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EL
CAMINANTE
por
Juan Carlos Reynoso (1945-1999)
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65º
Entrega: TRENES
Esta mañana,
cuando la primavera apunta sus brotes en los árboles del
pueblo, bastante húmeda para el gusto de los viejos huesos
castigados por soles y fríos, el Hombre cruza la ciudad sin
necesidad de buscar la vereda de la sombra, pero
definitivamente lejos del sol que persiguiera en sus mañanas
invernales. Casi indolente, sin exagerada prisa pero con paso
constante, está marchando como si fuese al encuentro de algo
que lo espera en algún lugar....
Mientras mira
fijamente a los gatos curiosos que como siempre lo interrogan
con ojos amarillos y redondos para adivinar sus pensamientos,
y alienta a los perros callejeros que también como siempre
comienzan a seguirlo, con el evidente afán de saber adonde se
dirige, el caminante disfruta su tránsito como el encuentro
cotidiano con la libertad. Puesto en marcha, piensa con
regocijo, sólo él, y nadie más que él, es el dueño de sus
pasos. Cuando quiere, como esta mañana, la mente sólo
necesita pensar y las piernas obedecen. No es el vagabundear
sin destino de otros días. Por alguna misteriosa y espontánea
razón, ha salido preparado y temprano como para aquellos
compromisos que convocan a los hombres a horario. Casamientos,
bautizos o entierros...
Pero no se
trata de nada de eso...
El
Hombre llega al final de la calle, donde ésta se encuentra
con la vía, y encara el pasadizo peatonal, por el que la
gente cruza de un lado al otro de los rieles que parten la
ciudad en dos, y condenan a los ciudadanos a ser, por siempre,
"los de atrás de la vía", suerte de mote que los
de este lado -el lado del que viene el Hombre-, endilgan a
quienes, seguramente, han de llamarlos del mismo modo...
Parado
sobre los rieles, en el medio de la vía brillante todavía,
que se extiende hacia el infinito a cada lado, en ese triste
destino paralelo de viajar sin encontrarse nunca, respira
profundo, aquieta el paso y libera los duendes del recuerdo...
Como tantas veces, la locomotora
a vapor de su pasado, aquella que lo asustó envuelta en una
niebla de vapor y agua, avanzando lentamente ante sus ojos
asombrados, configura casi el primer recuerdo guardado por el
Hombre. Ocurrido hace mas de medio siglo, vuelve cada vez,
recurrentemente, con claridad, con detalles, nítidamente, a
pasar, una y otra vez, en medio de la nube que ella misma
genera, como un monstruo escandaloso y sobrecogedor, para su
estatura de cuatro años...
Mientras ve
pasar el tren de aquel recuerdo, el Hombre enfila sus pasos
hacia la playa del ferrocarril. Especie de cementerio
abandonado de hierro y óxido, con vagones que fueron de
primera en su tiempo, con camarotes ayer lujosos que
albergaron a poderosos señores que le escapaban a la
vulgaridad de los coches comunes, muestra ahora la decrepitud
de aquel pasado brillante, y pone en evidencia lo efímero de
lo prosaico en esta vida...Refugio de cirujas, caminantes,
ladrones y desheredados, el tiempo los trajo desde su altura
inalcanzable, finalmente, a ras del piso...
Sentado
a la sombra de uno de ellos, el Hombre respira su propio
pasado. Es curiosa esta recurrencia que lo asocia con un mundo
de rieles, quizás desde el principio indicio anticipado de
partidas y distancias, de parajes recorridos y de regresos.
Esa extraña fascinación quizás fuera su pecado original que
habría de llevarlo por medio siglo de un lado para otro...Y
devolverlo siempre a sus raíces...
Cuando abre los
ojos, está rodeado por un semicírculo de cazadores de pájaros
al parecer frustrados, a tenor de sus manos vacías, que lo
miran con curiosidad. La pandilla ha arrancado temprano en la
mañana, y se consulta con los ojos acerca de la conveniencia
de intentar el contacto con ese veterano silencioso y
reconcentrado que parece habitar un mundo ajeno y distante...
-¿Usted es de
acá, diga?
El Hombre
afloja el rostro en una sonrisa, invitación más que
suficiente para suspender la cacería y hacer un semicírculo
de cabezas rapadas o pinchudas, con el olfato que
inevitablemente se tiene a esa edad, para sentir la presencia
de la historia, del cuento, la fascinación de los caminos
recorridos. Saben que están en las puertas de la aventura...
...............................................................
Cuando el
Hombre comienza a desandar lentamente los terrenos del
Ferrocarril, o vaya a saber de quien en este momento, ya la
gente que a cien metros del lugar festejaba, por decirlo de
algún modo, el Centenario de la llegada del tren al pueblo,
ha partido rumbo a otro acto u otra responsabilidad de
gobierno. Seguramente hubo discursos, y se habló del progreso
que significara el caballo de hierro hace cien años...
El veterano
acaba de desperdigar su propio auditorio, que ahora no sale
corriendo en la búsqueda de pájaros descuidados, sino que
debate sobre la conveniencia o no de la prosecución de la
partida...Algunas cosas los dejaron pensando...Discuten...
En el medio
quedaron historias de trenes, de viajes, de vías, de
polizones, de linyeras, de habitantes de la noche. De aquellos
que pudieron elegir lo que fueron...y de pájaros... Como
siempre ocurre, el Hombre siente que la fantasía y su propia
imaginación siempre activa, han sido las grandes invitadas al
cenáculo...Las historias, piensa, no necesariamente deben ser
ciertas. Sólo tienen que ser bellas...
Con placer,
pero sin angustia, se recuerda a si mismo medio siglo atrás
en similar escena, escuchando historias. El mundo era chico
entonces, y alcanzaba apenas los confines del terreno de aquel
ferrocarril. Pero sabe que enganchado en la voz de vagabundos
que quizás contaban a su vez fantasías, como él mismo hoy,
aprendió a soñar... Y activó, de una vez y para siempre, su
imaginación...
Si esa fue la semilla dejada
esta mañana de primavera, piensa con alegría, habrá valido
la pena...
Cuando desanda el camino, la
primavera parece sonreirle cómplice...
Sabado 19 de octubre de 1996, 17,20 hs
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66º
Entrega: VENDEDOR
-Y
aquí me tiene...
Se
han conocido hace un rato, y están sentados a la sombra de
las acacias, en el parque más popular del pueblo. Ha pasado
un mediodía de sábado de un otoño que se resiste a
enfriarse y han coincidido, el uno por andariego nada más, y
el otro porque en algún lugar tiene que hacer la pausa
obligada. Han pasado ya por las clásicas preguntas de los
forasteros sobre tipo y cantidad de peces que se esconden en
el agua ahora limpia, y de repente están, como siempre, el
escuchador impenitente enterándose sin preguntar, y el otro
dejando la historia que seguramente le ocupa la mente mientras
anda las calles de los pueblos desconocidos...
-Primero
fue ese miedo que se le mete en el estómago, usted ya sabe.
Comencé a vivir intranquilo, con esa sensación de temor
nunca sentida antes. Era como que me estaba preparando. En mi
casa trataba de olvidarme, porque quería mantener a la
familia temor. En realidad después me di cuenta que ellos tenían
el mismo miedo. El susto lógico, porque este es un tema que
no se esconde. Y nadie tiene por qué suponer que un día no
le va a pasar...
El
Hombre sabe lo que se viene. Y sabe también que será una
historia igual a la de tantas. Pero siente, por haberlo
vivido, que mas allá o más acá hay gente buscando un hombro
o un oído atento. Como para dejar salir la bronca, las
frustraciones, la angustia...O la resignación...
-El
miedo se convirtió en terror cuando cayeron algunos que
estaban conmigo. Era como la casa tomada de ese cuento ¿vió?..
Cada vez iba quedando menos espacio. Todo se achicaba, hasta
el horizonte...
El
Hombre piensa que en la sociedad contemporánea, la del
progreso, la de la ciencia, la del crecimiento, todo se parece
cada vez mas a aquella casa que se iba achicando, empujando a
sus dueños a espacios cada vez mas pequeños. El habitante de
este tiempo, piensa, parece no tener otro destino que
achicarse, cerrarse sobre si mismo, abroquelarse frente a los
espacios que se acotan y los horizontes que se empequeñecen...
-Y
después llegó el día ¿sabe?.. Estaba contento y asustado.
Me pusieron un fajo de guita en la mano. Era lo que me quedaba
después de casi treinta años de trabajo. Era buena guita, o
a mí me parecía. Con esa plata, un tipo que se sabía
manejar tan bien como yo, podía arrancar en forma
independiente. Ser mi propio jefe...El panorama no era tan
malo al fin y al cabo. No había perdido los años, los tenía
en la mano y el futuro ahí. Al final, demasiado tiempo había
cumplido obligaciones por mandato ajeno...
La
cuestión es sobrevivir, piensa el Hombre mientras mira las
zambullidas de las gallaretas, seguramente feliz de ya no
enredarse con la maleza que hace un tiempo empobrecía la
Laguna de los encuentros, los desencuentros y las discusiones
pueblerinas. La eterna lucha del animal que ríe, en la búsqueda
de la supervivencia primero, y del horizonte después. Hacer
pie para lanzarse hacia adelante, una y otra vez, tantas veces
como sea necesario...
-Y
así fue que empecé. Después me daría cuenta que es difícil
meter las manos en lo que no se conoce. Y que no es lo mismo
lo ajeno que lo propio. Como si fuera poco comenzó a venirse
encima la recesión, y desapareció la plata de los bolsillos
de la gente. Gente sin plata no compra. Negocio sin
compradores se funde...Fui perdiendo en dos o tres
experiencias, y el famoso montón de guita comenzó a
achicarse...
El
Hombre revisa su propia nula capacidad para los negocios. Se
imagina vendedor y una sonrisa suspicaz le habita el alma por
un instante. Decididamente no alcanza con tener unos pesos
para poner un negocio. Esto no es un misterio, piensa. Las
cosas son así. Los mentirosos son los que le hicieron creer a
la gente lo increíble...
-Cuando
todo comenzó a terminarse, y en la desesperación por salvar
el auto, que aunque usted se ría era el último resto de status,
me metí a trabajarlo. Estaba ocupado todo el tiempo, eso es
cierto. Parecía que trabajaba...Cuando quise acordar me quedé
sin auto y sin trabajo...Se terminó...Y aquí me tiene...
El
visitante de la tarde acomoda los dos bolsos azules y mira la
hora. De repente decide que terminó el recreo y la
confidencia. Ha fumado con placer un cigarrillo y estira la última
pitada mientras se acomoda para ponerse en marcha...Se saca
las zapatillas y estira cuidadosamente sus medias para
calzarse nuevamente...
-Vendo
este producto limpiador - dice repentinamente eufórico,
mientras exhibe algo que al Hombre se le antoja un recipiente
con helado-. Usted lo pasa por cualquier superficie, limpia y
protege. Es crema siliconada y sirve para cueros, plásticos,
fórmicas, azulejos, heladeras. El pote tiene 150 gramos y un
rendimiento extraordinario...Viene con esta franela...Sólo
cinco pesos la unidad...Le regalo uno, en una de esas me trae
suerte...Aprovecho el sábado, porque los inspectores
municipales descansan...
Bendito
este animal que ríe y llora, se fascina el Hombre como tantas
veces. Sabe que va a morir pero vive. Sabe que va a perder
pero pelea. ¿Qué más pedirle?.
Viernes 9 de mayo de
1997, 08,57 hs
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67º
Entrega: VIGILANTE
El
Hombre ha estado recordando las corridas escolares, en las que
el recreo infantil se convertía en algo que, inocentemente,
iba a marcar la vida de todos los que en algún momento
pasaban por la escuela...
Vigilante
y Ladrón...
Ha
escuchado que los chicos, ahora, le llaman Agarra Corre...
Divertimento
de reglamentación difusa, donde dos palmadas en la espalda
alcanzaban para que el ocasional vigilante detuviera al
malvado, que iba a parar a un rincón del patio, a la espera
de que un cómplice audaz se acercara lo suficiente para
tocarlo y hacer saltar, así, los barrotres de la imaginaria
jaula...
El
Hombre, que como se sabe es esclavo de sus recuerdos, trata de
ubicar en su mente los datos borrosos buscándolos en algún
recóndito lugar de su memoria, mientras por una senda
paralela y todavía indefinida, está buscando el por qué del
ejercicio,.,..
Antes
y después de la justa, se dice, no había demasiadas
diferencias...
No
eran los alumnos malos los ladrones, ni los buenos los
vigilantes. Era una separación antojadiza, que a veces tenía
que ver, apenas, con el estado físico, la capacidad de lucha,
y la rapidez de desplazamiento...
Cualquiera
podía ser vigilante y cualquiera ladrón...Ni uno era una
cosa, ni otro era la otra...
Aquello
no eran tan curioso, al fin y al cabo. En aquella edad, es fértil
la imaginación y abierto el mundo. Todo cabe en aquella, y
este es demasiado pequeño. Apenas los confines del patio...
El
Hombre desanda el territorio del recuerdo tenaz, para hacer
del regreso al presente una forma de autoflagelación, por
sentirse de algún modo, responsable de una representación
que sigue sin agradarle, con malos actores, y que termina,
invariablemente, con el domador comiéndose a los leones...
El tiempo agrandó el mundo,
piensa, pero no cambió los personajes ni las
situaciones...Vigilante y ladrón siguen sin tener que ver con
un estado social, o moral...
De
la cara de los habitantes de las villas, y de los
manifestantes corridos a bastonazos, a la cara inexpresiva de
los portadores de los bastones, no queda espacio para la
diferencia...
Los
pretorianos tienen uniformes flamantes, escudos que brillan al
sol, y ahora bastones por espadas, que el castigo se
"humaniza" con la culturización de los que mandan,
y los instrumentos de tortura fueron quemados en el Año
Trece...
El
Hombre se pregunta cual será al diferencia de sueldo entre un
pretoriano raso, y la mayor parte de los que manifiestan...
A
veces el rostro inexpresivo del portador del bastón, no es más
que la máscara detrás de la cual se esconde la misma rabia
contenida por todas las cuentas sin cobrar...Por todas las
promesas que nunca se cumplieron...
En
el extremo de los bastones -piensa el Hombre-, se encuentran
seguramente los salarios de hambre, la frustración de hacer
muchas veces una tarea que no se siente. La prepotencia de los
que mandan. La familia que cada vez se ve mas gris y triste.
La dificultad cotidiana para mirar de frente a los ojos de los
hijos...
Los
insultos del domingo en la cancha...
Los
Dueños del Circo lanzan, como ayer, como siempre, a la
eternamente ensangrentada arena, a unos contra otros...
Gladiadores
contra cristianos...
Centuriones
romanos contra Cristo...
Gauchos
contra indios...Soldados contra jóvenes engañados por sus
propios lideres, tras un discurso tan falso como soberbio,
mientras se negociaba en las sombras...
Policías
contra vecinos. Contra obreros. Contra jubilados...
Todos
reconocen el mismo origen...
Los
únicos de un origen distinto, piensa el Hombre, son los que
deciden...
Los
protagonistas arrastran las mismas frustraciones, la misma
angustia, la misma espera siempre sin respuestas...Caldo de
cultivo propicio para fomentar la rabia que después se
descarga contra cualquiera...
Los
ojos del vigilante miran desde el borde del casco asustados al
fin y al cabo...Es imposible no ver padre, madre, abuelo,
hermano, en los ojos, también asustados, de los que están en
el otro extremo del bastón...
Parece
-piensa el Hombre-, que en este dramático juego que es la
vida, todos somos, mas tarde o mas temprano, Vigilante o Ladrón.
Sin que eso signifique absolutamente nada...
La
única incontrastable realidad es, concluye, el pulgar hacia
abajo de los que están fuera de la arena...
Que
son los que realmente manejan el bastón...
Domingo 20 de octubre
de 1996, 17,28
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