José
de San Martín nació el 25 de Febrero de 1778 en Yapeyú,
provincia argentina de Corrientes, y a los 43 años de edad,
habiendo conseguido la libertad de Argentina, Chile y Perú
ostentaba los títulos de Brigadier de la Confederación
argentina, Capitán General de Chile, Generalísimo y Fundador
de la Libertad del Perú. Sin embargo, cumplida su misión y
porque no lo atraían las ventajas ni el uso del poder, al año
siguiente se retiró del Perú para alejarse definitivamente
de la vida pública.
Llegó a Boulogne Sur Mer a la edad de 71 años, casi ciego
porque sufría de cataratas, y allí pasó los últimos meses
de su vida. Rodeado de su hija, su yerno, sus nietas, así
como de sus más íntimos amigos, le llegó la muerte el 17 de
Agosto de 1850.
Liberación
de Chile- Cruce de los Andes
Nombrado
jefe del Ejército del Norte, propugnó su plan de libertar a
Chile y utilizar la vía del Pacífico para llegar al Perú,
base del poder realista. Nombrado gobernador de Cuyo, organizó
el Ejército de los Andes en El Plumerillo (a 7 kilómetros de
Mendoza), con el cual cruzó la cordillera en una operación
de precisión
matemática
que le permitió dar una victoriosa batalla en la cuesta de
Chacabuco
(1817). El cruce duró 21 días. 5400 hombres
guiados por baquianos atravesaron alturas superiores a los
4000 metros, llevando caballos y mulas.
Batalla
de Maipú
Las
fuerzas patriotas, una vez reorganizadas, derrotaron de manera
rotunda al ejército realista cerca del río Maipú el 5 de
abril de 1818. En ese momento, se aseguró la libertad
chilena.
El
12 de febrero de 1818, luego de una consulta popular, fue
declarada la Independencia de Chile.
Retirado
a la vida privada, regresó a Buenos Aires y en 1824 se embarcó
para Europa, exiliado voluntariamente. Más adelante, se
estableció definitivamente en la ciudad de Boulogne-sur Mer
(Francia). Viejo y enfermo, falleció el 17 de agosto de 1850,
en su casa de esa ciudad, rodeado de sus seres queridos.
Sus
restos fueron repatriados en 1880 y, actualmente, descansan en
un mausoleo contruido dentro de la Catedral porteña.
En
casi todas las localidades argentinas hay una plaza, una
calle, una escuela o un club con el nombre de San Martín. Y,
en muchas, hay monumentos en su nombre (incluso, en 1951 fue
inaugurada una estatua de él en el Central Park de Nueva
York).
El
exilio en Europa
El
11 de febrero de 1824 el Libertador se embarcó a Europa para
asegurarle una buena educación a su hija. Allí, siguió
trabajando para asegurar la Independencia.
El 4 de mayo se embarcó con su hija a Inglaterra. Poco después
se radicó en Bruselas.
En
1825 escribió las famosas Máximas para su hija.
Máximas
redactadas por el General San Martín para su hija Mercedes
Tomasa
.
Humanizar el carácter y hacerlo sensible aun con los insectos
que no perjudican. Stern ha dicho a una mosca abriéndole la
ventana para que saliese: Anda, pobre animal, el mundo es
demasiado grande para nosotros dos.
.
Inspirarla amor a la verdad y odio a la mentira.
.
Inspirarla a una gran Confianza y Amistad pero uniendo el
respeto.
.
Estimular en Mercedes la Caridad con los Pobres.
.
Respeto sobre la propiedad ajena.
.
Acostumbrarla a guardar un Secreto.
.
Inspirarla sentimientos de Indulgencia hacia todas las
Religiones.
.
Dulzura con los Criados, Pobres y Viejos.
.
Que hable poco y lo preciso.
.
Acostumbrarla a estar formal en la Mesa.
.
Amor al Aseo y desprecio al Lujo.
.
Inspirarla amor por la Patria y por la Libertad.
Testamento
París,
23 de enero de 1844
En
el nombre de Dios Todo Poderoso a quien reconozco como
hacedor del Universo: Digo yo José de San Martín,
Generalísimo de la República del Perú y Fundador de
su libertad, Capitán General de la de Chile, y
Brigadier General de la Confederación Argentina, que
visto el mal estado de mi salud, declaro por el presente
Testamento lo siguiente:
"Primero,
dejo por mi absoluta Heredera de mis bienes, habidos y
por haber a miúnica hija Mercedes de San Martín
actualmente casada con Mariano Balcarce."
"Segundo.
Es mi expresa voluntad que mi hija suministre a mi
hermana María Elena, una pensión de mil Francos
anuales, y a su fallecimiento, se continúe pagando a su
hija Petronila, una de 250 hasta su muerte, sin que para
asegurar este don que hago a mi hermana y sobrina, sea
necesaria otra hipoteca que la confianza que me asiste
de que mi hija y sus herederos cumplirán religiosamente
esta mi voluntad."
"Tercero.
El sable que me ha acompañado en toda la Guerra de la
Independencia de la América del Sud, le será entregado
al Genera! de la República Argentina Don Juan Manuel de
Rosas, como una prueba de la satisfacción, que como
Argentino he tenido al ver la firmeza con que ha
sostenido el honor de la República contra las injustas
pretensiones de los Extranjeros que tratan de
humillarla."
"Cuarto.
Prohibo el que se me haga ningún género de Funeral, y
desde el lugar en que falleciere, se me conducirá
directamente al cementerio sin ningún acompañamiento,
pero sí desearía, el que mi corazón fuese depositado
en el de Buenos Aires."
"Quinto.
Declaro no deber ni haber jamás debido nada a
nadie."
"Sexto.
Aunque, es verdad que todos mi anhelos no han tenido
otro objeto que el bien de mi hija amada, debo confesar
que la honrada conducta de ésta, y el constante cariño
y esmero que siempre me ha manifestado, han recompensado
con usura, todos mis esmeros haciendo mi vejez feliz. Yo
le ruego continúe con el mismo cuidado y contracción
la educación de sus hijas (a las que abrazo con todo mi
corazón) si es que a su vez quiere tener la misma feliz
suerte que yo he tenido; igual encargo hago a su esposo,
cuya honradez y hombría de bien no ha desmentido la
opinión que había formado de él, lo que me garantiza
continuará haciendo la felicidad de mi hija y
nietas."
"Séptimo.
Todo otro Testamento o Disposición anterior al presente
queda nulo y sin ningún valor."
"Hecho en París a veintitrés de Enero del año
mil ochocientos cuarenta y cuatro, y escrito todo él de
mi puño y letra.
José
de San Martín
Artículo
Adicional: Es mi boluntad que el Estandarte que el Bravo
Español Dn. Francisco Pizarro tremoló en la Conquista
de Perú sea devuelto a esta República (a pesar de ser
propiedad mía) siempre que sus Gobiernos hallan
realizado las Recompensas y honores con qe. me honró su
primer Congreso.
José
de San Martín
LEER
MAS SOBRE LA VIDA DEL PADRE DE LA PATRIA
“Un
día, cuando saltaban las piedras en España al paso de los
franceses, Napoleón clavó los ojos en un oficial, seco y
tostado, que vestía uniforme blanco y azul; se fue sobre él,
y le leyó en el botón de la casaca el nombre del cuerpo: “¡Murcia!”
Era el niño pobre de la aldea jesuita de Yapeyú, criado al
aire entre indios y mestizos, que después de veintidós años
de guerra española empuñó en Buenos Aires la insurrección
desmigajada, trabó por juramento a los criollos
arremetedores, aventó en San Lorenzo la escuadrilla real,
montó en Cuyo el ejército libertador, pasó los Andes para
amanecer en Chacabuco; de Chile, libre a su espada, fue a Maipú
a redimir el Perú; se alzó protector en Lima, con uniformes
de palmas de oro; salió, vencido por sí mismo, al paso de
Bolívar avasallador; retrocedió; abdicó; cedió a Simón
Bolívar toda su gloria; pasó solo por Buenos Aires; se fue a
Europa, triste; murió en Francia, con su hija Mercedes de la
mano, en una casita llena de flores y de luz. Escribió su
testamento en una cuartilla de papel, como si fuera el parte
de una batalla; le habían regalado el estandarte que el
conquistador Pizarro trajera a América hace cuatro siglos, y
él le regaló el estandarte, en su testamento, al Perú.”
Esta es la manera en que José Martí resume toda la
existencia de José de San Martín.
Yapeyú,
cuna del héroe
El
4 de febrero de 1627, en un paraje donde hasta entonces sólo
había tres casas con cien indios, por decisión del
provincial de la Compañía de Jesús, padre Nicolás Durán
Mastrillo, quedó fundada la reducción de Nuestra Señora de
los Tres Reyes de Yapeyú. Se levantaría sobre la margen
derecha del río Uruguay, junto al río entonces llamado Yapeyú
y denominado más adelante Guaviraví. La nueva población no
difería en mucho de otras creadas antes o después por los
misioneros jesuitas. Uno de ellos, el padre José Cardiel,
describe así la planta de los pueblos misioneros: “Todas
las calles están derechas a cordel y tienen de ancho dieciséis
o dieciocho varas. Todas las casas tienen soportales de tres
varas de ancho o más, de manera que cuando llueve e puede
andar por todas partes sin mojarse, excepto al atravesar de
una calle a otra. Todas las casas de los indios son también
uniformes: ni hay una más alta que otra, ni más ancha o
larga; y cada asa consiste en un aposento de siete varas en
cuadro como los de nuestros colegios, sin más alcoba, cocina
ni retrete…” Y más adelante agrega: “Todos los pueblos
tienen una plaza de 150 varas en cuadro, o más, toda rodeada
por los tres lados de las casas más aseadas y con soportales
más anchos que las otras: y en el cuarto lado está la
iglesia con el cementerio a un lado y la casa de los padres al
otro… Hay almacenes y granero para los géneros del común y
algunas capillas”.
Por
ser el lugar de residencia del superior de los misioneros
jesuitas, Yapeyú tuvo situación privilegiada entre todos los
pueblos destinados a reunir a los indios reducidos e
incorporados plenamente a las formas de convivencia propias de
la civilización cristiana. Pero por su privilegiada situación
geográfica fue el blanco de las asechanzas de los portugueses
y de las hordas de indígenas de yaros, minuanes y charrúas,
que alentados por los primeros saqueaban las estancias,
robando ganados, y destruyendo las sementeras. Por esto los
pobladores debieron en muchas ocasiones tomar las armas para
escarmentar a los invasores y así impedir la pérdida de
vidas humanas y de importantes riquezas materiales.
En
julio de 1768, y dándose así cumplimiento a lo dispuesto por
la real cédula firmada por Carlos III el 27 de febrero de
1767, los jesuitas eran expulsados de Yapeyú, hasta donde
llegó para ejecutar la orden -una orden que sería repudiada
y resistida por muchos vasallos del rey Borbón- el gobernador
Francisco de Bucarelli y Ursúa. Idos los jesuitas -esos
misioneros que, junto con las verdades evangélicas, enseñaron
concomitantemente a los indios a amar el trabajo y a defender
con su libertad la independencia del suelo patrio-, pronto el
desorden se generalizó en las reducciones, como lo testimonió
Juan José de Vértiz al afirmar en un memorial dirigido al
monarca que los indios “se entregaron a la matanza de
ganados para alimentarse sin término ni medida, no atendiendo
ya sus telares, siembras y otros trabajos establecidos, y lo
que antes se llevaba y gobernaba por unas muy escrupulosas
reglas se redujo a confusión y trastorno”.
Reemplazado
Bucarelli en 1770 por Vértiz (entonces en el ejercicio de la
gobernación del Río de la Plata), el nuevo mandatario designó
en 1774 por teniente gobernador de Yapeyú al mayor Juan de
San Martín, oficial que había llegado América en 1765 y que
desde 1767 administraba una vasta hacienda, la Estancia y
Calera de las Vacas, en la Banda Oriental, también propiedad
de los jesuitas.
Así,
por obra del encadenamiento histórico que sucedió a la real
orden de extrañamiento de los hijos de San Ignacio, se
instalaron en Yapeyú don Juan de San Martín, que a poco sería
ascendido a capitán, y su esposa Gregoria Matorras. El capitán
San Martín ejerció el cargo con gran responsabilidad. Si
bien debió prestar preferente atención a la lucha armada
contra minuanes y portugueses, no descuidó su gestión
administrativa, que llegó a ser fecunda. Tanto fue así, que
cuando dejó el cargo, el Cabildo de Yapeyú manifestó
respecto de aquélla que “ha sido muy arreglada, y ha mirado
nuestros asuntos con amor y caridad sin que para ello faltase
lo recto de la justicia y ésta distribuida sin pasión, por
lo que quedamos muy agradecidos todos a su eficiencia”.
Mientras
don Juan de San Martín se entregaba a la atención del cargo
que se le había confiado, Gregoria Matorras vivía en Yapeyú
dedicada a la crianza de sus cinco hijos, el menor de los
cuales era José Francisco, nacido allí, el 25 de febrero de
1778.
Sus
padres y hermanos
En
el antiguo reino de León -cuyas vicisitudes históricas
corren parejas con el de Castilla- nacieron los padres del
Libertador.
En
el pueblo de Cervatos de la Cueza nació don Juan de San Martín
y Gómez, un 3 de febrero de 1728, hijo de Andrés de San Martín
e Isidora Gómez. La aldea se levanta en la comarca de la
Cueza, por donde atravesaba una calzada romana, y cuyo nombre
lo toma por el del río que la cruza. El investigador Eugenio
Fontaneda, a quien seguimos en parte de esta exposición,
supone que debió existir una antigua fortaleza Celta, origen
de la actual población, en las cercanía del que fuera solar
de los San Martín, hoy casa-museo salvada para la posteridad
por el mismo autor.
Se
trata de una morada noble castellana, austera, fuerte,
construida de adobe, con tapial revestido de barro y paja, y
concebida para guardar de los fríos de invierno. De este tipo
de edificación cabe decir, como observó González Garrido,
que fue llevada a América por Alonso de Ojeda, Juan de Garay
y el mismo Juan de San Martín convirtiéndose, allende los
mares, en la “técnica criolla por antonomasia”.
Cervatos
es, probablemente, la cuna del apellido San Martín. Parece
ser originario del nombre de un santo hidalgo caballero
andante, San Martín de Tours.
El
mismo que providencialmente, fue patrono de la ciudad de
Trinidad y Puerto de Santa María de los Buenos Aires, hoy
Buenos Aires, Capital de la República Argentina.
El
hogar donde naciera Juan de San Martín era morada de humildes
labradores.
Al
amparo de sus mayores, fortaleció su noble espíritu de
cristiano y cuando cumplió dieciocho años, algo tarde para
lo acostumbrado en la época, dijo adiós a sus buenos padres,
orgulloso por ingresar en las filas del ejército de su
patria, para seguir las banderas que se trasladaban de uno a
otro confín del mundo.
El
joven palentino se incorporó al Regimiento de Lisboa como
simple soldado.
Inició
su aprendizaje militar en las cálidas y arenosas tierras de
Africa (al igual que lo haría su hijo José Francisco), donde
realizó cuatro campañas militares. El 31 de octubre de 1755
alcanzó las jinetas de sargento y, seis años más tarde, las
de sargento primero. Cuando después de guerrear en tierras de
las morerías regresó a la metrópoli, siguió a su
regimiento a través de las distintas regiones en que
estuviera de guarnición. Así le vemos actuar en la zona cantábrica
y en la fértil Galicia, en la activa y fértil Guipúzcoa, en
la adusta y sobria Extremadura y en la alegre Andalucía. Era
Juan de San Martín un soldado fogueado y diestro en los
campos de batalla cuando, en 1764, se le destinó para
continuar sus servicios en el Río de la Plata. Cuando el 21
de octubre de 1764 se regularon en Málaga los servicios de
Juan de San Martín, se le computaron diecisiete años y trece
días en campañas. A raíz de su meritoria foja de servicios,
se le ascendía a oficial del ejército real con los galones
de teniente, cuyo título le fue extendido el 20 de noviembre
de 1764. Su embarque con destino al Río de la Plata lo debió
efectuar en Cádiz. La carrera militar de Juan de San Martín
es, pues, aparentemente modesta; pero, en la hondura de su
abnegada vida, se puede percibir el anuncio de las virtudes
heroicas de su hijo menor, José Francisco.
Cuando
desembarcó en el Riachuelo ejercía las funciones de
gobernador Pedro de Cevallos, quien le confió el
adiestramiento e instrucción del Batallón de Milicias de
Voluntarios Españoles, hasta que, en mayo de 1765, lo destinó
al bloqueo de la Colonia del Sacramento y del Real de San
Carlos. Permaneció en esa zona hasta julio de 1766, en que se
le confió la comandancia del Partido de las Vacas y Víboras,
en la actual República Oriental del Uruguay.
En
ese nuevo destino prestó imponderables servicios en la
persecución del contrabando. En 1767 ocurrió el extrañamiento
de los jesuitas con la confiscación de los edificios y toda
suerte de bienes que poseían en España y en América. Los
religiosos tenían en la actual República Oriental del
Uruguay, dependiente del Colegio Belén de Buenos Aires, una
extensa y bien poblada estancia llamada “Calera de las
Vacas” -que fue conocida después con el nombre de “Las Huérfanas”-;
se extendía ésta por el norte hasta el arroyo de las Vacas,
al este lindaba con el Migueletes y el San Juan y al oeste y
suroeste con el caudaloso Río de la Plata.
En
ese rico latifundio de cuarenta y dos leguas cuadradas,
pastaban por millares distintas especies de ganado. El
entonces gobernador Francisco de Paula Bucareli y Ursúa, le
confirió al teniente San Martín la ocupación de la referida
estancia, encargándole después su administración, que
desempeñó hasta 1744, haciendo aumentar en forma
extraordinaria sus beneficios.
Al
mismo tiempo que Juan de San Martín ejercía las funciones de
administrador, no dejó inactivas sus funciones militares,
cooperando de acuerdo con órdenes de sus superiores en el
bloqueo establecido permanentemente por España a la Colonia
del Sacramento.
El
gobernador Bucareli otorgó el 10 de abril de 1769 al padre
del Libertador, el empleo de ayudante del Batallón de
Voluntarios de Buenos Aires, que confirmó el monarca por título
expedido en San Lorenzo el Real el 30 de octubre de 1772.
Varios
hechos trascendentales ocurrieron en la vida de nuestro
personaje durante su actuación n el Uruguay. Su casamiento
con Gregoria Matorras y el nacimiento de sus tres hijos
mayores.
El
matrimonio se realizó en el palacio episcopal, estando a
cargo del obispo titular, Manuel Antonio de la Torre, el 1º
de octubre de 1770. Los nuevos esposos se reunieron en Buenos
Aires el día 12 de octubre de ese año, trasladándose poco
después a Calera de las Vacas. Allí formaron su hogar y en
ese lugar, en octubre nacieron tres de sus hijos: María
Elena, el 18 de agosto de 1771; Manuel Tadeo, el 28 de octubre
de 1772 y Juan Fermín Rafael, el 5 de octubre de 1774.
Cuando
el teniente Juan de San Martín cesó en las funciones de
administrador de la estancia de Calera de las Vacas, el
gobernador de Buenos Aires, Juan José de Vértiz y Salcedo,
lo designó el 13 de diciembre de 1774 teniente gobernador del
departamento de Yapeyú, haciéndose cargo de sus nuevas
funciones “desde principios de abril de 1775”.
Yapeyú
había sido una de las reducciones más florecientes y ricas
en tierras y ganados, que fundó la acción fervorosa y
ejemplar de los padres de la Compañía de Jesús. Fue erigida
a iniciativa del provincial P. Nicolás Mastrilli, con la
cooperación del mártir y beato P. Roque González de Santa
Cruz, superior de las misiones del Uruguay, y el P. Pedro
Romero, su primer párroco. Su instalación se efectuó el 4
de febrero de 1.627, junto al arroyo llamado Yapeyú por los
indígenas, bautizándose con el nombre de Nuestra Señora de
los Reyes Magos de Yapeyú.
Yapeyú
fue baluarte de civilización y del cristianismo frente a los
indomables indígenas, como los charrúas y los yaros, y también
lo fue contra los temibles bandeirantes, hordas de hombres
blancos que vivían al margen de toda ley humana y que a
sangre y fuego sembraron el terror y la muerte, asolando a las
incipientes misiones.
Con
el correr de los años, Yapeyú se convirtió en uno de los
pueblos más ricos de las misiones. Poseía estancias en ambas
bandas del río Uruguay.
El
pueblo quedó casi abandonado después de la expulsión de los
misioneros de la Compañía de Jesús. Dos nuevos vástagos
aumentaron la familia San Martín-Matorras en Yapeyú: Justo
Rufino, nacido en 1776, y nuestro Libertador, José Francisco,
que vio la luz el 25 de febrero de 1778.
Siendo
el pueblo de Yapeyú fronterizo a zonas de litigio, sus
habitantes vivían bajo continuas amenazas de guerra.
El
nuevo mandatario, Juan de San Martín, desde que ocupara la
tenencia, activó la organización de un cuerpo de naturales
guaraníes compuesto por 550 hombres, que al ser revistados
por el gobernador de Misiones, Francisco Bruno de Zabala, le
hicieron decir que era como la más arreglada tropa de Europa.
Esas fuerzas, adiestradas por el teniente San Martín, se
destinaron a contener los desmanes de los portugueses y las
acometidas de los valerosos y aguerridos charrúas y minuanes.
Merced
a un informe emitido por el Virrey Vértiz, Juan de San Martín
ascendió al grado de capitán del ejército real, por título
que se expidió en El Pardo el 15 de enero de 1.779. Cuando
este despacho llegó a sus manos hacía algunos meses que había
cumplido cincuenta y un años de edad.
El
constante estado de intranquilidad en que se vivía en la región
motivó el traslado de Gregoria Matorras de San Martín a
Buenos Aires, trayendo consigo a sus cinco hijos. En la
capital se le reuniría su esposo en los primeros meses de
1781. El capitán San Martín, con actividad y celo
encomiables no sólo puso en estado de defensa el departamento
a su mando, sino que lo impulsó por las vías del progreso,
realizando diversas obras de carácter público.
Terminada
su actuación en Yapeyú, el capitán San Martín embarcó con
rumbo a Buenos Aires el 14 de febrero de 1781, volviendo a
reunirse entonces con su esposa e hijos e incorporándose de
nuevo a las filas del ejército para ejercer las funciones de
ayudante mayor de la Asamblea de Infantería. Desde Buenos
Aires, el 18 de agosto, se dirigió por escrito al virrey Vértiz,
a la sazón en Montevideo, ofreciéndose para cualquier
servicio o bien para instruir a los naturales, en cuyo
ejercicio se había distinguido durante su residencia en Yapeyú.
El
padre del Libertador se dirigió a las autoridades superiores
de la Corte pidiendo la correspondiente licencia para
embarcarse con su familia con destino a la metrópoli. Le fue
concedido lo solicitado por Real Orden, expedida el 25 de
marzo de 1783. Casi un cuarto de siglo de constante actividad
había consagrado a las regiones del Plata el veterano
soldado; había actuado en campañas militares que acreditaron
su valentía y había administrado con suma pureza bienes
confiados a su cuidado.
En
abril de 1784, Juan de San Martín llegaba a Cádiz; retornaba
al suelo patrio con su mujer y cinco hijos. Los cuatro
varones, al igual que su padre, abrazarían la carrera de las
armas, pero de todos ellos, sólo el benjamín daría gloria
inmortal al apellido paterno.
En
Málaga pasaría los últimos años de su existencia, mientras
sus hijos avanzaban en edad y aspiraciones. En esa ciudad
iniciaron o completaron, en parte, los estudios los jóvenes
hermanos San Martín. Con los ojos mirando más allá de los
mares, Juan de San Martín exhalaba, el 4 de diciembre de
1796, su último suspiro. Se hizo constar que no había
testado y que habitaba en un lugar de Málaga conocido por
Pozos Dulces, camino de la Alcazabilla.
La
viuda del antiguo teniente de Yapeyú, al mes siguiente del óbito
de su esposo, dirigió una instancia al monarca Carlos IV en
la que solicitaba una pensión. En 1806 gestionó e insistió
para que la reducida pensión que disfrutaba, de 175 pesos
fuertes anuales, fuera transferida a su hija después de su
fallecimiento. El rey resolvió no acceder a lo solicitado.
Sus restos descansan hoy en el cementerio de la Recoleta de
Buenos Aires.
La
madre: Gregoria Matorras
La
madre del futuro Libertador, doña Gregoria Matorras del Ser,
fue el sexto y último vástago del primer matrimonio de
Domingo Matorras con María del Ser. Fueron sus hermanos
mayores: Paula, Miguel, Francisca, Domingo y Ventura. Vino al
mundo el 12 de marzo de 1738, en el pueblo de la Región de
Palencia, Reino de León, llamado Paredes de Nava (la villa
debió su origen a antiguas construcciones castrenses, de
donde viene su nombre “Paredes”, en tanto que “Nava”
significa llanura en lengua vasca y majada en hebreo).
Fue
bautizada en la parroquia de Santa Eulalia al cumplir diez días
(el mismo lugar donde nacieron y se bautizaron genios del
Renacimiento español como Pedro Berruguete y su hijo Alonso,
o Jorge Manrique, autor de “la más bella poesía del
Parnaso castellano de la Edad Media”, según Marcelino Menéndez
y Pelayo).
Haciendo
valer el contenido del viejo proverbio “Una madre vale más
que cien maestros”, muchos biógrafos aciertan a observar
que en la idiosincrasia de la madre de José radicaron las
razones más profundas de la nobleza y el desinterés del
Emancipador. A los seis años, quedó huérfana de madre. A
los treinta, aún soltera, viajó al Río de la Plata con su
primo Jerónimo Matorras, ilustre personaje que aspiraba a
colonizar la región chaqueña, obteniendo para el logro de
esa empresa el título de gobernador y Capitán General de
Tucumán. Antes de emprender el viaje obtuvo Matorras
licencia, otorgada el 26 de mayo de 1.767, para traer consigo
a su prima Gregoria, a su sobrino Vicente y a otras personas.
Llegada
a Buenos Aires con don Jerónimo en 1767, fue el azar o la añoranza
de su Tierra de Campos lo que le motivó a reunirse con
paisanos. Así empezó a relacionarse con un bizarro capitán,
oriundo de un pueblo próximo al suyo, que luego sería su
esposo. En poco tiempo, se conocieron, se amaron y se
prometieron.
Pero,
como el deber de las armas llevó al novio a un destino en las
Misiones Jesuíticas del norte, la novia hubo de casarse, por
poder, con un representante de su marido el capitán de
dragones D. Juan Francisco de Somalo, el 1 de octubre de 1770,
con las bendiciones del obispo de Buenos Aires, don Manuel de
la Torre, también oriundo de otro pueblo palentino, Autillo
de Campos. La escritura, otorgada por don Juan cuatro meses
antes de la celebración, “por palabra de presente como
ordena Nuestra Santa Madre, la Iglesia Católica Romana”, se
refiere a la novia con estas palabras: “doña Gregoria
Matorras, doncella noble, con quien tengo tratado, para más
servir a Dios Nuestro Señor, casarme”.
Es
revelador conocer el testamento de doña Gregoria para
vislumbrar su personalidad. Firmado en Madrid, el año 1803,
diez antes de morir. En el mismo se puede leer: “En el
nombre de Dios Todopoderoso y de la Santísima Reina de los
Angeles, María Santísima, Madre de Dios y Señora Nuestra,
amen. Sépase por esta pública escritura de testamento (…)
como yo, Doña Gregoria Matorras, viuda de Don Juan de San
Martín capitán (…). Teniéndome la muerte, como cosa
natural a toda criatura viviente, su hora tan cierta como
incierta la de su advenimiento (…)”.
En
sus palabras se destacan una serenidad firme ante la muerte,
una intensa fe religiosa y una gran reciedumbre de carácter.
De hecho, los escritos de doña Gregoria y don Juan son
testimonios de tales rasgos que, junto al amor por las Indias,
eran principios que transmitían cuidadosamente a sus hijos,
aunque de un modo muy particular fueron desarrollados por el
general.
En
otra parte del documento, se entrevé cierta predilección
hacia José Francisco; porque, tras referirse a provisión
económica destinada a la atención de las necesidades de sus
hijos mayores, Manuel Tadeo, Juan Fermín y Justo Rufino,
“para su decoro y decencia en la carrera militar”, destaca
que el que más le había costado era Justo Rufino,
“actualmente guardia de Corps en la Compañía Americana”,
pues principalmente con él “se han gastado muchos maravedíes”.
A lo que añade, con entrañable acento: “Pero sí puedo
asegurar que el que menos costo me ha tenido ha sido don José
Francisco”. ¿Cómo explicar esto, sabiendo que éste tomó
lecciones de guitarra del compositor don Fernando Sors; que
reunió una gran biblioteca, cuyo valor equivaldría a su
sueldo integro de militar durante tres años; que tomó
lecciones de canto, que nunca pidiera dinero a sus padres? El
aparente misterio se aclara, si aceptamos que obtenía
ingresos extra con actividades artísticas, que percibía, tal
vez, de sus amigos y comerciantes de la logia de los
“Caballeros Racionales”, asamblea de inspiración francmasónica
a que pertenecía. En efecto, en una de sus cartas comentaba
que, si fracasaba en la carrera de armas, siempre podría
ganarse la vida pintando paisajes de abanico. De hecho, la
bandera de los Andes pintada al gouache él por nos le revela
como avezado pintor. No obstante, como militar decimonónico,
tuvo el pundonor de ocultar sus trabajos manuales como medio
de obtener ingresos; y es que, en general, lo artesanal y las
actividades mercantiles estaban mal vistas en aquella época.
Doña Gregoria tuvo otro hermano, presbítero, llamado don
Miguel, capellán de numero de la Santa Iglesia Catedral de
Palencia, que aparece citado en documento de su esposo,
autorizándole a administrar su bienes raíces adquiridos por
herencia, sitos en Paredes de Nava. Tenía también otros
hermanastros -pues el padre enviudó y volvió a casarse- que
alcanzaron importantes puestos en la sociedad, como don Andrés,
procurador de tribunal civil, don José, medico cirujano, y
don Simón, medico de cámara de la reina Isabel II.
Desde
que don Juan falleciera en Málaga a los sesenta y ocho años,
teniendo José Francisco dieciocho, doña Gregoria no estuvo
sola. Siempre le acompañaba el matrimonio formado por su hija
María Elena y don Rafael González Menchaca, empleado de
rentas, que le dio a su nieta Petronila.
La
muerte de dona Gregoria acaeció en Orense (Galicia) el
primero de junio de 1813, donde estaba destinado don Rafael.
Tanto él como María Elena cumplieron los deseos de su madre,
que había expresado en el mencionado testamento, la voluntad
de que su cuerpo “sea amortajado con el hábito de Santo
Domingo de Guzmán”. Ambos habían profesado en la Orden
Tercera de Santo Domingo, en cuyo convento orensano fue
inhumada.
En
ese mismo año, don José Francisco de San Martín y Matorras
se manifestaba por primera vez como triunfador de la causa de
la Emancipación americana, en combate de San Lorenzo,
demostrando una valía militar extraordinaria.
Contemplando
el pasado del general, sus raíces, cimentadas en la aguerrida
tierra palentina donde sus padres nacieron, y estableciendo
sus virtudes humanas en un cristianismo auténtico, e
comprende mejor como: “De azores castellanos nació el cóndor
que sobrevoló los Andes” (lema de la casa- solar de los San
Martín, en Cervatos de la Cueza).
Los
hermanos
Del
matrimonio contraído entre don Juan de San Martín, ayudante
mayor de la Asamblea de Infantería de Buenos Aires, y doña
Gregoria Matorras, nacieron en la Real Calera de las Vacas,
jurisdicción de la parroquia de Las Víboras -actualmente en
la República Oriental del Uruguay- sus hijos María Elena (18
de agosto de 1771), Manuel Tadeo (28 de octubre de l772) y
Juan Fermín (5 de febrero de l774).
Trasladada
la familia al departamento de Yapeyú, donde don Juan fue
designado Teniente de Gobernador, nacieron los otros dos
hijos: Justo Rufìno (l776) y José Francisco (25 de febrero
de l778).
Se
casó en Madrid el 10 de diciembre de 1802 con Rafael González
y Alvarez de Menchaca.
En
su testamento, el Libertador estableció: “… es mi expresa
voluntad el que mi hija suministre a mi hermana María Elena
una pensión de mil francos anuales y, a su fallecimiento, se
continúe pagando a su hija Petronila una de doscientos
cincuenta hasta su muerte, sin que para asegurar este don que
hago a mi hermana y sobrina, sea necesario otra hipoteca, en
la confianza que me asiste de que mi hija y sus herederos
cumplirán religiosamente ésta mi voluntad”. (París, 23 de
enero de 1844).
María
Elena falleció en Madrid el año 1852.
Como
María Elena, nació en Calera de las Vacas, territorio de
Misiones del Uruguay el 28 de octubre de 1772.
La
hoja de servicios de Manuel Tadeo le presenta robusto y de
corta estatura. Tuvo especial gusto por la música, acaso
originado en el Colegio de San Telmo, de gran prestigio
entonces, al que pudo asistir desde su llegada a Málaga, y
también debe suponerse que como José Francisco fuera un buen
matemático, pues desde sus primeros años de oficial se le
dieron cargos de artillería, arma facultativa, ya entonces
muy científica y, por ello, solo accesible a los técnicos y
marinos.
Del
mismo modo que todos sus hermanos varones, siguió la carrera
de las armas, iniciándose en el Regimiento de Infantería
Soria, “El Sangriento”. En el que ingresó como cadete en
1788. Con dicha unidad tomó parte en la campaña de Africa
(l790), participó en las campañas de Ceuta y de los Pirineos
Orientales (l793-l794). Quedó prisionero de los franceses,
junto con su regimiento, al rendirse la plaza de Figueres.
Firmada la Paz de Basilea (julio de 1795) fue liberado.
Concluida la guerra contra Francia, sirvió como maestro de
cadetes durante dos años y medio y fue comisionado, por el término
de nueve meses, en el reino de Murcia en persecución de
malhechores y contrabandistas.
Al
iniciarse el siglo XIX obtuvo el grado de capitán y pasó a
revistar en el Regimiento de Infantería Valencia. En 1806 fue
agregado al Regimiento de Infantería de la plaza de Ceuta.
Participó
en la guerra de la Independencia y luchó contra los
franceses; el 16 de setiembre de 1808 fue nombrado ayudante de
campo del general conde de Castrillo y Orgaz, revistando en
los ejércitos del Centro, Extremadura, Cataluña y Valencia.
Participó en las jornadas de Tudela, Navarra, Ciudad Real y
en la retirada de Despeñaperros. En los últimos años de
esta guerra se halló en el sitio y defensa de Valencia.
Se
graduó de coronel en 1817; revistó en el Regimiento de
Infantería León y, en 1826, se le concedió el gobierno
militar de la fortaleza de Santa Isabel de los Pasajes, en San
Sebastián. Falleció en Valencia en 1851.
Juan
Fermín Rafael
Ingresó
como cadete en el Regimiento de Infantería Soria el 23 de
setiembre de 1788, en el cual revistó durante catorce años.
Permaneció
luego tres años en el Batallón Veterano Príncipe Fernando.
Luego pasó a la caballería, prestando servicio en el
Regimiento Húsares de Aguilar y, posteriormente, en el
Escuadrón Húsares de Luzón, con destino en Manila,
Filipinas. Según su foja de servicios, se encontró en la
plaza de Ceuta; hizo la guerra contra Francia desde el 17 de
julio de 1793; estuvo en la retirada del Rosellón en mayo de
1794. Continuó en el mismo regimiento incorporándose a la
guerra marítima y participó en la batalla naval del 14 de
febrero de 1797, contra los ingleses.
En
el año 1802 se trasladó a Filipinas, donde contrajo
matrimonio con Josefa Manuela Español de Alburu. Falleció en
Manila el 17 de julio de 1822.
Los
descendientes de Juan Fermín Rafael eran hasta hace unos
pocos años los únicos miembros de la familia comprobados que
seguían con vida.
Justo
Rufino
El
18 de agosto de 1793 solicitó ingresar en el ejército español
siendo admitido en el Real Cuerpo de Guardias de Corps el 9 de
enero de 1795. Permaneció en ese cuerpo durante trece años,
en cuyo transcurso fue ayudante de campo del marqués de Lazán
y ascendido a teniente el 9 de enero de 1807.
Posteriormente
se incorporó al Regimiento de Caballería Húsares de Aragón,
con el grado de capitán.
Asistió
a los acontecimientos de Aranjuez (mayo de 1808); al ataque y
defensa de Tudela (junio de 1808); a los dos sitios de
Zaragoza (1808 y 1809), donde fue hecho prisionero cuando se
rindió la ciudad. Fugó de sus captores y se presentó al
gobierno, que lo destinó -ya graduado de teniente coronel-
junto al teniente general Doyle.
Participó
en la destrucción del fuerte de Sant Carles de la Rápita y
asistió al sitio de Tarragona. Falleció en Madrid en 1832.
Fue el único de los hermanos varones que estuvo junto a José
Francisco durante su período de ostracismo en Europa.
Primeros
años en España
La
fragata “Santa Balbina” era una airosa embarcación velera
de la Armada Real inglesa, construida en astilleros británicos,
seguramente los de Plymouth. El 9 de agosto de 1780, cuando
custodiaba con otras dos fragatas un importante convoy de
velas, fue sorprendida y apresada junto a ellas, a la altura
de las Azores por la escuadra del general Córdoba, e
incorporada a las fuerzas navales españolas con el nombre de
“Santa Balbina”. Se la asignó al apostadero naval de
Montevideo en 1781, donde efectuó diversas misiones, como la
de perseguir a las naves inglesas y francesas que se dedicaban
a la pesca de ballenas en aguas españolas.
En
noviembre de 1783 fue designada para trasladar a España,
llevando de transporte a diverso personal del Ejército con
sus familiares. Los viajeros fueron fletados partir del 5 de
noviembre hasta el 6 de diciembre, en que el buque salió a la
mar.
La
familia más numerosa de las embarcadas fue la del ayudante D.
Juan de San Martín, que se presentó acompañado de su mujer,
Doña Gregoria Matorras, y de sus hijos María Elena, de doce
años, Manuel Tadeo, de once, Fermín de diez, Justo Rufino de
ocho, y José Francisco, el futuro emancipador de Argentina,
de seis.
El
escribiente naval que anotó la edad de los niños consignó a
José un año más del que le correspondía, suponiendo que su
fecha real de nacimiento fuera la comúnmente admitida del 25
de febrero de 1778. No creemos que se equivocara, pues, en
caso contrario, no hubiera podido ingresar el 21 de julio de
1789 como cadete de Regimiento de Murcia, ya que el articulo
2do., tratado 2, título XVIII de las “Ordenanzas” del Ejército,
instituida por Carlos III en 1768, determinaba que el que se
recibiere por cadete no había de ser menor de doce años,
prescripción que se cumplía rigurosamente. El autor conoce
muchos casos de influyentes militares, como el de general
Conde de España, que tuvo que esperar hasta los doce años
para que su hijo ingresara en el Ejército como cadete. Se
duda entonces de que un oficial de poca relevancia, como el
padre de nuestro héroe, pudiera conseguir una dispensa de
edad. Acompañaba a la familia San Martín un criado, esclavo
negro, llamado Antonio, adquirido seguramente por D. Juan con
los ahorros que pudo reunir en su destino de Yapeyú.
En
total, los pasajeros eran nueve oficiales de infantería,
caballería y dragones, con dos esposas y catorce hijos, una
viuda de oficial, dos sargentos, cuatro cabos, un tambor con
su hijo, un soldado, dos marineros ingleses, un presidiario y
nueve criados.
La
fragata media 69 pies de eslora y 18 de manga. Su velamen se
componía de dos palos mesanos, dos mayores y dos trinquetes,
y portaba treinta y cuatro cañones. Su tripulación estaba
formada por once oficiales, un guardiamarina, dieciocho
oficiales de mar, veintidós soldados de infantería,
cincuenta y seis artilleros, cuarenta y siete marineros,
treinta y seis grumetes y cuatro pajes. Transportaba también
veinticinco guanacos destinados al Monarca, para los que se
habilitaron a bordo divisiones, comederos y bebederos.
Mandaba
la fragata el capitán de navío D. Roman Novia de Salcedo, un
vasco de cuarenta y siete años, hijo de un alcalde de Bilbao,
que poco después se retiraría del servicio activo.
Complementaban la oficialidad tres tenientes de navío (uno de
ellos era D. Juse van Halen, el célebre aventurero, tío
carnal de Juan, que coincidiría años después con San Martín
en la Guerra de la Independencia de Bélgica, otro, Casimiro
Lamadrid, antepasado del general Francisco Franco Bahamonde),
un contador, dos capellanes, dos cirujanos y dos pilotos.
Durante
el viaje, tuvieron que soportar algún temporal que les rompió
por la cruz la verga mayor. Además, los guanacos enfermaron
de sarna, por lo que murieron todos.
El
joven San Martín, que recorrería con curiosidad todos los
compartimentos del buque y realizaría mil travesuras a pesar
de los esfuerzos de Antonio, conservó siempre un recuerdo
entrañable de la navegación y cierta inclinación a la
Marina, que le movería catorce años más tarde a embarcar
voluntariamente en Cartagena, en la fragata “Santa
Dorotea”.
A
los ciento ocho días de navegación, la fragata entraba en la
bahía de Cádiz, donde anclaba el 23 de marzo de 1784. Ante
los ojos infantiles y asombrados de José Francisco se mostró
el paisaje de las poderosas murallas de la ciudad y la
blancura de sus numerosas torres y casas. El muchacho no pudo
sospechar entonces el glorioso porvenir que le aguardaba. Al día
siguiente desembarcó con su familia, pero eso es otra
historia.
Su
regreso a la patria
Marzo
de 1812. En su edición correspondiente al viernes 13, un periódico
local –“La Gaceta de Buenos Aires”- hace pública la
llegada de la fragata inglesa George Canning, salida de
Londres cincuenta días atrás. Trae noticias de la
desgraciada situación por laque pasa España, donde el
invasor francés, con bríos recobrados, tiene grandes
probabilidades de dominar todo el territorio. Informa, también,
que a su bordo arribaron como pasajeros seis americanos y un
europeo, todos oficiales de las armas de la Monarquía. Entre
ellos, el teniente coronel José Francisco de San Martín,
quien así retorna a su país nativo, al país de su
nacimiento.
La
información decía así: “El 9 del corriente ha llegado a
este puerto la fragata inglesa Jorge Canning, procedente de
Londres en 60 días de navegación. Comunica la disolución
del ejército de Galicia y el estado terrible de anarquía en
que se halla Cádiz, dividido en mil partidos y en la
imposibilidad de conservarse por su misma situación política.
La última prueba de su triste estado son las emigraciones
frecuentes, y aún más a la América Septentrional. A este
puerto han llegado, entre otros particulares que conducía la
fragata inglesa, el teniente coronel de caballería D. José
San Martín, primer ayudante de campo del general en jefe del
ejército de la Isla, marqués de Coupigny; el capitán de
infantería D. Francisco Vera; el alférez de carabineros
reales D. Carlos Alvear y Balbastro; el subteniente de
infantería D. Antonio Arellano y el primer teniente de
guardias valonas, barón de Holmberg. Estos individuos han
venido a ofrecer sus servicios al gobierno, y han sido
recibidos con la consideración que merecen por los
sentimientos que protestan en obsequio de los intereses de la
patria”. El otro periódico que por entonces se imprimía en
Buenos Aires –“El Censor”- no dio información acerca
del arribo de la fragata inglesa.
El
recién llegado
¿Quién
es este Teniente Coronel recién llegado? Muy pocos recuerdan
a su padre y a su madre, aunque sí quedan todavía unos pocos
parientes o amigos de uno y de otra; menos son, seguramente,
los que a él lo conocieron niño, durante su breve paso por
las bandas rioplatenses.
Nacido
en Yapeyú el 25 de febrero de 1778, de la mano de sus
progenitores y junto con sus cuatro hermanos, mayores que él,
marchóse a España cuando apenas contaba cinco años de edad
(25 de febrero de 1778 es la fecha tradicional y oficialmente
aceptada, aunque hay desacuerdos al respecto. José Pacífico
Otero, por ejemplo, afirma que el Libertador vino al mundo en
1777. Yapeyú y 25 de febrero de 1778 son lugar y fecha de
nacimiento que figuran en el registro de sepelios,
correspondientes al año 1850, de la iglesia parroquial de
Boulogne-sur- Mer).). En Málaga realizó el aprendizaje
elemental -ya en el hogar, como se solía, ya en alguna
escuela pública, muy probablemente en una de Temporalidades-
y en 1789 sentará plaza de cadete en el Regimiento de Murcia.
Comenzó así para José Francisco una carrera militar que se
prolongaría hasta 1811. El 5 de setiembre de ese año se le
concedió, a su solicitud, el retiro y permiso para pasar a
Lima. Interin, ha combatido en Africa y en Europa, en el
desierto de Orán (Norte de Africa), en el llano, en la montaña
pirenaica (Cordillera de los Pirineos, entre Francia y España)
y en el mar (a bordo de la fragata “Santa Dorotea”); ha
sido vencedor y prisionero. Fue jefe victorioso de unos pocos
soldados en el combate de Arjonilla y oficial subordinado en
el campo triunfal de Bailén. Conoció el riesgo de perder la
vida en tres ocasiones: entre Valladolid y Salamanca, al ser
asaltado por cuatro bandoleros en un solitario camino; en Cádiz,
al ser confundido con el general Solano por una multitud
enardecida, y en Arjonilla, donde lo salvó el soldado Juan de
Dios. Se inició como cadete y llegó a teniente coronel;
empezó su carrera en la infantería y la concluyó en la
caballería. Fue distinguido por los jefes a cuyas órdenes
estuvo señalemos en particular al marqués de Coupigny,
mencionado por la Gaceta de Buenos Aires-, y ostenta como
premio la medalla de Bailén. Esbocemos ahora, en lo físico,
en lo moral, en el carácter, a este criollo, según lo verán
en los próximos años sus compatriotas y los americanos que
compartirán con él luchas y afanes. Su estatura no pasa de
1,70 m y casi seguramente no llega a tal medida, pero
impresiona como tanto o más porque el recién llegado está
siempre erguido, con presencia castrense. El rostro se muestra
moreno, ya por coloración natural de la piel, ya por la
huella que en él ha dejado el servicio prestado a campo
abierto. La nariz es aguileña y grande. Los prominentes y
negros ojos no permanecen nunca quietos y son dueños de una
mirada vivísima. Posee un inteligencia poco común y sus
conocimientos van más allá de los propios de una estricta
formación profesional. De maneras tranquilas y modales que
revelan esmerada educación, según los momentos es
dicharachero y familiar, severo y parco, optimista y
dispensador de ánimo para quienes lo han perdido o vacilan.
Ni en este momento de su retorno ni en el futuro, alguien podrá
tacharlo de indiscreto, llegando en ocasiones a ser por
necesidad, casi críptico o disimulador sin mentira.
Escribía
lacónicamente, con estilo y pensamiento propios, dice
Bartolomé Mitre (“Historia de San Martín y la Emancipación
Americana”). Poseía el francés, leía con frecuencia y,
según se desprende de sus cartas, sus autores predilectos
eran Guibert y Epicteto, cuyas máximas observaba, o procuraba
observar, como militar y como filósofo práctico.
Profundamente reservado y caluroso en sus afecciones, era
observador sagaz y penetrante de los hombres, a los que hacía
servir a sus designios según sus aptitudes. Altivo por carácter
y modesto por temperamento y por sistema más que por virtud,
era sensible a las ofensas, a las que oponía por la fuerza de
la voluntad un estoicismo que llegó a formar en él una
segunda naturaleza.
Por
qué, para qué retorna
En
tres ocasiones, el futuro Libertador explicará por qué y
para qué decidió retornar a América. Así, en 1819, dirá:
“Hallábame al servicio de la España el año de 1811 con el
empleo de comandante de escuadrón del Regimiento de Caballería
de Borbón cuando tuve las primeras noticias del movimiento
general de ambas Américas, y que su objetivo primitivo era su
emancipación del gobierno tiránico de la Península”.
“Desde
este momento, me decidí a emplear mis cortos servicios a
cualquiera de los puntos que se hallaban insurreccionados:
preferí venirme a mi país nativo, en el que me he empleado
en cuanto ha estado a mis alcances: mi patria ha recompensado
mis cortos servicios colmándome de honores que no
merezco…” Y en 1827, hablando de sí en tercera persona,
manifestará:
“El
general San Martín no tuvo otro objeto en su ida a América
que el de ofrecer sus servicios al Gobierno de Buenos Aires:
un alto personaje inglés residente en aquella época en Cádiz
y amigo del general, a quien confió su resolución de pasar a
América, le proporcionó por su recomendación pasaje en un
bergantín de guerra inglés hasta Lisboa, ofreciéndole con
la mayor generosidad sus servicios pecuniarios que, aunque no
fueron aceptados, no dejaron siempre de ser reconocidos”. Y
corridos veinte años, volvió sobre el tema al decir a Ramón
Castilla: “Como usted, yo serví en el ejército español,
en la Península, desde la edad de trece a treinta y cuatro años,
hasta el grado de teniente coronel de caballería. Una reunión
de americanos en Cádiz, sabedores de los primeros movimientos
acaecidos en Caracas, Buenos Aires, etc., resolvimos regresar
cada uno al país de nuestro nacimiento, a fin de prestarle
nuestros servicios en la lucha, pues calculábamos se había
de empeñar”.
Retorna,
entonces, porque ha tenido noticia de los importantes sucesos
que están ocurriendo y para ofrecer sus servicios militares a
la tierra de su nacimiento. Algunos no lo creerán así y tras
su llegada comienzan a correr las versiones más
contradictorias o disparatadas: así, se llega a decir, con
intención que no necesita ser explicada, que es un espía,
que es agente francés, que lo es, sí, pero británico. Con
el correr de los años, y aún después de la muerte de San
Martín, se seguirá dando aliento a estas patrañas, a estas
especiales maneras que tienen algunos para exhibirse sabedores
de lo que todos desconocen. Más nadie encontrará el menor
dato que favorezca sus aserciones hechas a media voz, ninguno
de sus impugnadores podrá valerse del menor principio de
prueba en favor de tesis tan peregrinas como reiteradas.
Cómo
se lo recibe
La
rápida comunicación hecha a Juan Martín de Pueyrredón, a
cargo del Ejército Auxiliador del Perú, y la difusión por
la Gaceta de la llegada de los siete oficiales atestiguan que
el Gobierno le concede importancia al hecho. No es para menos.
En momentos difíciles como los que transcurren para el
movimiento iniciado en mayo de 1810, todo aporte, todo apoyo,
cobra significación especial.
No
se la restará tampoco Gaspar de Vigodet, quien a la sazón
gobierna en Montevideo. Por ello, el 25 de marzo se dirigirá
al ministro de Guerra del Consejo de Regencia para señalar
“la grande sorpresa, y sentimiento que me ha causado como a
todos los buenos españoles este inesperado acontecimiento y
representarle el gravísimo perjuicio que resulta al Estado de
la concesión de semejantes permisos a unos individuos como éstos,
reputados por infidentes y adictos al sistema de la
independencia”. Suspicacias y prevenciones se manifiestan
también en el seno del Gobierno. “A principios de 1812
-escribirá San Martín en 1848, a Ramón Castilla- fui
recibido por la Junta gubernativa de aquella época, por uno
de los vocales con favor y por los dos restantes con una
desconfianza muy marcada”. Quiénes son estos dos, no se lo
sabrá nunca a ciencia cierta, mas los hechos por ocurrir a
poco permitirán afirmar que, prontamente, todo quedará
aventado.
Su
esposa: Remedios
Nació
en Buenos Aires el 20 de noviembre de 1797, siendo sus padres
D. José Antonio de Escalada, rico comerciante, canciller de
la Real Audiencia de 1810, y doña Tomasa de la Quinta Aoiz
Riglos y Larrazábal. Esta ilustre familia -ha dicho un
historiador- se caracterizó siempre en la colonia y en la república,
por el mérito de sus varones y el boato representativo de sus
mujeres. Se recuerda entre las familias porteñas el empleador
de las veladas y fiestas con que estos señores Escalada
mantenían el prestigio de su elevada posición.
Remedios,
esposa del general San Martín más tarde, era de una
delicadeza exquisita. Su elevado sentido de la dignidad y sus
patrióticas virtudes envuelven su recuerdo en un aroma
agradable, ocupando un lugar destacado entre las damas de la
época, por haber sido la que primero tuvo el noble y patriótico
gesto de desprenderse de sus sortijas y aderezos para
contribuir a la formación de las huestes patriotas.
Remedios
tenía 14 años cuando arribó a nuestras playas el Teniente
Coronel de caballería D. José de San Martín, grado
adquirido en una interminable serie de combates, ora en la
madre patria contra el extranjero invasor, ora en África,
guerreando contra la morisca audaz y bravía.
Al
llegar a su patria, ofreció su brazo y su espada a la causa
emancipadora, y el gobierno de las Provincias Unidas se
apresuró a aceptar tan patriótico ofrecimiento, sin soñar
acaso, que al hacerlo acababa de armar caballero de la causa
americana al más decidido y esforzado paladín, que debía
escribir largas páginas brillantes, rebosantes de gloria y
exuberantes de nobles ejemplos para las generaciones futuras.
Desde el momento en que San Martín ofreció sus servicios al
la causa de la independencia, la casa de la familia Escalada,
que era un centro de patriotas de la Revolución, le abrió
sus puertas y fue uno de los más asiduos concurrentes. Allí
conoció a la niña que debía ser después su esposa. El
futuro adalid, llegó pobre y sin relaciones, no trayendo más
que una buena foja de servicios de España y el propósito de
prestar leales y desinteresados servicios a su patria.
José
Antonio de Escalada, con clara visión, entrevió en aquel
arrogante militar a un general de nota y no tuvo
inconvenientes en aceptar los galanteos a su hija, no obstante
la diferencia de edad entre ambos, que llegaba casi a 20 años:
“ella, niña, no muy alta, delgada y de poca salud; él de
edad madura, estatura atlética, robusto y fuerte como un
roble”.
San
Martín al vincularse a esa familia conquistaba posición y
atraía a las filas del Escuadrón de Granaderos a Caballo,
que estaba organizando, a una pléyade de oficiales, como sus
hermanos políticos Manuel y Mariano y sus amigos, los
Necochea, Manuel J. Soler, Pacheco, Lavalle, los Olazábal,
los Olavarría y otros que llenaron después con su espada páginas
admirables en la epopeya americana. Desde que San Martín
conoció a Remedios, como él llamaba a su tierna compañera,
se enamoró de ella y comenzó el idilio que terminaría en el
matrimonio celebrado en forma muy íntima en la Catedral de
Buenos Aires, el 12 de septiembre de 1812. Fueron sus testigos
“entre otros” -dice la partida original- el sargento mayor
de Granaderos a Caballo D. Carlos de Alvear y su esposa doña
Carmen Quintanilla.
No
habían transcurrido tres meses de la fecha en que se celebró
la boda, cuando el coronel San Martín recogía su primer
laurel en los campos de San Lorenzo, donde, como es sabido,
muy poco faltó para que doña Remedios quedase viuda. Desde
este instante su talla militar adquiere contornos gigantescos
y es el comienzo real de su vida pública que terminaría
simultáneamente con los días de su esposa, once años después.
Cuando
San Martín marchó a tomar el mando del Ejército del Norte,
Remedios quedó en Buenos Aires. Fue en esa época cuando el
ilustre soldado sintió los primeros síntomas del grave mal
que debía alarmarlo en una gran parte de su agitada
existencia, mal que lo obligó a trasladarse a la provincia de
Córdoba, al establecimiento de campo de un amigo, reponiéndose
algún tiempo después de sus dolencias. Cuando fue designado
Gobernador Intendente de la provincia de Cuyo, su esposa lo
acompañó en su estadía en Mendoza y apenas llegó ella a
esta ciudad, la casa del General se transformó en alegre y
hospitalaria, en un centro radioso de la sociedad mendocina,
por obra de su exquisita cultura y el prestigio de su bondad y
virtudes. A ella concurrían los oficiales y los jóvenes de
la localidad que después se agregaron, Palma, Díaz, Correa
de Sáa, los Zuloaga y Corvalán, que unidos a los primeros
cruzaron la cordillera y formando parte de los vencedores,
llegaron hasta la Ciudad de los Virreyes, en el paseo triunfal
que realizaron a través de media América.
En
el mes de enero de 1817, el Ejército de los Andes emprendió
la colosal empresa que debía cubrirlo de laureles y su
comandante en jefe dejó el hogar para no volver a él sino de
paso, en los entreactos que le permitían sus victorias. Así
continuó el andar del tiempo y en 1819, San Martín, que tenía
su pensamiento aferrado a la idea de afianzar la independencia
de su Patria atacando al enemigo en el centro de su poderío,
el Perú, pidió a su esposa que regresara a casa de sus
padres y así lo hizo “Remeditos”, revelando que era tan
tierna como obediente esposa. Ya tenía entonces a su pequeña
Mercedes de San Martín, que sería más tarde esposa de D.
Mariano Balcarce, única hija del matrimonio, la cual había
nacido en Mendoza, en 1816. Acompañáronla en su viaje, su
hermano, el Teniente Coronel Mariano de Escalada, y su sobrina
Encarnación Demaría, que después fue señora de Lawson.
Remedios
de Escalada de San Martín tras su traslado de Mendoza a
Buenos Aires vivió en la casa de sus padres, y agravada la
enfermedad que padecía, por consejo médico debió
trasladarse a una quinta de los alrededores (actual Parque de
los Patricios), de propiedad de su medio hermano Bernabé.
Abatida y enferma, esperaba siempre la vuelta de su esposo,
anunciada tantas veces. La muerte de su padre, acaecida el 16
de noviembre de 1821, agravó su malestar, justamente en los
momentos en que el héroe renunciaba a los goces de la
victoria y de las delicias del poder, después de la célebre
entrevista de Guayaquil, y se retiraba para siempre de la
escena política, cerrando su vida pública con un broche de
oro, que deberá ser siempre profundamente comprendido por las
generaciones futuras, porque su renunciamiento evitó la
guerra civil en Sud América que habría destruido la obra
emancipadora iniciada en mayo de 1810.
Profundamente
atormentada por sus preocupaciones, que facilitaron el
desarrollo del terrible mal en su delicado organismo, falleció
en la quinta en que se radicó para combatir su enfermedad el
3 de agosto de 1823. San Martín se encontraba en Mendoza y en
junio había escrito su última carta a D. Nicolás Rodríguez
Peña, en que le decía que habíale llegado el aviso de que
su mujer estaba moribunda, cosa que lo tenía de “muy mal
humor”, pero sus propios males le impidieron llegar a Buenos
Aires para recibir de su esposa el postrer beso, antes de
iniciar viaje sin retorno.
“Murió
como una santa -refería su sobrina Trinidad Demaría de
Almeida, que rodeó su lecho en los últimos instantes-
pensando en San Martín, que no tardó en llegar algunos meses
después, con amargura en el corazón y un desencanto y
melancolía que no le abandonaron jamás”. De regreso en
Buenos Aires, el General San Martín -entre noviembre de 1823
y febrero de 1824- hizo construir un monumento en mármol, en
el cementerio de la Recoleta, para depositar en él los restos
de su Remeditos, en el que hizo grabar el siguiente epitafio:
“Aquí yace Remedios de Escalada, esposa y amiga del general
San Martín”.
Monumento
que cubre los restos de la que “fue digna hija, virtuosa
esposa, madre amantísima, patricia esclarecida y mujer
merecedora del respeto general”.
Remedios
de Escalada de San Martín figuró en la Sociedad Patriótica,
asistió al célebre “complot de los fusiles”, en que las
damas patricias se propusieron armar un contingente con su
peculio particular, y tomó parte en todas las iniciativas
promovidas por las mujeres de la época en pro del movimiento
emancipador. El documento que redactan aquellas nobles damas
que se propusieron reforzar los contingentes que bregaban por
afianzar la independencia nacional, con la famosa empresa
llamada el “complot de los fusiles”, terminaba con las
palabras siguientes: “Yo armé el brazo de ese valiente que
aseguró su gloria y nuestra libertad.”
Su
hija: Mercedes
“Aunque
es verdad que todos mis anhelos no han tenido otro objeto que
el bien de mi hija amada, debo confesar que la honrada
conducta de ésta y el constante cariño y esmero que siempre
me ha manifestado han recompensado con usura todos mis
esmeros, haciendo mi vejez feliz”. San Martín, 1844.
En
Francia, el 28 de febrero de 1875, fallecía Mercedes San Martín
de Balcarce. Blanca ya su cabeza, mostrábase aún como la
evocara un compatriota tras visitarla en su residencia de
Brunoy: “Tengo todavía presente su alta e imponente figura,
aquella su gracia seductora y súbita simpatía que a las
primeras palabras inspiraba”.
Cuando
le llegó la muerte, estaba por cumplir 59 años de edad. En
el otro extremo de su existencia, el nacimiento había sido así
anunciado por su padre a Tomas Guido, el gran amigo: “Sepa
usted que desde anteayer soy padre de una infanta
mendocina”. La carta tiene por fecha la del 3 de agosto de
1816. También en este día se la cristianaba en la Matriz de
la capital cuyana, por mano del presbítero Lorenzo Guiraldes,
a la sazón vicario general castrense. La correspondiente acta
dice que fue bautizada y llamada “Mercedes Tomasa, de siete
días, española, legítima de señor Coronel Mayor General en
Jefe del Ejercito de los Andes y Gobernador Intendente de la
Provincia de Cuyo, don José de San Martín y la señora María
Remedios Escalada. Fueron padrinos: el sargento mayor don José
Antonio Alvarez Condarco y la señora doña Josefa Alvarez”.
El “anteayer” de la carta Guido y los “siete días” de
que habla el acta bautismal provocan duda acerca de la fecha
exacta del nacimiento de la hija unigénita del futuro
Libertador. Y no deja de llamar la atención lo de “española”,
tratándose de quien había nacido cincuenta días después de
declarada la independencia nacional. Quizá tal calificación
se debió a la fuerza de la costumbre.
Entre
dos travesías
Poco
más de cuatro meses de vida tiene Mercedes cuando su padre,
en enero de 1817, parte de Mendoza al frente del ejército
llamado a realizar el plan continental de liberación política.
Por los mismos días, Remedios y su hija viajan a Buenos
Aires. Seguramente, el alejamiento habrá producido en el
esposo y esposa un dolor como “cuando la uña se separa de
la carne”, según expresa el Poema del Cid. El cruce de la
cordillera fue la gran hazaña inicial. Chacabuco, la primera
victoria de San Martín en tierra chilena. Con tal motivo, el
5 de marzo de 1817, el director supremo de las Provincias
Unidas del Río de la Plata, Juan Martín de Pueyrredón -
sabedor de que no puede premiar al padre por sus triunfos pues
todo honor y recompensa los rechaza sistemáticamente- acuerda
a Mercedes una pensión vitalicia de 600 pesos anuales. Así
lo comunica a Remedios, tres días después, Juan Florencio
Terrada, encargado del Departamento de Guerra. Aquella, el 11
de marzo expresó por carta su agradecimiento a Pueyrredón y
agrega que desearía hacerlo personalmente, más que la priva
de ese gusto un “notorio quebranto de mi salud”. Cuando el
1821 la Junta de Representantes de Buenos Aires deje en
suspenso el pago de todas las pensiones graciables, exceptúa
expresamente de ello a Mercedes. Empero a partir del año
siguiente la niña no percibirá más la anualidad y, según
señala Mitre, a partir del cuarto trimestre de 1823, su
nombre ya no figurará más en la lista de pensionados.
Fue
este el segundo obsequio oficial recibido por Mercedes. El
primero, a poco de su nacimiento, le había sido hecho por el
gobierno de Mendoza: 200 cuadras en Los Barriales. Cuando San
Martín renunció en nombre de su hija a la donación,
sugiriendo que se destinase dichos terrenos para premiar a
oficiales militares que se distinguieran en el servicio a la
patria, el asesor fiscal dictaminó que los padres no podían
perjudicar a sus hijos menores en mérito a la patria potestad
ejercida sobre ellos.
Padre
e hija volvieron a estar juntos por dos veces. La primera fue
cuando el héroe tras su triunfo en Chacabuco, viajó a Buenos
Aires, ciudad a la que llegó a comienzos de abril de 1817 y
en la que permaneció hasta el 20 de ese mes. La segunda fue
en 1818, oportunidad en que el padre, madre e hija marcharon a
principios de julio a Mendoza desde la Capital, adonde había
arribado aquel el 11 de mayo, apenas corrido un mes de la
victoria de Maipú. Al agravarse el mal que aquejaba a su
esposa, el Libertador debió aceptar que ella y la niña
retornaran a Buenos Aires, lo cual hicieron en marzo de 1819.
Corren los días y los años. EL 2 de agosto de 1823, Remedios
muere en la ciudad porteña. El 4 de diciembre siguiente, tras
catorce días de viaje, llega el héroe y le rinde postrero y
público homenaje con la siguiente inscripción en su tumba:
“Aquí yace Remedios de Escalada, esposa y amiga del general
San Martín”. Hostilizado por muchos y en desacuerdo con su
suegra doña Tomasa, por la educación harto regalona que
recibía Mercedes, toma la tremenda decisión de hacer una
segunda travesía: la que lo llevará al ostracismo
definitivo, aunque el nunca lo concibió como tal. El 10 de
febrero de 1824, padre e hija se embarcan con rumbo a Europa,
en el navío francés “Le Bayonnais”.
Educación
de la hija
La
educación de Mercedes es idea fija, casi obsesiva, para su
padre. Acerca de como había encontrado a la niña al regresar
a Buenos Aires, hará en 1828 esta confidencia a Manuel de
Olazabal: “¡Que diablos!, la chicuela era muy voluntariosa
e insubordinada, ya se ve, como educada por la abuela”.
Mientras navegan, se muestra tan severo, (quizá para eliminar
prontamente la inconducta), que Merceditas “lo más del
viaje lo pasó arrestada en el camarote”.
Ya
en Europa e internada la hija en un colegio inglés, del que más
adelante pasará a otro sitio en el continente, el Libertador
dedica a su educación la mayor parte de los pocos bienes con
que cuenta por entonces. Pero no solamente el dinero, sino,
también, sus meditaciones. Si para los granaderos había
dictado un severo reglamento, un código con mucho de pedagogía
castrense, para mejor guiar, para mejor formar a Mercedes,
redacta en 1825 las celebres once máximas, esas que él tendrá
por objetivos y a cuya lectura recurrirá con frecuencia para
hacerlas realidad. A medida que el tiempo transcurra y vea
concretarse el éxito deseado, San Martín se referirá al
asunto una y otra vez. Así, escribirá a Guido: “Cada día
me felicito más de mi determinación de haber conducido mi
chiquilla a Europa y arrancada del lado de doña Tomasa; esta
amable señora, con el excesivo cariño que la tenía, me la
había resabiado, -como dicen los paisanos- en términos que
era un diablotín. La mutación que se ha operado es tan
marcada como la que ha experimentado en figura. El inglés y
el francés le son tan familiares como su propio idioma, y su
adelanto en el dibujo y la música son sorprendentes. Ud. me
dirá que un padre es un juez muy parcial para dar su opinión,
sin embargo mis observaciones son hechas con todo el
desprendimiento de un extraño, porque conozco que de un
juicio equivocado pende el mal éxito de su educación”.
Casamiento
de Mercedes
En
1831, San Martín y su hija residen a dos leguas y media de
París, en una casa de campo donde siempre hay preparada una
habitación para el recién llegado. Hasta allí,
providencialmente, desde Londres arriba en marzo el joven
Mariano Balcarce, hijo del vencedor de Suipacha. Allí día
siguiente, Mercedes enferma de cólera y poco después sucede
otro tanto con su padre. Los dos serán solícitamente
atendidos por el huésped, seguramente con más eficacia que
la que podría haber mostrado la única criada que allí
sirve. La joven se repondrá en un mes; su padre tendrá
complicaciones gástricas y necesitará mucho más tiempo.
El
ocasional encuentro provocó mutua simpatía entre los jóvenes
y derivó noviazgo. Con tal motivo, el 7 de diciembre de 183l,
el héroe así escribía a Dominga Buchardo de Balcarce, madre
de Mariano: “Antes del nacimiento de mi Mercedes, mis votos
eran porque fuese varón; contrariado en mis deseos, mis
esperanzas se dirigieron a que algún día se uniese a un
americano, hombre de bien, si posible, el que fuese hijo de un
militar que hubiese rendido servicios señalados a la
dependencia de nuestra patria”.
“Dios
ha escuchado mis votos, no sólo encontrando reunidas estas
cualidades en su virtuoso hijo don Mariano, sino también
coincidir en serlo de un amigo y compañero de armas. Sí como
espero este enlace es de aprobación de usted, sería para mí
la más completa satisfacción”. “La educación que
Mercedes ha recibido bajo mi vista, no ha tenido por objeto
formar de ella lo que se llama una dama de gran tono, pero sí
el de hacer una tierna madre y buena esposa; con esta base y
las recomendaciones que adornan a su hijo de usted, podemos
comprometernos en que estos jóvenes sean felices, que es lo
que aspiro”.
La
carta, además de permitirnos conocer el deseo sanmartiniano
de haber sido padre de un varón, constituye una prueba más
de la importancia y sentido concedidos por el héroe a la
educación de Mercedes.
La
boda se realizó el 13 de septiembre de 1832, siendo testigos
José Joaquín Pérez y el general Juan Manuel Iturregui,
ministro de Chile en Francia y agente diplomático del Perú,
respectivamente. Los esposos viajaron prontamente a Buenos
Aires, donde quedaron por dos años y nació María Mercedes,
su hija y la primera nieta del Libertador. La llegada del
matrimonio hizo que Guido escribiese a San Martín, el 27 de
marzo de 1833, lo siguiente: “Ya tenemos por acá a la
amable Mercedes. Desde el domingo está entre nosotros. Dos
veces he ido a verla y en ambas ha estado recogida porque la
navegación la ha desmedrado un poco”.
“Cuantos
la han visto y la han hablado notan la educación cuidada que
ha recibido y me dan de ella una idea bien honrosa. El joven
Balcarce me ha gustado mucho: desnudo de la secatura de carácter
de la familia, ha tomado los modales suaves y la
susceptibilidad necesaria de sus años. Basta solamente que no
los deje usted solos y que los venga pronto a acompañar”.
Ya estaban los esposos de regreso en Francia cuando advino al
mundo su segunda hija, Josefa, según anoticia el abuelo, por
carta de 1º de febrero de 1837, a su gran amigo Pedro Molina:
“La mendocina dio a luz una segunda niña muy robusta: aquí
me tiene usted con dos nietecitas cuyas gracias no dejan de
contribuir a hacerme más llevaderos mis viejos días”.
La
vida en el hogar
San
Martín y los Balcarce viven en Grand Bourg. Allí los visita
un hermano de Mariano, el joven Florencio, poeta residente en
Francia. En 1838, escribe así a otro hermano que está en
Buenos Aires: “Tengo el placer de ver la familia un domingo
si y otro no. El general goza a más no poder de esa vida
solitaria y tranquila que tanto ambiciona. Un día lo
encuentro haciendo las veces de armero y limpiando las
pistolas y escopetas que tiene; otro día es carpintero, y
siempre pasa así sus ratos, en ocupaciones que lo distraen de
otros pensamientos y lo hacen gozar de buena salud”. De su
cuñada expresa: “Mercedes se pasa la vida lidiando con las
chiquitas que están cada vez más traviesas”; y de éstas:
“Pepa entiende francés y español, aunque no habla aún”,
y de Merceditas dice “…el abuelo que no la ha visto un
segundo quieta”. La ancianidad Llega para el Libertador. Su
hija ha colmado todas sus esperanzas. Por eso, en 1844, cuando
testa, expresa así su recatado agradecimiento: “Aunque es
verdad que todos mis anhelos no han tenido otro objeto que el
bien de mi hija amada, debo confesar que la honrada conducta
de esta y el constante cariño y esmero que siempre me ha
manifestado han recompensado con usura todos mis esmeros,
haciendo mi vejez feliz”.
Los
últimos años
El
dolor sufrido por Mercedes al morir su padre, el 17 de agosto
de 1850, se renovará diez años después, al fallecer su
primogénita María Mercedes en plena juventud. La memoria del
héroe permanece viva en su hija y en Mariano Balcarce. Los
dos cumplirán celosamente las mandas testamentarias y no
escatimarán el archivo paterno a Mitre cuando éste se decide
a escribir con método científico la historia de la epopeya
libertadora. Radicados en Brunoy, una habitación se destinará
a conservar cuanto recuerda materialmente al gran padre y
abuelo. Y también allí, en el panteón familiar erigido en
el cementerio de Brunoy, permanecerán los restos del
Libertador mientras su hija viva. Mercedes sabe que su padre
ha expresado el deseo de que su corazón sea llevado a Buenos
Aires y no se opone a ello, pero no consentirá en separarse
de esos restos mientras Dios no la llame a su seno para poder
tributarle así homenaje del amor filial. Esto explica por qué
las veneradas cenizas no retornarán a la Argentina, a América,
hasta 1880.
Y
allí en Brunoy, en Francia, “la mendocina” concluirá su
existencia, y corrida una década, el 20 de febrero de 1885,
la seguirá su esposo. Los sobrevive Josefa Dominga, quien
contrajo matrimonio con Fernando Gutiérrez Estrada, vástago
de una familia mexicana. Ella fallecerá en 1924, sin dejar
descendencia.
El
13 de diciembre de 1951, los restos de Mercedes, de Mariano
Balcarce y de María Mercedes recibieron definitiva sepultura
en un monumento fúnebre especialmente construido en la basílica
de San Francisco, de la ciudad de Mendoza, la tierra donde
vino al mundo la hija del Libertador. Los despojos habían
llegado a Buenos Aires dos días antes, traídos desde Francia
a bordo del guardacostas “Pueyrredón”.
Máximas
redactadas por el General San Martín para su hija Mercedes
Tomasa:
1º.-
Humanizar el carácter y hacerlo sensible aún con los
insectos que nos perjudican. Stern ha dicho a una mosca abriéndole
la ventana para que saliese: “Anda, pobre Animal, el Mundo
es demasiado grande para nosotros dos”.
2º.-
Inspirarla amor a la verdad y odio a la mentira.
3º.-
Inspirarla gran Confianza y Amistad pero uniendo el respeto.
4º.-
Estimular en Mercedes la Caridad con los Pobres.
5º.-
Respeto sobre la propiedad ajena.
6º.-
Acostumbrarla a guardar un Secreto.
7º.-
Inspirarla sentimientos de indulgencia hacia todas las
Religiones.
8º.-
Dulzura con los Criados, Pobres y Viejos.
9º.-
Que hable poco y lo preciso.
l0º.-
Acostumbrarla a estar formal en la Mesa.
11º.-
Amor al Aseo y desprecio al Lujo.
12º-
Inspirarla amor por la Patria y por la Libertad.
Su
destierro
El
10 de febrero de 1824, el general San Martín le escribe a su
amigo y compadre, el coronel Brandsen: “Dentro de una hora
parto para Europa con el objeto de acompañar a mi hija para
ponerla en un colegio y regresaré a nuestra patria en todo el
presente año, o antes, si los soberanos de Europa intentan
disponer de nuestra suerte”.
Con
la mente puesta en su país y en el futuro de su pequeña
hija, partía espartanamente hacia la vieja Europa el hombre
que más laureles y glorias había prodigado a la tierra de su
nacimiento. Atrás quedaban los recelos, los odios y las
diatribas de los pequeños en méritos pero de grandes bocas
frente al coloso de la historia.
Cuando
San Martín comprendió, frente a Bolívar, que los dos no cabían
en América del Sur, y que el escenario y el fruto de sus
triunfos peligraban frente a posibles o seguras disensiones,
tuvo la abnegación y el mérito sublime de posponer sus
derechos y sus concepciones estratégicas y políticas para
que la única causa, que había abrazado y defendido con
eficacia y con gloria, no sufriera tropiezos. Su causa, como
lo dijera muchas veces, era “la causa de la libertad de América
y la dignidad del género humano”.
Había
regresado del Perú con la íntima convicción de que su “ínsula
cuyana” le depararía la tranquilidad y quietud a que
aspiraba; que podía colgar su sable legendario y
transformarse en un sereno observador del acontecer humano y
en un eficaz agricultor de la tierra que tanto amaba. Su obra
ya estaba en marcha y en vísperas de su eclosión definitiva.
Sus palabras proféticas, dichas al virrey La Serna en la
conferencia de Punchauca, estaban grabadas en su mente: “Sus
ejércitos se batirán con la bravura tradicional, pero serán
impotentes ante la determinación de millones de hombres a ser
independientes”. Bolívar y sus compañeros cerrarían
inevitablemente este capitulo que él había iniciado y, sin
duda alguna, ambicionado terminar. Mitre señaló con verdad y
con justicia: “Sin Chacabuco y sin Maupú no hubiesen tenido
lugar ni Boyacá, ni Carabobo, ni Ayacucho”.
No
era, pues, ese balance lo que turbaba la tranquilidad del héroe.
Su destino, que el había elegido, estaba echado. Lo que
torturaba su alma era la ingratitud, la perfidia y la traición
de quienes más le debían, de aquellos a quienes había
colmado de honores y abierto las puertas de la posteridad. No
volvía derrotado y disminuido en su prestigio, como no venía
tampoco huyendo de ningún fantasma ni de ningún
remordimiento, como echaron a rodar sus adversarios mediante
la cobardía del libelo anónimo o del pasquín irresponsable.
No era verdad que la sociedad porteña lo recibiera con
frialdad o con disgusto, como no es verdad que su familia política
le negara su apoyo o su adhesión, como se comprueba fácilmente
a través de numerosos testimonios.
Su
llegada a Mendoza, en enero de 1823, fue causa de afectuosos y
emotivos encuentros con sus antiguos camaradas y amigos. Su
chacra estaba lista para recibirlo y a ella se dirigió, antes
de proseguir su viaje a Buenos Aires y reintegrarse a su
familia. Allí experimentó los primeros sinsabores y
tropiezos al verse vigilado en sus movimientos, violada o
sustraída su correspondencia, rodeado, en fin, por los
sicarios al servicio del gobierno. En esas condiciones no pudo
continuar su viaje a la capital, pues se exponía a cualquier
ultraje o atropello en el camino.
El
3 de agosto de 1823 fallecía en Buenos Aires su esposa y
amiga Remedios de Escalada, sin que el Libertador pudiera
ofrecerle el aliento de su presencia y su postrera despedida.
El 20 de noviembre, San Martín inicia su viaje a la capital,
arribando, sin escolta ni aparato alguno, el día 4 de
diciembre. La calumnia volverá a ensañarse contra su persona
y Carlos María de Alvear lanzará un libelo atacando su
honradez y su entereza.
¿Qué
podía esperar el Libertador de un gobierno que cobijaba a los
envidiosos de su gloria, y que, a todas luces le rehuía y le
temía? Solo cabía expatriarse. Pedidos los pasaportes -y no
los sueldos que se le debían desde 1819- se ausentó hacia
Europa a bordo del barco francés “Le Bayonais”. Zarpó de
Buenos Aires el 10 de febrero de 1824, en compañía de su
pequeña hija Mercedes, rumbo al puerto de El Havre en
Francia. Dos meses más tarde, el 24 de abril, arribó la nave
a destino. La presencia de San Martín despertó sospechas y múltiples
consultas entre las autoridades francesas y las cancillerías
amigas de los Borbones. Sus papeles fueron incautados y
prolijamente revisados, pues sus antecedentes revolucionarios
y republicanos le hacían persona no grata al régimen
imperante. Sus documentos, que según los funcionarios estaban
impregnados de un republicanismo exaltado, le fueron devueltos
y el 4 de mayo San Martín se embarcó con su hija hacia
Southampton, estableciéndose provisionalmente en Inglaterra.
El
mencionado puerto ingles era a la sazón refugio de numerosos
exiliados políticos. Allí se encontró con su antiguo
camarada Mac Duff - Lord Fiffe- quien lo introdujo en la alta
sociedad, presentándolo como conquistador de las libertades
de América y émulo digno de Washington. Por esos días, se
celebró un banquete en conmemoración de la independencia
norteamericana, al que concurrió especialmente invitado. Se
encontró con antiguos amigos: García del Río, Paroissien y
Alvear, entre otros. A los postres, el primero ofreció una
demostración y San Martín, alzando la copa, brindó por su
amigo Bolívar y por la feliz culminación de la campaña.
Esta
actitud del prócer fue motivo para que Alvear reiniciara su
tarea difamatoria, informando al gobierno de Buenos Aires que
San Martín conspiraba con el general mejicano Agustín de
Iturbide, apoyando su lucha para imponer el sistema monárquico
en América. Circuló, por entonces unlibelo titulado “La
vida del general San Martín”, cuya autoría se atribuyó a
Alvear, como también una caricatura del Libertador que lo
mostraba con la corona del Perú escapándosele de las manos.
En cuanto a la entrevista con Iturbide –que este sí le pidió
por carta- nunca se supo si efectivamente se realizó, pues el
político mejicano regresó a su patria con el objeto de
derrocar al régimen del general Guadalupe Victoria, siendo
capturado y fusilado en Padilla.
Es
muy poco lo que se conoce de las actividades de San Martín en
Inglaterra. Se sabe, ciertamente, que permaneció allí desde
mayo hasta diciembre de 1824, viajando por distintas partes
del país, principalmente por el norte de Escocia donde, por
gestión de Lord Fiffe, fue distinguido con la ciudadanía
honoraria de Banff, principal localidad vecina a las heredades
del ilustre amigo inglés. Este episodio no debe sorprender si
tenemos en cuenta que Inglaterra recibió con gran beneplácito
a los próceres sudamericanos y que San Martín cultivaba
otras amistades con nobles ingleses que había conocido
durante las campañas contra la invasión napoleónica en España.
El
Libertador seguía aferrado a los problemas americanos. En
Londres intervino en las gestiones para adquirir dos fragatas
que reforzaran la armada peruana. La maledicencia le atribuyó
planes intervencionistas lo cual despertó la indignación de
Bolívar al creer, de buena fe, tamaños infundios. Tomás
Guido informará a la posteridad los acontecimientos vividos
en Lima con ese motivo.
San
Martín intentó radicarse en Francia, pero fueron
infructuosas las gestiones de su hermano Justo, que vivía en
París, para que el conde de Corbiere accediese a ello.
Resolvió, entonces, viajar a los Países Bajos. Obtenida su
admisión a ese reino, retiró a su hija de la pensión en que
la había confiado y, a fines de 1824, se estableció en una
casa del arrabal de la ciudad de Bruselas.
Bruselas
y La Haya eran las dos ciudades más importantes de los Países
Bajos y ambas se destacaban por la cultura y laboriosidad de
sus habitantes. La liberalidad de las costumbres, la sensación
de seguridad y lo barato de la vida, con respecto al resto de
Europa, las señalaban como las más indicadas para residir en
ellas. No en vano fueron refugio para numerosos extranjeros
que, por una u otra causa, debían exiliarse. San Martín
eligió Bruselas.
Desconocemos
como consiguió radicarse en ese país y que gestiones previas
realizó. José Pacífico Otero efectúo numerosas
investigaciones al respecto, con resultado negativo. En cuanto
a la casa que habitó, pudo establecerse que estaba ubicada en
Rue de la Fiancee Nº 1422. Se sabe que en el centro de la
ciudad, en una pensión inglesa, había alojado a su pequeña
Mercedes, que entonces tenía ocho años de edad.
En
cartas a Guido y a otros amigos, los temas dominantes de este
período son la política y la educación de su hija, contento
de esto último al notar sus notables progresos. Confiesa que
se considera en cierta medida feliz, aunque extraña
sobremanera su tierra y sobre todo Mendoza. Por su casa, con
tres habitaciones y un gran jardín, paga mil francos anuales,
suma que considera increíblemente barata. En ella hospedó,
durante un tiempo, a su antiguo subordinado y amigo, el
general Miller, y le proporcionó valiosos datos para
concretar su biografía. Esa era también la casa que ofreció
a Guido para “compartir un puchero”.
Las
vicisitudes económicas, no obstante, le agobiaban. Del Perú
se alejó con un modesto haber y sólo cuando se tuvo la
certeza de su viaje al exterior, se le adelantaron dos años
de la pensión votada por el Congreso. El gobierno de
Rivadavia, permitió que se fuese sin abonarle un peso de sus
sueldos atrasados. La caída de los valores en Londres; la
quiebra de la casa en la que su amigo Alvarez Condarco había
depositado parte de sus ahorros; la depreciación del cambio;
la falta de rentas sobre algunas propiedades -excepto la casa
de Buenos Aires; todo, en fin, configuraba un panorama nada
halagüeño. No debe extrañar esto, por cuanto para San Martín
el vil metal no es un fin, sino un medio. El desinterés
constituía, para el, una virtud dinámica y primordial.
En
1830 el pueblo belga se levantó contra la opresión holandesa
y ofreció a San Martín, según una versión repetida, la
conducción del movimiento revolucionario. El Libertador rehusó
la propuesta, indicando que se hiciera cargo de esa tarea un
hijo del país. Atento a las convulsiones sociales que
sobrevinieron, San Martín decidió llevar a su hija a un
colegio de París y luego, debido a una epidemia de cólera
que asoló Bruselas y solucionados los anteriores problemas de
residencia en Francia, resolvió trasladarse a París, previo
paso temporario en la ciudad termal de Aix-en- Provence.
El
hombre que, lejos de la patria, la extrañaba y la seguía
sirviendo con denuedo; el hombre que no había querido ser el
verdugo de sus conciudadanos, diciéndole a Lavalle, después
de rehusar el mando que le había ofrecido en 1829: “… en
la situación en que Ud. se halla, una sola víctima que pueda
economizar a su país, le servirá de consuelo inalterable,
sea cual fuere el resultado de la contienda en que se halle
usted empeñado, porque esta satisfacción no depende de los
demás sino de uno mismo”; ese hombre de excepción, que
para gloria de los siglos se llamó José de San Martín.
Continuaba su peregrinación, esta vez en Francia.
Gran
Bourg
Es
posible que hacia 1828 -no hay certeza informativa- San Martín
se encontrara en París o en Bruselas, con el noble español
Alejandro Aguado y Ramírez, marqués de las Marismas del
Guadalquivir, antiguo compañero de armas, que en 1808 había
sentado plaza en el Regimiento de Campo Mayor, en el que el
argentino ya se distinguía por sus relevantes méritos; fue
entonces que trabaron amistad. Aguado era, veinte años después,
un acaudalado banquero. Había sido hombre de consejo económico
para Fernando VII y para el mismo rey francés, que le
otorgara la Cruz de la Legión de Honor. Radicado en Francia,
alejado del mundo de los negocios y convertido en mecenas artístico,
administraba sus cuantiosos bienes y se desempeñaba como
intendente de la comuna de Evry, en la que estaba comprendido
el predio de Grand Bourg. Residía en el castillo Petit-Bourg,
a 25 kilómetros de París.
Cuando
en 1830 San Martín abandonó Bruselas y se trasladó a París,
su situación económica era harto difícil, pues solo subsistía
gracias a las rentas exiguas de su finca mendocina y de una
casa porteña, puesto que la estimable pensión que le
asignara por decreto el gobierno peruano había dejado de pagársele.
Los gobiernos de Chile y de Argentina tampoco lo ayudaban en
el exilio. Y, en fin, la devaluación de la moneda lo había
llevado a una situación afligente. Su intención de radicarse
en Mendoza se había frustrado en su viaje al Plata en
1828-1829, al hallarse frente a un país convulsionado por la
guerra civil. Precisamente, al retornar a Francia se produjo
entonces, ahora en 1830, el reencuentro con Aguado, que fue
providencial, pues acudió con ayuda económica a su amigo:
“Me puso a cubierto de la indigencia. A él debo, no solo mi
existencia, sino el no haber muerto en un hospital”, escribe
en una carta. Gracias, al parecer, a aquel auxilio, y con
alguna base propia, es que el héroe pudo adquirir una finca
en la localidad de Grand Bourg, el 25 de abril de 1834. Un año
después, compró también una casa en París, sita en la Rue
Nueve Saint- Georges, cerca de la residencia del célebre
Thiers.
Pasaba
en la capital temporadas muy breves; la mayor parte del año
permanecía en su finca de campo, junto al Sena, vecino de
Aguado, a quien visitaba con frecuencia. Grand-Bourg, se
hallaba a 7 km de París. Su extensión era de escasas 70 áreas.
La casa tenía un piso bajo y dos altos: en la planta baja se
encontraban el salón, el comedor y la cocina; el primer piso
tenia cinco habitaciones y tres el segundo. Su techo era de
pizarra. El nuevo habitante introdujo algunos cambios
edilicios. La sede actual del Instituto Nacional Sanmartiniano
de Buenos Aires es una réplica, con leve modificación de
escala, de la residencia francesa. La casa estaba rodeada de
un vasto parque: una huerta con árboles frutales, un jardín,
un invernáculo y algunas dependencias en ese terreno
circundante. El Libertador se entretenía en el cuidado del
jardín y algo de la huerta. Casada Merceditas con Mariano
Balcarce, en 1832, fueron a vivir a Grand- Bourg y allí
crecieron las dos nietecitas: Mercedes, nacida en Buenos
Aires, y Josefa, en aquella casa de campo, en 1836. Allí lo
visitaba, dominicalmente, Florencio Balcarce, hermano de
Mariano, el autor de “El cigarro”, poema escrito en Grand
Bourg, en el que reflexiona sobre lo efímero de la gloria
humana.
A
San Martín le placía la vida reposada y aislada que el lugar
le permitía. Sus jornadas eran ordenadas y apacibles. Allí
pasaba de 8 a 9 meses del año, con salidas a sitios mas cálidos
durante el invierno. Sus cartas registran su gusto por esa
sosegada existencia. Se levantaba con el alba, preparaba su
desayuno, consistente en te o café, que tomaba en un mate con
bombilla. Luego pasaba a sus tareas habituales: el picado de
tabaco, que fumaba en pipa y, a veces, en chala; el trapicheo,
como llamaba a la tarea de limpiar y lustrar su colección de
armas; la realización de pequeñas obras de carpintería, a
la que era afecto; o, bien, iluminaba litografías, como
entonces se decía al colorear de estampas, particularmente de
barcos, paisajes marinos y escenas campestres; algunas de
estas piezas han llegado hasta nosotros. El mismo cosía sus
ropas, según el hábito adquirido en el ejército, que no
quería abandonar pese a los reclamos de su hija. Tenía un
perrito de aguas, un “choco”, traído de Guayaquil, al que
adiestraba en pruebas de obediencia. Hacía paseos a caballo
por las inmediaciones. De regreso, descansaba en una vieja
poltrona, donde tomaba mate, fumaba y leía. La lectura fue la
más sostenida de sus distracciones. Lo hacía en inglés,
italiano y, naturalmente, francés. Era amigo de leer periódicos
particularmente americanos. En 1848, el agravamiento de sus
cataratas lo limitó en ello. Su librería personal aún se
conserva en nuestra Biblioteca Nacional. Dormía en una simple
cama de hierro, comía asado, de preferencia, y bebía vino
con sobriedad.
Parte
considerable de su tiempo lo destinaba a ordenar los papeles y
documentos de su archivo personal. Había planeado escribir
sus memorias, que esperaba se dieran a publicidad después de
muerto. No avanzó en esta tarea; solo alcanzó a trazar una
cronología de los hechos que protagonizó, desde 1813 a 1832,
acompañada con documentos probatorios. Quizá, les agrego
algunas notas y glosas a dichos papeles, pero, es de lamentar,
no compuso finalmente sus Memorias.
Cultivó
un activo dialogo epistolar desde su retiro de Grand-Bourg. Es
abundante y reveladora su correspondencia con los amigos
distantes, a los que confía sus opiniones siempre francas y
definidas, sobre la evolución política de los pueblos
americanos o de Europa, y se franquea sobre rasgos de su salud
o sobre la intimidad familiar. Varios de sus corresponsales
-v.g. los chilenos Joaquín Prieto, Manuel Antonio Pinto o
Joaquín Tocornal- le encomendaban sus hijos de viaje por
Europa, que visitaban al varón venerable con el respeto
inculcado por sus padres. De los prohombres americanos, quien
le arrancó epístolas mas fraternales fue Bernardo
O’Higgins. Y las más duras y contundentes las provocaron
Manuel Moreno (diplomático argentino destacado en Londres,
hermano de Mariano Moreno), quien, aviesamente, animó el
rumor de que el general planeaba proyectos monárquicos para
América; y el peruano Riva Agüero, “despreciable
persona”. También respondía las cartas de historiadores y
publicistas que requerían su información sobre cuestiones en
las que había sido ejecutor principal. Así, las epístolas a
Gastón Lafond de Lurcy, quien componía sus “Viajes
alrededor del mundo”, en uno de cuyos tomos insertó la
polemizada carta en la que se revelaría la situación de la
entrevista de Guayaquil. O, de igual manera, a Guillermo
Miller, que había servido a sus órdenes y redactaba por
entonces sus Memorias, para las que obtuvo noticias de primera
mano y el último retrato de San Martín en Grand- Bourg.
Miller lo invitaba a un vasto viaje a Oriente -Constantinopla,
Irán, Jerusalén… Nueva York-, casi una vuelta al mundo,
pero no cuajó el proyecto amical. San Martín hizo viajes
europeos en los meses de invierno, pues el de París le
resultaba nocivo a sus ataques nerviosos que a veces lo
aquejaban.
En
1841 hizo una excursión a Bretaña y a la región de la
Vandee. Al año siguiente, al Havre, la Baja Normandía y el
Mediodía de Francia. En 1845 visitó Florencia, luego Nápoles,
donde permaneció hasta enero del año inmediato; se desplazó
a Génova y a Roma, regresando a su finca en febrero. En 1847
hizo un viaje a los Pirineos Orientales, visitó Port-Vendres
y Colliure, retornando a Grand-Bourg, para no emprender ningún
otro viaje de estación. El año 1842 fue doblemente luctuoso
para San Martín: murió O’Higgins, en su destierro peruano
y murió Aguado, en viaje por España, nombrándolo albacea
testamentario y tutor de sus hijos y dejándole, como legado,
sus joyas y medallas. El prócer cumplió cabalmente su tarea
de albacea y curador, concluida en 1845.
Una
satisfacción vino a morigerar el dolor por la muerte de sus
amigos: el gobierno de Chile, presidido por don Manuel Bulnes,
reconoce los méritos del Libertador, considerándolo en
servicio activo hasta el fin de sus días e invitándolo a
residir en aquel país. Un año antes de 1842, Sarmiento, con
su artículo sobre la Batalla de Chacabuco, publicado en “El
Mercurio” de Valparaíso, había reavivado la conciencia
chilena de gratitud. En 1838, al enterarse del bloqueo francés
a Buenos Aires, escribió a Rosas ofreciendo sus servicios en
defensa de nuestra soberanía. Cambiará varias cartas con el
Gobernador de Buenos Aires hasta 1850. En una de ellas, el
mismo le informa que se lo ha designado ministro
plenipotenciario frente al gobierno del Perú, pero San Martín
rechaza el honor y ofrece sus gestiones en otros terrenos, en
favor del suelo patrio. Y lo hará en un par de epístolas con
sensatas y oportunas consideraciones que llamarán a la
reflexión a los gobiernos de Inglaterra y Francia. La primera
es la respuesta a Jorge Federico Dickson, representante del
alto comercio de Londres, que fue difundida por la prensa
inglesa. La segunda, dirigida al ministro francés Bineau, fue
leída en el Parlamento por Mr. Bouther. Ambas surtieron
poderoso efecto. La ultima decía: “establecido y
propietario en Francia veinte años ha y contando acabar aquí
mis días las simpatías de mi corazón se hallan divididas
entre mi país natal y la Francia, mi segunda patria”.
Sarmiento en una conferencia de 1847 en el Instituto Histórico
de Francia, dijo que todos los americanos de paso por ese país
concurrían a un punto: “Grand-Bourg se llama el lugar de
esta romería” (…) El monumento que los americanos
solicitan ver allí es un anciano de elevada estatura,
facciones prominentes y caracterizadas, mirar penetrante y
vivo, en despecho de los años, y maneras francas y amables.
La residencia del general San Martín en Grand-Bourg es un
acto solemne de la historia de América del Sur, la continuación
de un sacrificio que principió en 1822 y que se perpetúa aún,
como aquellos votos con que los caballeros o los ascéticos de
otros tiempos ligaban toda su existencia al cumplimiento de un
deber penoso”. Señalaba así el largo ostracismo del héroe
y el desfile incesante de personalidades que acudían a su
retiro campestre a conocerlo. Entre ellos, cabe destacar a
tres argentinos ilustres: Juan Bautista Alberdi, quien en
1843, tras conocerlo en París, en casa de los Guerrico, acudió
a Grand-Bourg y pasó una velada allí. Al año siguiente, lo
hizo Florencio Varela; y en el verano de 1846, el mismo
Sarmiento, quien dialogó extensamente con el Libertador en el
petit cottage. Todos ellos han dejado páginas evocativas de
aquellos encuentros dignas de relectura y que registran, con
diversidad de ópticas, ricas y diferentes impresiones sobre
la figura prócera y los temas de la conversación. A medida
que los años pasaban y no podía San Martín quebrar su
exilio, regresando a su patria querida, se afirmaba en sí
“el sentimiento doloroso de no poder dejar mis huesos en la
patria que me vio nacer”. Su anhelo, nunca amortecido, de
retornar al Plata, reflotaba recurrentemente, pero siempre se
lo impedían las circunstancias políticas mal barajadas.
En
1844, redacta y firma en París su testamento ológrafo.
Cuatro años después, ante el clima revolucionario creciente
en Francia, abandona Grand- Bourg y París, y se instalará en
Boulogne-sur-Mer. A mediados de 1849 venderá su querida finca
de Evry, junto al Sena, que le dio sereno cobijo desde 1834
hasta 1848, casi tres lustros de apacible vida retirada, con
el cálido entorno familiar de los suyos.
Allí,
en Grand-Bourg, cultivó las tres dimensiones del diálogo
humano: el hablar con los muertos, que era la lectura de su
selecta biblioteca; el hablar con los vivos, los distantes,
mediante las epístolas, y los cercanos, con sus visitas; y,
finalmente, el hablar consigo mismo, la meditación, de la que
extrajo luz de desengaño y verdad para iluminar su estoico
ostracismo.
Boulogne-Sur-Mer
A
comienzos de 1848, San Martín y su familia se hallaban en su
casa de la Rue Saint Georges 35, en París. En el mes de
febrero se desató el movimiento revolucionario que instauró
la Segunda República, entre graves desbordes populares y
sangrientas luchas callejeras. Lo tumultuoso de los
acontecimientos y lo confuso de la situación instaron al
Libertador a alejarse de aquel foco conflictivo y radicarse,
temporalmente, en sitio más retirado y apacible. Lo decía en
carta a Juan Manuel de Rosas, del 2 de noviembre de ese año:
“Para evitar que mi familia volviese a presenciar las trágicas
escenas que desde la revolución de febrero se han sucedido en
París y ver si el gobierno que va a establecerse según la
nueva constitución de este país ofrece algunas garantías de
orden para regresar a mi retiro campestre (Grand Bourg) y, en
el caso contrario, es decir, el de una guerra civil -que es lo
más probable- pasar a Inglaterra y desde ese punto tomar algún
partido definitivo”.
Elige,
pues, para esta etapa transitoria - que será la final- la
ciudad de Boulogne Sur-Mer, en el departamento Paso de Caláis,
en la costa norte francesa sobre el canal de la Mancha. San
Martín se trasladó hacia allí el 16 de marzo de 1848.
“Este puerto, que agrada mucho a mi padre…”, escribía
Balcarce a Alberdi. En efecto, la ciudad le era grata al
general por ser marítima, según las razones aducidas en su
carta, y porque el ferrocarril les aseguraba fácil acceso a
París, tanto para las ocupaciones propias de Balcarce como,
quizás, para las consultas médicas, cada vez mas frecuentes,
de San Martín.
La
familia se instaló en los altos de la casa situada en la
Grand Rue 105, propiedad del abogado Alfred Gerard, director
de la Biblioteca Pública de la ciudad, quien ocupaba la
planta baja del edificio. Hasta aquel sosegado retiro le
llegaron a San Martín las insistentes invitaciones de tres
gobernantes de países americanos para que se trasladara a las
patrias que había ayudado a fundar: Argentina, Chile y Perú.
La decisión de vender su dilecta residencia de Grand
Bourg,concretada el 14 de agosto de 1849, parecía confirmar
su decisión de alejarse de la convulsionada Francia.
Solamente rescató los muebles y pertenencias de su
dormitorio, que trasladó a su habitación de
Boulogne-sur-Mer, y que hoy se hallan resguardados en una sala
de nuestro Museo Histórico Nacional, respetando la distribución
que tuvieron en los altos de Gerard. Estos muebles revelan la
sobriedad de ambientes en que desarrollaba su vida cotidiana,
pautada por hábitos estoicos.
En
Boulogne-sur-Mer se agudiza el mal de cataratas en ambos ojos,
que empezó a presentarse en 1845 y que había de limitarlo
sensiblemente provocándole una acentuada desazón. La ceguera
gradual le impidió el goce de la lectura, a la que era tan
afecto, y la redacción de sus cartas, de lo que se lamenta en
reiteradas ocasiones. También lo obligó a una mayor reclusión
y a espaciar sus paseos vespertinos con sus nietas Mercedes y
Josefa, por las que tenía entrañable cariño y quienes a
veces le servían de lazarillo. El mismo había dicho, veinte
años antes, en una carta al general Miller, en la que se
quejaba de su incomodo reumatismo: “en casa vieja todas son
goteras”, valiéndose de un refrán de los que acostumbraba
incluir en su correspondencia y en su charla informal. A los
males padecidos por años, otros siguen desgastando su
trajinado organismo. “Me resta la esperanza de recuperar mi
vista el próximo verano, en que pienso hacerme la operación
a los ojos. Si los resultados no corresponden a mis
esperanzas, aún me resta el cuerpo de reservas (en evidente
alusión castrense), la resignación y los cuidados y esmeros
de mi familia”. La anhelada intervención quirúrgica,
efectuada en la primavera del año siguiente, apenas si le
restituyó algo de su vista. Ese mismo año tuvo un nuevo
ataque de cólera y recrudeció su gastritis crónica -que
tanto le afecto en sus campanas militares- con vómitos de
sangre y punzantes dolores. También se agravó su úlcera. A
fines de la primavera de 1850 se trasladó, para atenuar sus
dolencias, a los baños termales de aguas sulfurosas de
Enghien, cerca de París. Permaneció allí hasta el mes de
julio, recuperándose parcialmente. Su hija y yerno intentaron
disuadirlo de regresar a Boulogne-sur-Mer, considerando la
humedad de su clima, pero fue en vano. Escribe Mariano
Balcarce: “no pudo, por el mal tiempo, hacer el ejercicio
que le era necesario; perdió el apetito y fue postrándose
gradualmente. Aunque sus padecimientos destruían sus fuerzas
físicas y su constitución, que había sido tan robusta,
respetaban su inteligencia. Conservó hasta el último
instante la lucidez de su ánimo y la energía moral de que
estaba dotado en alto grado”.
El
día 6 de agosto salió a dar un paseo en carruaje - ya que le
era imposible hacerlo a pie – y volvió tan extenuado que
debió ser auxiliado para descender del coche y subir las
escaleras hasta su dormitorio. El día 13, por la noche, fue
atacado por agudos dolores de estomago y debió recurrir a una
fuerte dosis de opio para amenguarlos. Como única manifestación
frente al padecimiento, dijo a su hija, que lo asistía con la
ternura de siempre: “C’est l’orage qui mene au port!”
(“Es la tempestad que lleva al puerto”). Doble delicadeza
del padre que se vale del francés y de una metáfora para
expresar su sensación del inminente fin y no agravar el dolor
de su hija.
Al
día siguiente amaneció amortecido, pero, en medio de una
fiebre alta, se recuperó. En la mañana del 17 de agosto, se
mostró con aparente mejoría y pidió pasar a la habitación
de su hija y escuchar la lectura de los periódicos.
El
doctor Jardón, que lo atendía, lo visitó y aconsejó la
asistencia de una hermana de caridad para secundar a Mercedes
en la atención que el enfermo requería. Hacia las dos de la
tarde rodeando su lecho su hija, su yerno, las niñas y
Francisco Javier Rosales, encargado de la representación de
Chile en Francia- se produjo una nueva crisis de gastralgia y
fue recostado en el lecho de su hija: “Mercedes, esta es la
fatiga de la muerte…”. Sus últimas palabras fueron para
pedir a Mariano que lo condujera a su habitación. A las tres
de la tarde expiró.
Registrado
oficialmente el deceso, se embalsamó el cadáver y el día
20, poco después de las seis de la mañana, salió de la casa
de Gerard un reducido cortejo que se detuvo, para un responso,
en la iglesia de San Nicolás. Después, la triste procesión
continuó hacia la catedral de Nuestra Señora de Boulogne
donde, gracias a los buenos oficios del abate Haffreigue, sus
restos fueron depositados en la cripta catedralicia. Allí
reposarían hasta su traslado, en 1861, al panteón familiar
en el cementerio de Brunoy.
Tres
testimonios directos nos ofrecen sus impresiones sobre los
penosos días del Libertador en Boulogne-sur-Mer: las cartas
de su yerno y los artículos necrológicos de Félix Frías y
de Albert Gerard.
Frías
lo encontró durante su ultimo viaje a los baños termales:
“en algunas conversaciones que tuve con él en Enghien…
pude notar un mes antes de su muerte, que su inteligencia
superior no había declinado. Vi en ella el buen sentido, que
es para mi el signo inequívoco de una cabeza bien
organizada.” Conversó con San Martín sobre Tucumán,
Rivadavia, los años de su Tebaida cuyana, el estado actual de
Francia y las cualidades de los franceses. “Su memoria
conservaba frescos y animados recuerdos de los hombres y de
los sucesos de su época brillante. Su lenguaje era de tono
firme y militar, cual el de un hombre de convicciones
meditadas. Pero, hacía algún tiempo que el general
consideraba próxima su muerte, y esta triste persuasión abatía
su ánimo, ordinariamente melancólico y amigo del silencio y
del aislamiento… Su razón, sin embargo, se ha mantenido
entera hasta el último momento”. Frías arribó a la casa
de San Martín pocas horas después de su muerte: “En la mañana
del 18 tuve la dolorosa satisfacción de contemplar los restos
inanimados de este hombre, cuya vida está escrita en páginas
tan brillantes de la historia americana. Su rostro conservaba
los rasgos pronunciados de su carácter severo y respetable.
Un crucifijo estaba colocado sobre su pecho y otro entre dos
velas que ardían al lado de su lecho de muerte. Dos hermanas
de caridad rezaban por el descanso del alma que abrigó aquel
cadáver”.
Gerard
publicó su artículo en “L’Impartial” de
Boulogne-sur-Mer y en él decía de su huésped: “El señor
San Martín era un lindo anciano de elevada estatura, que ni
la edad, ni la fatiga, ni los dolores físicos habían podido
doblegar. Sus rasgos fisonómicos eran muy expresivos y simpáticos,
su mirada viva y penetrante, sus modales llenos de
amabilidad… Su conversación, fácil y jovial, era una de
las más atractivas que he escuchado”.
Las
más significativas cartas de San Martín, en sus dos últimos
años, fueron las dirigidas a Juan Manuel de Rosas y al
mariscal Ramón Castilla, presidente del Perú. Es común, en
ambas correspondencias, el espacio que destina al análisis de
la situación política de Francia en el marco europeo –más
explayado en las dirigidas al presidente peruano- de
apreciable densidad y nitidez conceptual, que ratifican su
lucidez mental pese al deterioro físico. También es común
su gratitud para con las gestiones y ofrecimientos que le
hacen los dos mandatarios.
La
carta del 11 de noviembre de 1848, dirigida a Castilla,
contiene una apretada pero relevante “autobiografía” que
merece una detenida relectura y que cierra así: “A la edad
avanzada de setenta y un años, una salud enteramente
arruinada y casi ciego, con la enfermedad de cataratas,
esperaba, aunque contra todos mis deseos, terminar en este país
una vida achacosa; pero los sucesos ocurridos, desde febrero,
han puesto en problemas dónde iré a dejar mis huesos”. Sería
ocioso destacar la elocuencia lacónica de estas palabras y el
drama que representan. Cuando se le presentaban propuestas
para volver a alguna de las tres patrias que libertara, que lo
esperanzaban, no pudo emprender el retorno al seno americano
porque la muerte lo libró de todos sus afanes.
Una
comisión de argentinos, en París, promovió y concretó, en
1909, la erección de una estatua ecuestre del Gran Capitán
en Boulogne-sur-Mer, obra del escultor francés Henri
Allouard. En el acto inaugural destacó la memorable pieza
oratoria de Belisario Roldán: “Padre nuestro que estas en
el bronce…!”
En
carta a Balcarce, el señor Gerard había escrito: “Nos
envanecía la posesión de un hombre de esa edad y un carácter
tan grande bajo este techo que nos abriga. Esta casa estaba
santificada a nuestros ojos. El gobierno argentino, en 1926,
adquirió la casa que fuera hogar postrero del Libertador”.
La
iconografía ha fijado para siempre algunas instancias de
aquella etapa de Boulogne-sur- Mer. La única fotografía del
anciano, en esos años, es el daguerrotipo parisino de 1848.
Sobre él trabajó su aguafuerte Edmond Castan, difundiendo la
imagen del gran viejo de cabeza blanca, algo ennegrecido todavía
el bigote y las cejas,erguido en su asiento.
El
retrato de Christiano Junior (c.1870) lo muestra con similar
atuendo al del daguerrotipo. Hacia 1871, el italiano
Epaminondas Chiama pintó a San Martín anciano luciendo traje
militar. María Obligado de Soto y Calvo nos presentó un
“San Martín en su lecho de muerte”. Otra visión
magnifica es la conocida de Antonio Alise, “San Martín en
Boulogne-sur- Mer”, de pie sobre una roca, mirando el
horizonte que clarea sobre el mar de la Mancha, en tanto el
viento se engolfa en su capa negra. Simbólica es también
“La visión de San Martín” de Luis de Servi, cuadro en el
cual el anciano se ve rodeado por una nube que encierra
esfumadas escenas de los momentos decisivos de su esforzada
vida, como una objetivación de recuerdos que rondan y acompañan
al olvidado en su ostracismo.
Sus
enfermedades
En
su larga vida, el general San Martín sufrió traumatismos y
enfermedades. Con la aplicación correcta del método clínico
se puede afirmar con bastante seguridad la patología que
padeció.
Heridas
Fue
herido en la mano y en el pecho cuando fue asaltado por
bandoleros en la localidad de Cubo. En la batalla de Albuera,
la última en que participo San Martín en Europa, tuvo un
enfrentamiento, cuerpo a cuerpo, con un oficial francés. Fue
herido en el brazo izquierdo: se supone que cubrió la
estocada con ese miembro y con su espada atravesó a su
oponente ante la vista de los soldados presentes. En San
Lorenzo fue herido en la cara: le quedó una cicatriz
indeleble. En el vuelco que sufrió en Falmouth, un vidrio lo
hirió en brazo izquierdo, lesión que demoró mucho en
curarse. Ninguna de sus heridas tuvo repercusión ulterior
para su salud.
Contusiones
En
San Lorenzo sufrió el aplastamiento de una pierna y la
contusión de un hombro, que se deduce fue el izquierdo.
Procesos
infecciosos
Cuando
San Martín desembarcó en el Perú y el ejército se instaló
en el valle de Huaura, la tropa fue afectada por una violenta
epidemia de paludismo y, en menor grado, de disentería. San
Martín no fue afectado por esta epidemia, pero tuvo vómito
de sangre. El Dr. Christmann sostiene, acertadamente, que el
episodio era una reactivación de su mal crónico, la úlcera.
El prócer, acorralado por las dramáticas circunstancias que
adquiría la guerra, hizo reposo de siete días, lapso exiguo
para superar un episodio de tanta gravedad. Después de su
renuncia al poder, en Perú, y llegado Chile le afectó el
reumatismo y concurrió tomar baños termales. Además
contrajo chavalongo, nombre vulgar de la fiebre tifoidea: el
cuadro clínico que presentó fue similar al que habitualmente
nos era familiar en época preantibiótica.
En
1832 una grave epidemia de cólera asoló Europa, incluyendo a
Francia. San Martín y su hija no escaparon al flagelo. En
meduloso estudio el Dr. Christmann sostiene que no se trató
del cólera epidémico, que es gravísimo, sino del cólera
morbus-nostras esporádico, cuyo cuadro patológico es un
proceso toxico- infeccioso con gran repercusión general y, en
la parte digestiva, manifestado por una gastroenteritis con
diarrea. En la época de su padecimiento no se conocía la
bacteriología (el vibrión colérico y el bacilo de la
tuberculosis fueron descubiertos por Robert Koch en 1892). El
agente etiológico pudo haber sido algún otro germen: este es
el enigma que no puede ser dilucidado. Lo único elocuente es
el testimonio de San Martín con su referencia: “Me atacó
del modo más terrible, que me tuvo al borde del sepulcro y me
ha hecho sufrir inexplicables padecimientos”.
Afecciones
respiratorias
a)
Asma: sin ninguna duda San Martín padeció esta enfermedad.
Se inició en España en 1808 y el proceso fue diversamente
interpretado pues, por la intensidad que adquirió, se vio
obligado a pedir licencia. No guardó el debido reposo y
durante seis meses cumplió tareas administrativas. Cuando se
repuso, comunicó la mejoría al marqués de Coupigny y
solicitó reintegrarse al ejército que comandaba el general
Castaños, consignando que “la respiración ya me permite
viajar”.
La
frase empleada significa que el prócer tenía dificultad
respiratoria y las vías bronquiales se habían estrechado: el
proceso que padeció fue asma. El primer acceso, ya regresado
a su patria, lo tuvo en Tucumán cuando era jefe del Ejército
del Norte. El episodio fue coetáneo con el primer vómito de
sangre. A principios del siglo XIX no se tenía la menor noción
de la etiopatogenia y la fisiopatología y, por supuesto, la
terapéutica era nula, pero la entidad asma se conocía y el
diagnóstico era fácil.
El
asma que padeció el general San Martín debe encuadrarse en
la variedad de la exoalergénica, pues se inició a los 30 años,
y soportó accesos importantes que lo obligaron en ciertas
oportunidades - estando en Mendoza- a pasar toda la noche
sentado en una silla para poder respirar. En Europa sus
accesos se fueron espaciando y tuvo largas temporadas en que
se vio libre de ellos. A pesar de tener que soportar grandes
cambios climáticos y fríos intensos, por su oficio guerrero,
nunca contrajo la bronquitis.
Otro
dato confirma la presunción de asma exoalergénica. Es una
noción clínica importante que el asma intrínseca y la
tuberculosis se agravan a orillas del mar. En 1834 San Martín
fue a Dieppe a tomar baños y en la carta que dirigió a Guido
le expresaba: “me han hecho el mayor bien”.
b)
Tuberculosis: se pensó que San Martín padeció de
tuberculosis pulmonar. El diagnóstico se basó en sus
reiteradas enfermedades al pecho y sus vómitos de sangre, que
se juzgaron como hemoptisis. El primer episodio ocurrió en
España, en 1808, y con una repetición ulterior cuando estuvo
en Tucumán. La hipótesis fue robustecida por el hecho de que
efectuó una cura climática en Córdoba. A esto se agregó la
tuberculosis pulmonar que padeció su mujer, según algunos,
adquirida por contagio de su marido.
La
conclusión que San Martín estuvo afectado de tuberculosis es
errónea: juicios sensatos y la documentación existente así
lo prueban. Cuando San Martín padeció desde 1808 el asma,
tuvo una larga convalecencia que despertó la sospecha de una
bacilosis. La suposición de una tuberculosis queda
descartada, pues cuando pidió la baja del ejército se deja
constancia que tiene una fuerte complexión y una salud
robusta. Por otra parte, la carta que el cirujano del ejército
Dr. Juan Isidro Zapata dirigió a Tomás Guido el 16 de julio
de 1817, es terminante para reafirmar dos conceptos: el
general San Martín antepuso el deber y su patria a su propia
existencia y sus enfermedades y, segundo, que fue decisiva la
influencia del sistema nervioso en la renuencia y agravación
de sus males. Desde el punto de vista semiológico, no
establece de dónde provenía el “hematíe”, nombre que en
la época se daba a la sangre azul expulsada por la boca. El
texto no discrimina si se trataba de una hemoptisis o una
hematemesis, en que la sangre proviene del pulmón o del estómago,
respectivamente. Para que fuera una hemoptisis le falta un
cortejo sintomatológico característico que no se halla en la
descripción de Zapata. En la hematemesis, la iniciación y la
terminación de la hemorragia son bruscas: en esta condición
encuadra la pérdida de sangre del general San Martín.
Mitre
y Rojas emitieron este juicio: padeciendo una tuberculosis,
enfermedad astenizante, crónica a rebrotes evolutivos que
llevan a la caquexia, San Martín no habría podido soportar
los intensos fríos y escalar altas montañas. En los diez años
de su trajinada vida militar, aún enfermo, no descansó un
solo día (Rojas), y Ruiz Moreno agregó: “no existe
documento que consigne que tuvo fiebre, tos y expectoración”.
Por todo ello, la tuberculosis pulmonar debe descartarse.
Reumatismo
Es
indiscutible que San Martín tuvo numerosos ataques reumáticos:
se calculan unos diez o doce los sufridos durante su vida. El
Dr. Aníbal Ruiz Moreno ha realizado al respecto un exhaustivo
trabajo. Por su autoridad y el acierto de sus consideraciones,
resumimos sus conclusiones: se sabe que el día de la Batalla
de Chacabuco el general San Martín estaba aquejado de un
ataque reumático-nervioso que apenas le permitía mantenerse
a caballo. En una carta que dirigió al congresal Tomás Godoy
Cruz, le expresaba: “mi salud está arruinada”. Ruiz
Moreno hace consideraciones exactas por las que se puede
descartar la fiebre reumática, que es más frecuente en los
adolescentes y ataca en un alto porcentaje al corazón. Se
puede afirmar que el prócer no padeció del corazón, pues no
hubiera podido soportar los esfuerzos a que sometió su
organismo. También excluyo la artritis reumatoide, que es
deformante y hubiera dejado secuelas que habrían sido
exteriorizadas en los cuadros que se pintaron y,
principalmente, en el daguerrotipo de 1848, dos años antes de
su muerte.
Patología
del aparato digestivo
Padeció
de úlcera, gastritis, hemorroides gangrenadas y estreñimiento.
Nos detendrá el estudio de la úlcera; la gastritis no está
confirmada, pero se la sospecha por la confesión del prócer,
que comía sólo “para no tentarme con los manjares y la
debilidad de mi estómago”. La úlcera fue la principal
patología de San Martín, desde 1814, en que una hematemesis
marcó la iniciación clínica, hasta el 17 de agosto de 1850,
en que una nueva hemorragia lo llevó al deceso. La semiología
exigida para formular el diagnóstico de úlcera está
ampliamente reunida en la sintomatología que padeció el
general San Martín, con una cronología perfecta:
a)
Tuvo períodos de reposo de su lesión, en que se encontró
bien; b) períodos de actividad: ya hemos referido las
gastralgias repetidas. Dolores que fueron cíclicos con las
comidas, o sea, que tuvieron ritmo diario y que se deducen por
la confesión del prócer en la carta dirigida a Guido en
1845, en que manifestaba: “cerca de cuatro meses de
continuos padecimientos en que no podía tomar el menor
alimento sin que, a la hora, me atacasen cólicos sumamente
violentos”. c) Dolores ultratardíos: los presentaba a las
cuatro de la madrugada (probablemente lo despertaban), tomaba
un brebaje para calmarlos y, desde ese momento, comenzaba las
tareas del día. Ceballos los interpretó como dolores en
ayuna. d) Periodicidad anual: lo refleja la circunstancia que
repitiera, casi anualmente, épocas libres de síntomas. Fue
la sintomatología que experimentó en Europa, especialmente
entre 1841 y 1850. En 1847, en la carta a Guido del 27 de
diciembre, hace referencia a los “tres ataques nerviosos”
(así llamaba a sus episodios de dolor gástrico), y en la que
le enviara un mes después expresaba: “yo me hallaba
batallando con mi periódico dolor de estómago”. Si alguna
duda quedara, debemos remontarnos al año 1821 en que, durante
su estadía en el Perú, su úlcera tuvo dos empujes
evolutivos en ese año, confirmados por menciones realizadas
al respecto en la correspondencia del prócer al general
chileno Luis de la Cruz y a su amigo el general O’Higgins.
Complicaciones
En
el caso de San Martín, estuvieron representadas por las
hemorragias y la fiebre. Las hemorragias fueron muy
importantes y pusieron en peligro su vida. Es interesante
recordar algunos episodios, como el primero, sufrido en Tucumán,
y los reiterados que tuvo en Mendoza. El 1º de enero de 1816
año de la reunión del Congreso de Tucumán, lo sorprendió
con otro episodio. El Libertador lo menciona en la carta a
Godoy Cruz: “un furioso ataque de sangre y en consecuencia
una extrema debilidad me han tenido 19 días postrado en mi
cama”. Ya fue mencionada la hemorragia padecida en el Perú
y la última que le llevó a la muerte, merecerá una
consideración especial.
Cabe
una pregunta: ¿La úlcera fue gástrica o duodenal? Sin la
documentación incontrastable de la radiología o de la
autopsia, para afirmar la localización, todas las
consideraciones son elucubraciones y no se puede emitir una
afirmación categórica. No obstante, nos inclinamos por la
implantación duodenal.
Manifestaciones
nerviosas: San Martín padeció de insomnio, excitaciones
nerviosas y temblor de la mano derecha. Las causas de estos
padecimientos deben buscarse en las largas y agotadoras
jornadas de trabajo, sus preocupaciones y sus disgustos.
Respecto del insomnio, dijo: “Lo que no me deja dormir no
son los enemigos, sino cómo atravesar esos inmensos
montes”. En 1818 padeció un temblor en la mano derecha que
le impedía escribir. La manifestación no ha tenido explicación
y probablemente no la tendrá nunca. Por otra parte fue
transitoria.
También
sus enfermedades dejaron su marca. En la carta que en 1837
dirigió a su gran colaborador Toribio de Luzuriaga, le refería:
“Desde el año ‘33, en que fui atacado de cólera, me quedó
una enfermedad de nervios que me ha tenido varias veces a las
márgenes del sepulcro; en el día me encuentro restablecido a
beneficio de los aires del campo en donde vivo y, más que
todo, a la vida enteramente aislada y tranquila que sigo”.
Es muy difícil ubicar semiológicamente a esa manifestación;
de la misma opinión es Ruiz Moreno. Es razonable pensar que
la acción tóxica de las infecciones que sufrió pudo
gravitar sobre el cerebro. Tampoco surge la luz de las mismas
descripciones de San Martín, pues a los espasmos de su úlcera
los ha descrito como cólicos sumamente violentos o ataques
nerviosos al estómago, y la consecuencia es una gran
debilidad con desarreglo de funciones. El mismo prócer
percibió que le producía un estado muy irritable.
La
explicación de las manifestaciones nerviosas de San Martín
debe buscarse en las toxemias que sufrió su cerebro con los
procesos infecciosos que soportó, en sus tensiones síquicas,
en lo mucho que sufrió física y moralmente, en sus largas
jornadas de trabajo y en la responsabilidad que cargó sobre
sus hombros. No debe haberse inmutado en el fragor del
combate, pues él era un guerrero, pero su espíritu sensible
se sacudió más de una vez frente al cuadro de desolación y
muerte que ante su vista ofrecía el campo de batalla.
Cataratas
Le
afectaron en el último lustro de su existencia. Un año antes
de su fallecimiento fue operado, con un pobre resultado.
Perdida la esperanza de recuperar la visión, se acentuó su
carácter melancólico y taciturno, prefiriendo el aislamiento
y la soledad.
Según
el concepto actual, la patología que afectó al general San
Martín fue de las enfermedades de la civilización. Por lo
menos cuatro de ellas encuadran dentro de este concepto: el
asma, el reumatismo, la úlcera y las manifestaciones
nerviosas. El paradigma de las enfermedades de la civilización,
que magistralmente analizó y difundió el Dr. Mariano R.
Castex, es la úlcera, especialmente con implantación
duodenal.
Causas
del fallecimiento
Se
debió a una hemorragia cataclísmica, consecuencia del empuje
de su úlcera. Se han formulado varias hipótesis:
1)
Por claudicación del ventrículo derecho, en un corazón
pulmonar crónico, consecutivo a una fibrosis pulmonar
postuberculosis. San Martín no tuvo tuberculosis ni tampoco
fibrosis, que es una causa muy infrecuente de hipertensión
pulmonar y de corazón pulmonar crónico. Jamás San Martín
tuvo insuficiencia cardíaca; no existe ninguna referencia que
se le hincharan los pies.
2)
Por muerte cardíaca:
a)
Por infarto: surge de la referencia de Mitre que San Martín,
cuando el 6 de agosto se encontraba frente al canal de la
Mancha, se llevó la mano al pecho. El prócer pudo haber
tenido un angor o bien un episodio de disnea debido a su
anemia, que era indudable, pues le faltaban las fuerzas y su
debilidad fue creciente.
En
ese estado pudo haber sufrido cualquiera de los dos síntomas,
pero fueron pasajeros pues no se hace otra mención en los
diez días finales.
b)
Por hipertrofia cardíaca: sugirió esta causa Mr. Gérard,
abogado. El diagnóstico en esa época, en ausencia de rayos
X, se hacía con la percusión, método falaz muy poco
empleado.
c)
Por rotura de un aneurisma: formularon esta sugerencia autores
como Mitre y Otero. La rotura conforma un síndrome
perforativo, y el dolor que produce es violentísimo (llamado
en puñalada): el dolor que tuvo San Martín fue el habitual,
localizado en el epigastrio, y repetimos la descripción del
prócer: “yo me hallaba batallando con mi periódico dolor
de estómago”. En el episodio final tuvo una alcamia y luego
reagudizó con intensidad. El dolor debido a perforación de
un aneurisma no da tregua al paciente y la intensidad es
creciente. Las hipótesis por muerte cardíaca deben
desecharse, no resistiendo el análisis clínico.
3)
Por cáncer: insinuaron esta posibilidad distinguidos médicos
que, seguramente, fundamentaron el diagnóstico en la
inapetencia y la delgadez de San Martín. En los períodos
evolutivos de su úlcera, su estado se alteraba
ostensiblemente. En 1819 el comerciante y viajero inglés
Samuel Haigh ha dejado una descripción magistral del estado
de salud de San Martín: “encontré al héroe de Maipú en
su lecho de enfermo y con un aspecto tan pálido y
enflaquecido que, a no ser por el brillo de sus ojos, difícilmente
lo habría reconocido; me recibió con una sonrisa lánguida y
extendió la mano sudorosa para darme la bienvenida”. La
inapetencia sigue repetida en la carta a O’Higgins y en la
referencia de Iturregui y Valdés Carrera.
En
los períodos de remisión experimentaba una excelente
recuperación: así lo conoció Alberdi. Pero en Europa, la
inapetencia fue casi permanente y veinte o más años es un
lapso demasiado prolongado para un cáncer. A veces limitaba
su alimentación por temor a los dolores. Además, si bien tenía
inapetencia y comía moderadamente, no tenía repugnancia ni
aversión electiva por ningún alimento. Este dato está bien
documentado en el relato de Mariano Balcarce, sobre su última
comida: si bien frugalmente, comió sin repugnancia. Por otra
parte, un canceroso entra en un estado de caquexia progresiva;
en el último mes queda confinado al lecho y, en algunos casos
aparece el clásico edema de hambre que presagia un fin. La
hipótesis de la muerte por cáncer también debe ser
descartada.
4)
Por complicación de su úlcera. En su caso son dos las
posibles complicaciones: la perforación y la hemorragia. Por
diversas consideraciones clínicas, la perforación debe
descartarse. La hemorragia fue la causa final de la muerte de
San Martín y no la pueden explicar quienes se han limitado a
informarse por el relato de Félix Frías. Augusto Barcia
Trelles dice textualmente: “Eran las dos de la tarde cuando
San Martín se sintió atacado por las torturas de las
gastralgias y presa de un frío que paralizaba la sangre”.
Fue colocado sobre el lecho de su hija, que lo abrazó con
enorme emoción. San Martín, acariciándola, le dijo:
“Mercedes, ésta es la fatiga de la muerte”, y volviéndose
hacia Balcarce, con una terrible fatiga que llegaba a
dificultar la emisión de su voz le dijo, casi deletreándolas,
estas cuatro palabras: “Mariano a mi cuarto”. No
transcurrió un minuto y el cuerpo de San Martín sufrió una
fuerte sacudida. EI Había muerto a las tres de la tarde del
17 de agosto de 1850! Esta sucinta descripción está tomada
de textos de Frías, Gérard, Vicuña Mackenna, Rosales y
Otero. El frío que paralizaba su sangre, según Barcia
Trelles, o el frío glacial que comenzó a discurrir por sus
extremidades, según Otero, constituyeron la base para
fundamentar el diagnóstico del shock hemorrágico final.
Podemos hacer un resumen de la sintomatología que experimentó
el general San Martín: es una página del libro de la patología
ulcerosa, con sus tres períodos: de reposo, de actividad y de
complicaciones.
En
el primero, libre de síntomas, debió cuidar su alimentación
para no provocar la exacerbación de la úlcera: ello explica
que comiera solo, para no tentarse con manjares. En el
segundo, vivió atormentado por los dolores que duraron
semanas y, a veces, sobrepasaron el mes. Esos períodos
alternaron con otros de acalmia. En el tercer período, que es
variable para cada paciente, nunca tuvo un síndrome pilórico,
aunque algunas veces tuvo vómitos. La complicación se
presentó con las hemorragias que iniciaron la escena clínica
de 1814 y la final, cataclísmica, que lo llevó a la muerte
el 17 de agosto de 1850.
Fuente
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Pedro Luis – Alejandro Aguado: amigo y protector.
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Pedro Luis – Final en Boulogne-Sur-Mer.
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Pedro Luis – Los años de Grand Bourg.
Bernard,
Tomás Diego – San Martín en Francia.
Busaniche,
José Luis – Relatos de contemporáneos.
Dreyer,
Mario S. – Las enfermedades del viejo guerrero.
Furlong,
Guillermo – La tierra natal.
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César H. – Aquí yace Remedios de escalada.
Guillen
Salvetti, Jorge – A bordo de la Santa Balbina.
Instituto
Nacional Sanmartiniano.
Labougle,
Horacio – San Martín en el ostracismo: sus recursos.
Luzuriaga,
Aníbal Jorge – El comienzo del destierro.
Mayochi,
Enrique Mario – El solar nativo.
Mayochi,
Enrique Mario – Las nietas del general San Martín.
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Enrique Mario – Mercedes: La hija del Libertador.
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Enrique Mario – Retorno al país nativo.
Mitre,
Bartolomé – Enfermedades de San Martín.
Mitre,
Bartolomé – Las misiones jesuíticas secularizadas.
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Bartolomé – Muerte de San Martín.
Efemérides
– Patricios de Vuelta de Obligado.
Pettenghi,
José – La familia de San Martín en Cádiz.
Piccinali,
Juan – La vuelta de San Martín.
Torre
Revello, José A. – Sus padres y hermanos.
Villegas,
Alfredo G. – La familia de San Martín en Málaga.
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Yaben,
Enrique – Remedios de Escalada de San Martín.