PERIODISMO INDEPENDIENTE                                                       ZONA NORTE  GBA

Fondo Musical

Ave Maria

-Niña Pastori-

Portada

San Gregorio VII

25 de Mayo de 2014

 

San Gregorio VII - Papa   1085 

San Gregorio VII es una figura gigantesca, el Papa genial del siglo XI. Había acabado el túnel oscuro del siglo X, el siglo de hierro del pontificado. Gregorio VII es el más ilustre paladín de la Fe desde la Sede de Pedro.

Se llamaba Hildebrando Aldobrandeschi, nombres sonoros, augurio de lo que sería su tarea, pues su nombre significa la espada que relumbra, algo así como "hijo del Trueno". Nació a principios del siglo XI en Savona, Italia. Hijo de humilde familia -su padre fue un pobre cabrero y él un pastorcillo- Dios lo enriqueció de dotes extraordinarias.

Pronto le vemos monje benedictino en Roma y Cluny. Tenía un carácter de hierro, como luego se verá, y es ahora cuando lo forja en la oración, estudio y austeridad. Todavía no era diácono, y al oírle predicar un día el emperador Enrique III, quedó impresionado más que toda su vida.

Cuando su maestro, Juan Graciano, es elegido Papa con el nombre de Gregorio VI, nombra a Hildebrando su secretario. Y tanto se empeñó en los negocios de la Iglesia, que durante 25 años será el alma de varios Papas.

Influyó directamente en la elección de cinco Papas, que hacen de él su brazo derecho, su colaborador imprescindible. León IX, Víctor II, Esteban IX, Nicolás II y Alejandro II, hallan en el joven archidiácono romano al consejero prudente, al hábil político, al hombre incorruptible, al santo cabal.

Hildebrando es el que realmente gobierna. Es el que acomete los dos problemas fundamentales de la Iglesia. "Roma -y no sólo Roma- era una cueva de ladrones". La tiara y las mitras se vendían y se robaban con la espada en la mano. Se dictan medidas contra la inmoralidad y simonía de los clérigos, y se publica un decreto por el que la elección de los Papas han de hacerla los Cardenales, no el Emperador. Son las investiduras.

Hildebrando era incansable. No sólo en Roma. Cumple legaciones importantes ante reyes y concilios. Donde había un problema, allí estaba él para buscar solución. Le llamaban ambicioso. Y lo era, para la Iglesia.

Bien entrenado estaba ya. Alejandro II muere en 1073. Hildebrando, como Arcediano y Canciller, preside los funerales. Luego, espontáneamente, por aclamación, el clero y el pueblo se apoderan de él y lo sientan en la Silla de Pedro: "¡Hildebrando, Papa!". Se resiste. Pero ha de aceptar.

Toma el nombre de Gregorio VII, y no tiene más que continuar la tarea que ya ha realizado durante tantos años, ahora como último responsable: trabajar por la reforma de costumbres, defender la libertad de la Iglesia contra tantas intromisiones y la supremacía del sacerdocio espiritual sobre el poder civil. Mantiene además abundante correspondencia.

Se le oponen naturalmente los simoníacos y el poder civil. En su lucha contra Enrique IV -el Nerón germano- hay guerras, concilios, anticoncilios. Cuando el Papa lo excomulga, el Emperador finge arrepentirse y cae de rodillas a los pies del Papa -"ir a Canosa"-, donde Gregorio se había refugiado por la generosidad de la piadosa condesa Matilde. Pero poco después se levanta otra vez contra el Papa, se apodera de Roma y, mientras Gregorio se recluye en Castel Santángelo, entrona el antipapa Clemente III.

Gregorio, amparado por Roberto Guiscardo, se refugia en Salerno aún se muestra la cueva donde se guareció- y allí muere el 25 de mayo de 1085, pronunciando las famosas palabras: "He amado la justicia y odiado la iniquidad, por eso muero en el destierro". No fue inútil su siembra. El Señor colmaría con creces los trabajos y los días de su fiel Vicario. 

Oremos:

San Gregorio VII: valeroso defensor de nuestra santa religión: pídele a Dios que todos los sacerdotes y obispos sean personas verdaderamente dignas y santas.  Más te ama el que te corrige tus defectos, que el que te alaba por lo que no vale la pena.

Concede, Señor, a tu Iglesia el espíritu de fortaleza y el celo por la justicia con que hiciste brillar la vida del Papa San Gregorio séptimo, para que, rechazando siempre todo compromiso con el mal, trabajemos, con libertad plena, por el bien y la justicia. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Lecturas

Evangelio según San Juan 14,15-21.

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:
"Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos.
Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes.
No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes.
Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque yo vivo y también ustedes vivirán.
Aquel día comprenderán que yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y yo en ustedes.
El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él".

"El mundo no lo ve y no lo conoce; pero vosotros lo conocéis, porque permanece en vosotros"

Pablo VI, Papa de 1963-1978 - Audiencia General del 17/05/1972

"El Espíritu sopla donde quiere", dice Jesús en su conversación con Nicodemo (Jn 3,8). No podemos trazar pues, sobre el plan doctrinal y práctico, normas que conciernen exclusivamente a las intervenciones del Espíritu Santo en la vida de los hombres. Puede manifestarse bajo las formas más libres y más imprevistas: "jugaba con la bola de la tierra" (cf Pr 8,31)… Pero para los que quieren captar las ondas sobrenaturales del Espíritu Santo, hay una regla, una exigencia que se impone de modo ordinario: la vida interior.  Dentro del alma es donde se encuentra con este huésped indecible: "dulce huésped del alma", dice el maravilloso himno litúrgico de Pentecostés. El hombre se hace "templo del Espíritu Santo", nos repite San Pablo (1Co 3,16; 6,19).
El hombre de hoy, y también el cristiano muy a menudo, incluso los que están consagrados a Dios, tienden a secularizarse. Pero no podrá, jamás deberá olvidar esta exigencia fundamental de la vida interior si quiere que su vida sea cristiana y esté animada por el Espíritu Santo. Pentecostés ha sido precedido por una novena de recogimiento y de oración. El silencio interior es necesario para oír la palabra de Dios, para sentir su presencia, para oír la llamada de Dios.
Hoy, nuestro espíritu está demasiado volcado hacia el exterior; no sabemos meditar, no sabemos orar; no sabemos acallar todo el ruido que hacen en nosotros los intereses exteriores, las imágenes, los humores. No hay en el corazón el espacio tranquilo y consagrado para recibir el fuego de Pentecostés… La conclusión es clara: hay que darle a la vida interior un sitio en el programa de nuestra ajetreada vida; un sitio privilegiado, silencioso y puro; debemos encontrarnos a nosotros mismos para que pueda vivir en nosotros el Espíritu vivificante y santificante.

Imprimir

cerrar página

Oficinas en Nordelta

Cel. 156-095-6375 N 731*152

www.nauticanuevooriente.com.ar

info@nauticanuevooriente.com.ar 

Seguros de Embarcaciones

 

 

 
Estadísticas de visitas