con ustedes algunas reflexiones en relación a la importancia y el valor de esta profesión en la sociedad.

El derecho a la información está garantizado por muchas legislaciones a lo largo y ancho del mundo. Existen organizaciones que reclaman su cumplimiento en situaciones en donde el mismo se ve amenazado. Hoy, todos los ciudadanos tenemos acceso a un caudal de información que excede lo que podemos llegar a procesar diariamente. Los acontecimientos suceden, y casi simultáneamente, estamos siendo informados de los mismos. No cabe duda, la velocidad con la que accedemos a la información, es realmente vertiginosa.

Frente a esta realidad de la abundante información con la que contamos, y cuyo derecho de acceso como ciudadanos tenemos garantizado, me pregunto sobre la calidad de la misma. Pareciera que hoy, hablar de cantidad de la  información se opone  a hablar de su calidad. Frecuentemente, recibimos como información no lo que ha sucedido, sino las versiones de lo que se dice que sucedió. Aún más, algunas veces recibimos como información, los pronósticos de lo que se cree que puede llegar a pasar. No cabe duda, que una información entendida de esta forma, lejos de informar, genera en la sociedad confusión, angustia y muchas veces fragmentación.

El periodista, como comunicador social, tiene la noble profesión de servir a la sociedad informando con la verdad, construyendo la comunión por medio de la comunicación y el respeto de todos.

Ser periodista e informar, es un servicio a la sociedad, ya que ofrece los elementos necesarios para conocer, reflexionar  y decidir sobre los diferentes aspectos que hacen a la vida social, política y económica.

Es un gran desafío que tienen en sus manos quienes trabajan en el ámbito de la comunicación y la información. Desde esta profesión, están llamados a ser constructores de una sociedad nueva que se apoye en la verdad y el respeto.  En donde el diálogo sea parte activa del proceso de comunicación y la confrontación de ideas se desarrolle en el marco de la comunión y la búsqueda del bien común.

Es mi deseo alentarlos y animarlos a asumir este noble compromiso de servicio a la sociedad por medio de la información y la comunicación. Valoro mucho los esfuerzos cotidianos en la búsqueda de un desempeño ético y justo de la profesión. Ustedes son una parte valiosa e importante en el proceso de desarrollo y crecimiento de la sociedad y la Patria.

Los saludo en el Día del Periodista y los encomiendo a la protección de nuestra Madre la Virgen de Luján.

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04/05/2010

 

EL BICENTENARIO REQUIERE MEMORIA, COMPROMISO Y ESPERANZA

 

Por †  Mons- JORGE CASARETTO Obispo de San Isidro

 

Queridos amigos, los argentinos transitamos un tiempo muy especial. Todos nosotros, en este mes de mayo, somos invitados a iniciar las celebraciones por el Bicentenario de nuestra Patria. Doscientos años de historia, de luchas y esfuerzos, de éxitos y de fracasos, de hombres y mujeres que con aciertos y errores, han sido forjadores de un proyecto de Nación.

 

Considero que las celebraciones por el Bicentenario, pueden ser para nosotros una muy buena oportunidad para, en primer lugar, hacer memoria de aquellos que nos han precedido en el apasionante desafío de la vida. Aquellos que lo han dado todo para que la libertad, la justicia, la igualdad, el desarrollo, la fraternidad y el bien común, no fueran sólo ideas que impulsaban los diferentes acontecimientos históricos, sino que, con el esfuerzo y la coherencia de las acciones cotidianas, estos valores fueran las herramientas con las que se construía, día a día, un proyecto nuevo.

 

Hacer memoria con espíritu de aprendizaje nos permite no repetir errores del pasado, revalorizar los aciertos y reconciliarnos con la historia, como camino para una verdadera experiencia que nos hace crecer como personas y como ciudadanos.

 

            En segundo lugar, es importante considerar el tiempo presente, como una oportunidad única que no debemos desaprovechar. Hoy somos nosotros los protagonistas de la historia que se continúa escribiendo.

Son muchos los desafíos que encontramos en nuestro tiempo y que ponen a prueba nuestra condición humana y nuestro valor para responder a los mismos.

 

Los valores que movieron a nuestros antepasados a luchar, en la actualidad, nos interpelan a nosotros a continuar la lucha contra las nuevas formas de esclavitud y dependencia, de injusticia y marginalidad, de opresión y exclusión. Estas formas hoy se esconden en la pobreza, el hambre, la inseguridad, la falta de educación, la falta de igualdad en las oportunidades, el acrecentamiento de la brecha social.

 

Es importante que tomemos conciencia de que el presente que nos toca vivir, es el espacio y el tiempo en el cual, cada uno de nosotros está llamado a poner lo mejor de sí para continuar construyendo una Patria grande como la soñaron los que nos precedieron.

 

Así como es importante hacer memoria de la historia, es fundamental tener compromiso con el presente.

            En tercer lugar, iniciar las celebraciones por el Bicentenario, creo que debe llevarnos a desarrollar y renovar en nuestros corazones la actitud de esperanza en el futuro. Un futuro y una esperanza que no sean consecuencia de la actitud ingenua de esperar que las cosas se arreglen solas, sino que sean el fruto de un presente vivido en plenitud.

 

Hoy, somos nosotros quienes por medio de nuestras acciones podemos sembrar la esperanza para que sea posible un futuro distinto. Un futuro en el cual todos los argentinos podamos realmente ser protagonistas. Un futuro en el cual, sin perder la memoria de la historia, acrecentando el compromiso en el presente y renovando la esperanza, podamos seguir creciendo como Nación.

 

            Que María de Luján, patrona de nuestra Patria, nos siga acompañando en nuestro caminar.

 

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08/04//2010

 

TIEMPO DE JUSTICIA, RECONCILIACIÓN Y ESPERANZA

 

Por †  Mons- JORGE CASARETTO Obispo de San Isidro

 

Queridos amigos, hace pocos días, los cristianos, hemos celebrado la Pascua. Para los hombres de fe, esta no es una celebración más, sino que se transforma en el origen y la fuente de toda la práctica religiosa, del mismo ser cristiano. Es una fiesta en la cual experimentamos el amor de Dios que se manifiesta en el mundo y transforma nuestras vidas.

 

Quisiera compartir con ustedes algunos aspectos de esta manifestación de Dios.

 

En primer lugar, la fiesta de la Pascua se manifiesta como la celebración de la justicia. El mundo y el hombre, por obra del pecado y del mal, se encontraban distanciados de Dios y de los hermanos. Lo que había sido creado por Dios para la comunión, se había transformado por el mal, en motivo de división y marginación. El mal y la muerte habían marcado el obrar del hombre conduciéndolo por el camino de la injusticia.

 

Cristo, por la Pascua, vence al mal y a la muerte. La justicia de Dios restablece el orden de las cosas, devolviéndole al hombre la dignidad que había perdido. El rico se hace pobre para compartir con el hermano, el poder se hace servicio, el llanto se transforma en alegría… La justicia de Dios transforma el corazón del hombre.

 

En segundo lugar, la fiesta de la Pascua se manifiesta como la celebración de la reconciliación. La entrega de Jesucristo en la cruz es, para todos nosotros, causa de reconciliación con Dios y con nuestros hermanos. Él pagó con su vida el precio de nuestros egoísmos, intereses y mentiras. Él asumió en su cruz las marginaciones, las injusticias, el hambre y la pobreza de todos los hombres. Él nos devolvió en la cruz, con semejante gesto de amor, la capacidad de amarnos los unos a los otros. Él es para nosotros causa de reconciliación, mediante la cual se hace más fuerte el amor que el error, el futuro que el pasado.

 

En tercer lugar, la fiesta de la Pascua es la celebración de la esperanza. La resurrección de Cristo, venciendo al mal y a la muerte,  nos revela que es posible algo nuevo. Que lo malo no tiene la última palabra. Que es posible esperar y confiar que luego de la cruz llega la resurrección.

 

La esperanza nos mantiene vivos y nos hace apostar por el futuro. Nos permite mantener los brazos levantados y no desfallecer. La esperanza da sentido al esfuerzo del presente, que aspira a conseguir un futuro mejor.

 

Creo firmemente que la celebración de la Pascua, puede ser una excelente oportunidad para renovar en nuestros corazones los deseos de esperanza, justicia y reconciliación.

 

Los Obispos argentinos decíamos recientemente que “la Patria es un don, la Nación una tarea”. Todos nosotros somos responsables de realizar esta tarea. Una tarea que, para que sea provechosa, no puede prescindir de la justicia, la reconciliación y la esperanza.

 

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