Bajo
el engañoso revestimiento de un izquierdismo purista y
maximalista, el actual Presidente de la denominada República
Bolivariana de Venezuela asume para sí un papel deliberada y
conscientemente centrado en la implementación de un liderazgo
bonapartista. Un caudillaje, además, que se pretende
transversal y continental. El chavismo es un movimiento ideológico
calculadamente difuso que busca la hegemonía en América
Latina. Un nuevo redentorismo mesiánico surgido de los
despojos causados por la corrupción de la política
convencional en Venezuela. El populismo de su régimen
personal –como espléndidamente ha sido analizado por
diversos estudiosos- pertenece a la esfera de lo instrumental,
pero el verdadero núcleo duro de su motivación política (Chávez
es tosco y demagógico, pero no ingenuo) pretende la consecución
de un sistema de gobierno basado en la reverencia pública
hacia una figura totémica, la domesticación de la sociedad
civil, la aniquilación de la oposición política, el control
de los sectores productivos, el recorte de la libertad de
prensa, entre otros efectos perniciosos, y todo ello en aras a
la posesión efectiva e indefinida del poder, que es el
objetivo último de su “revolución”. No hay más; tampoco
menos.
II.
Un cesarismo populista.
Los
programas sociales que promueve el chavismo pueden ser
igualmente realizados por un Estado democrático eficiente,
con plenas garantías legales para los ciudadanos y sin
recortes a la libertades; lección ésta que deberá aprender
el próximo régimen político venezolano. El surgimiento y
ascenso de Chávez obedece a un anhelo insatisfecho de
justicia social por parte de la sociedad venezolana. La
deplorable situación asistencial para los sectores más
desfavorecidos, el galopante crecimiento de la pobreza, entre
otros factores, activaron en 1998 el voto favorable a la opción
populista encarnada por el militar entonces ex golpista. Una
esperanza bonapartista, pero una esperanza al fin y al cabo
para aquellos que se consideraban abandonados a su suerte por
el “establishment”. Las políticas sociales activas deberán
incorporarse como parte sustancial de un nuevo Estado de
Derecho que haga de la prosperidad y el Buen Gobierno
prioridades para conseguir una verdadera sociedad del
bienestar.
El
descrédito popular, plenamente justificado, hacia los
partidos políticos tradicionales activó un proceso de
incierto curso en el que todavía está sumergida Venezuela.
Debido alraquitismo de su gestión como Presidente, Chávez ha
emprendido una huída hacia delante, donde, a falta de otra
cosa, aporta propaganda e histrionismo. En un magnífico análisis
realizado por López Padrino, éste desenmascaró los fastos
progresistas de la escenografía chavista cuyo régimen “representa
una opción política que por sus limitaciones ideológicas es
incapaz de atacar estructuralmente a la pobreza y la explotación,
pero si capaz de desarrollar programas populistas a fin de
consolidar el aclamacionismo de su líder cesarístico”.
Ciertos aspavientos chavistas delatan una pulsión iconológica
sospechosamente mussoliniana –que parecen emular la
teatralidad bufonesca del “duce” del fascismo en el balcón
de Palazzo Venezia-. Al Primer Mandatario Nacional venezolanole traiciona su subconsciente. ¡Qué gran personaje
perdieron Miguel Ángel Asturias y Arturo Uslar Pietri!
La
izquierda democrática y culta siempre ha estado claramente
alineada a favor de la libertad política. Véase sino el espléndido
artículo “Sobre reyes y autócratas” (publicado en el
diario INFORMACIÓN de Alicante el 20 de noviembre de 2007) de
don Ramón Martín Mateo, ex rector de la Universidad de
Alicante, donde también imparte docencia el autor de estas líneas.
Devorado por una imparable espiral autodestructiva, el
bonapartismo chavista genera opositores por doquier (entre
otros, sectores militares y eclesiásticos). Como afirma López
Padrino, el régimen bonapartista venezolano, lejos de
representar “verdaderas
alternativas destinadas a corregir la distribución injusta de
la riqueza”, ha producido el efecto contrario, además
de violentar “sistemáticamente los derechos ciudadanos al vulnerar la libertad de
expresión, al militarizar a la sociedad, al penalizar a la
disidencia política, al imponer un terrorismo de estado y
judicial, al conculcar derechos y conquistas sociales
(libertad académica y de investigación, libertad sindical,
autonomía universitaria)”. Sin embargo, el chavismo, al
menos hasta ahora, ha logrado evadirse de sus
responsabilidades gracias a un moderno sentido del marketing,
con importantes campañas de imagen que disfrazan hechos
nimios, incluso inexistentes, sustituyéndolas por un halo de
irracionalidad política con visos de romanticismo utópico.
La de Chávez es una narrativa del poder que se basa en la
ficción de una soberanía popular aclamada pero disminuida.
Por
su parte, la iconología bolivariana que utiliza el régimen
chavista es una burda excusa para justificar lo
injustificable. Venezuela no puede dar pasos atrás en el
campo de la libertad política (que, recordemos, constituye el
núcleo duro de la democracia) en aras a la reivindicación de
una visión manipulada –y ya periclitada- del Libertador, en
tanto éste es usado como fetiche mediático al servicio de un
nuevo culto al poder personal. Una fuente de legitimidad que
provea de consistencia a un producto ideológico radical, con
calculados resabios antisistema, manufacturado
intelectualmente en España y ejecutado materialmente en
Venezuela. Resulta grotesco siquiera plantearse que Chávez
pueda erigirse en continuador de la obra de Simón Bolívar,
pero es del todo inquietante que haya todavía ciudadanos
responsables que lo crean así... o que necesiten venerar la
liturgia política chavista.
Antes
de su advenimiento a la Jefatura del Estado, el oficial Hugo
Chávez se manifestaba contrario a la dictadura, incluida la
castrista. El vigente régimen bonapartista venezolano ha
demostrado una incapacidad patológica para adaptarse a las
circunstancias; es por ello que el chavismo, previsiblemente,
sobrevivirá a sus instituciones, reconstituyéndose como
corriente ideológica de un bonapartismo “izquierdista”
panamericanista, en base a una retórica huera y superada,
pero galvanizadora y fanática.
Obviamente,
se trata de un populismo con ribetes neobonapartistas que
amenaza directamente el andamiaje de un Estado de Derecho.
Recordemos el brillante estudio realizado por el profesor José
Félix Tezanos sobre el neo-bonapartismo, y el populismo, en
su aplicación general[1].
El bonapartismo chavista lo es en su vocación de mando unívoco,
reforzado por un sentido vertical de lo político; sin
embargo, el chavismo aporta al menos una particularidad
significativa respecto al modelo general bonapartista: el
fanatismo de su elite dirigente (en particular, el carácter
dogmático de las cohortes intelectuales chavistas) ha
generado un híbrido político, con fuertes elementos
populistas, de tal manera que al tiempo que se pretende
proyectar un discurso público que trascienda las clases
sociales (bonapartismo), también se procura la ideologización
interesada de la sociedad venezolana desde una posición
hoscamente doctrinaria (el socialismo “bolivariano”) que,
paradójica y significadamente, tiene, en la actualidad, una
indiscutible base popular de apoyo en sectores sociales
claramente definidos. El chavismo produce efectos
disgregadores en el país, pero también en su propio
movimiento político, incurso éste, como puede apreciarse, en
fuertes contradicciones que –inevitablemente- provocarán
mayores crisis y escisiones. Si la ideología oficial del régimen
bolivariano pretende la conquista de la sociedad civil, deberá
abrirse a la misma; es decir, resulta necesario asumir la
pluralidad intrínseca de Venezuela. Y ello comporta,
necesariamente, renunciar a la homogeneidad, rechazar el
monolitismo, para asumir la viva diversidad que vertebra una
sociedad abierta como la venezolana.
La
dominación carismática –recurriendo a la tipología
weberiana- ejercida por Chávez puede clasificarse como
característica del “gran demagogo”. Sin embargo, este
tipo puro establecido por Weber aparece en el caudillo
bolivariano de manera fragmentaria; el específico liderazgo
de Chávez también reúne elementos y rasgos de otros tipos
puros, tales como el de “profeta” e, incluso, del “héroe
guerrero”. Chávez ha querido para sí una dominación
carismática revestida con distintos puntos fuertes que, teóricamente,
haría más resistente su poder personal a cualquier tentativa
sediciosa desde dentro –o fuera- de su movimiento. Nada más
lejano a la realidad. Su maniqueísmo innato le ha hecho ganar
la entrega emotiva de una parte del pueblo, pero también le
ha granjeado en su contra al resto del país. Una situación
dicotómica que no augura la necesaria estabilidad que precisa
todo régimen político. Como indicó Weber, se obedece al
caudillo carismático sólo mientras sea capaz de mantener
visibles –y operativas- sus cualidades como líder; “en
cambio, cuando es “abandonado” por su dios, o cuando
decaen su fuerza heroica o la fe de los que creen en su
calidad de caudillo, entonces su dominio se hace también
caduco”[2].
Chávez ha generado una espiral de la cual no puede
desprenderse; su agresividad verbal, por ejemplo, obedece a
una mecánica volcada al mantenimiento del poder.
El
carácter profético del chavismo se manifiesta en la vocación
salvífica, casi redentora, que aplica a sus proclamas y
programas. Un gobierno al servicio de una “revolución”
que se anuncia como el advenimiento de la verdad y la justicia
plenas. La construcción utópica de un mundo perfecto que
exige sacrificios personales y materiales a la comunidad de
gregarios. Todo queda justificado en aras a la consecución de
ese paraíso terrenal que, con sublime prodigalidad,
recompensará las renuncias y sinsabores ahora ofrendados en
el altar de la nueva religión política. Pero, ¿y si el
parnaso de la igualdad no llega? Al objeto de conjurar la
posibilidad de que la impaciencia de las bases bolivarianas
derive en exigencia hacia su dirigencia, Chávez necesita
producir “enemigos” sobre los que focalizar odios,
resentimientos y frustraciones. Parapetos y obstáculos que
impidan un análisis detenido, sereno y riguroso del chavismo
–en especial, de sus deméritos. Una táctica que,
temporalmente, puede tributar algún rendimiento pero que, en
el largo plazo, se demuestra como una opción contraproducente
para sus mismos practicantes.
Recordemos
que, entre otros efectos perniciosos, el bonapartismo
–cuando brota en un sistema democrático-tiene el dudoso
honor de fomentar el personalismo, reforzando el papel
dirigente del caudillo carismático en perjuicio de la
organización y, por ende, de las instituciones. Ello, además,
también se conjuga con una tendencia a “actuar de acuerdo a la lógica que entiende la política en gran medida
como espectáculo público, a través de comparecencias
personalizadas del líder en los medios de comunicación
social”[3].
El protagonismo abusivo del líder máximo se convierte así
en el mayor activo y, al mismo tiempo, en la más grave
debilidad del sistema político bonapartista. La tipificación
de éste, recordémoslo, surge de las cenizas de la revolución
de 1848 en Francia, cuando Marx estudia el proceso de toma del
poder por parte de Luis Napoleón Bonaparte, el que luego sería
Napoleón III. En El
18 Brumario de Luis Bonaparte, Marx diseccionó
magistralmente la emergencia de una nueva clase de régimen
político, basado en rasgos tradicionales y modernos, aunque
volcado siempre a la conquista –y conservación- del poder
desde un pragmatismo descarnado y ayuno de cualquier
miramiento moral.
Lo
que Chávez pretende para Venezuela es el desmantelamiento
gradual e inexorable de una democracia imperfecta e irregular,
cuyos defectos nadie justifica pero que no validan la
eliminación del propio sistema político representativo; más,
si cabe, cuando la democracia es un hecho cultural inscrito en
los sentimientos del noble pueblo venezolano. Chávez debe
comprender que los problemas de una democracia se resuelven
con más democracia, nunca con menos. De persistir en su
deriva mesiánica, el chavismo ideológico acariciaría
–inevitablemente- la tentación de proceder a la puntillosa
ejecución de la propia idea de sociedad civil. De hecho, el
ordenamiento constitucional del Estado de Derecho venezolano
era tan resistente que pudo sobrevivir incluso a las trapacerías
finales de “copeyanos” y “adecos”, cuyos estertores
políticos permitieron el acceso de Rafael Caldera, por
segunda vez, al Palacio de Miraflores. Éste, generalmente
reconocido como hombre cabal, no dispuso de los medios ni de
los recursos para enderezar la situación de su país. El
acceso –en puridad, la irrupción- de Chávez a la
Presidencia de la República fue el paso subsiguiente; un país
político embaucado por los cantos de sirena que prometían
una revolución democrática y una mejora sustancial en las
condiciones de vida.
La
Cumbre de Santiago como metáfora política.
El
infantilismo político de Chávez, su insignificancia histórica,
quedó expuesta, de manera impremeditada, en la Cumbre
celebrada en la capital chilena en noviembre de 2007.
Reacciones viscerales, necesidad insaciable de reconocimiento,
pulsiones narcisistas, incapacidad para asumir la crítica ni
el debate, entre otros elementos igualmente susceptibles de
psicoanálisis, manifiestan a una personalidad que somatiza el
agravio y socializa el dolor. Las provocaciones de Chávez a
distintos mandatarios internacionales (no sólo a la delegación
española, aunque ésta fue la única que osó responderle con
una loable inteligencia diplomática) escenificaron un
conflicto más agudo: la profunda aversión que el
bonapartismo chavista siente respecto a la consolidación del
socialismo democrático en el continente hermano. La Cumbre de
Santiago, por tanto, representa visualmente la debilidad del
chavismo, no su fortaleza. Un jabalí herido que embiste con
rabia salvaje contra la amenaza –cierta- de que la
socialdemocracia arraigue, y triunfe, en América Latina como
ordenamiento político-institucional distinto al bonapartismo
populista. De manera significativa, el chavismo destila un
odio ideológico brutal contra la izquierda democrática, a la
que considera una competidora real sobre sus mismas bases
populares.
El
régimen autocrático que, ladrillo a ladrillo, está
edificando el Ciudadano Presidente de la República desprende
una patología política que remite ineluctablemente a la
mentalidad ensoberbecida y voluble de una patología egoísta,
que pretende la autosuficiencia aun cuando es susceptible de
sacudidas espasmódicas en una retórica política que le
exige, ante sus correligionarios bolivarianos, sacrificar a
otros “reos” de “imperialismo” -o cualquier otro
“pecado”, generalmente inventado- a los cuales el líder
supremo decida acusar –sea un país o un dirigente
internacional, o contra una parte de sus mismos compatriotas
en Venezuela-. La idea subyacente de su oratoria agresiva es
que los interlocutores siempre deberán hallarse, como máximo,
a la defensiva, sin capacidad de maniobra, inermes ante la
posibilidad de convertirse en objetivo de la avalancha dialéctica
chavista. Un Gobierno, y una nación, que se hagan respetar
jamás se achantarán ante semejante agresividad.
En
este contexto, la actitud demostrada por el Rey en la Cumbre
de Santiago –y, en general, por el resto del Gobierno de
España, apoyado por los países más independientes a las
presiones chavistas- prueba su valentía y responsabilidad;
gracias a don Juan Carlos, España salvó la dignidad nacional
para sí, y el respeto institucional del conjunto de Estados
soberanos que integran la Comunidad Iberoamericana de
Naciones. La indicación del Rey a Chávez se produjo en un
contexto de plena igualdad; precisamente por ello nuestro Jefe
de Estado se dirigió a su homólogo venezolano al considerar
que ello equilibraría la ecuación diplomática, dado que Chávez
ninguneaba con todo descaro la intervención del Primer
Ministro español. Las acusaciones –y las consiguientes
amenazas- proferidas por el Presidente Chávez contra la
inversión española en Venezuela recuerdan más la pataleta
de un niño maleducado -y algo acomplejado- tras quedar en ridículo
ante todo su colegio. Recordemos la genialidad creativa de
Charles Chaplin, quienretrató
espléndidamente en “The Great Dictator” la hiperactuación
gestual y demás rasgos de la paranoia autoritaria.
Ante
su grey fanatizada, la leyenda de gallardía que propala el
chavismo ha sufrido un duro golpe. Y Chávez lo sabe. Un régimen
que hace del matonismo mediático y de la fanfarronería dialéctica
armas preferentes para socializar ideológicamente a sus
seguidores –y aterrorizar a sus oponentes-, ha sufrido una
humillación infinita de la mano de un monarca constitucional,
además de activo demócrata, con sólo cinco palabras. Un
ejemplo modélico de inteligencia política y experiencia
diplomática. Por el contrario, la maquinaria de propaganda al
servicio del chavismo, dentro y fuera de Venezuela, lleva
malgastadas miles y miles de párrafos, hablados y escritos,
para justificar lo injustificable. Chávez perdió en la
Cumbre de Santiago, y esto ha calado en la opinión pública
internacional. En vez de pasar página, el orgullo narcisista
del líder bonapartista –espoleado por la campaña a favor
de la reforma constitucional- condujo a realizar declaraciones
absurdas en las semanas siguientes a su fiasco diplomático.
Todo ello, junto al creciente agotamiento de cada vez más
venezolanos, produjo un mayor desgaste a su movimiento político
y el consiguiente varapalo en el referéndum celebrado a
principios de diciembre. Y todo porque su líder mesiánico se
cree superador de cualquier precedente tradición política
con vocación de hegemonía en América Latina.
Lo
importante para el chavismo no es la veracidad de los
“cargos”, sino la efectividad sobre la opinión pública
-tanto la venezolana como la internacional-. Y es que, en el
fondo, el credo que predica Chávez como Sumo Sacerdote tiene
ínfulas de ortodoxia pseudo-religiosa, y una tendencia
creciente hacia el fundamentalismo político que, en términos
prácticos, se traduce en la extensión de la tendencia
autoritaria que anida en el seno de este movimiento ideológico.
Aquellos que cuestionen o simplemente inquieran sobre la
intención última del chavismo serán expulsados del paraíso
terrenal que es el sistema bolivariano; además, sobre las
cabezas disidentes lloverán improperios y descalificaciones,
dudas e insidias, en la más aviesa tradición destructora del
adversario. Lisa y llanamente, el chavismo se autoformula como
un dogmatismo ideológico que excluye, por definición, a los
disidentes e, incluso, a los “agnósticos”. Y el Estado,
ese nuevo Leviatán dispuesto a casi todo, emerge en esta
doctrina como primer protagonista de la vida nacional; una
sociedad civil que se repliega ante el paso marcial de una
dictadura en ciernes. Concentración del poder, laminación de
la crítica. ¿Y la libertad? “Eppur
si muove… »
Psicología
del autoritarismo mesiánico.
Como
el grotesco personaje Benzino Napoloni (la acerada parodia
chapliniana sobre Benito Mussolini en “The Great
Dictator”), la psicología de un dictador bonapartista
tiende a ser –en términos políticos- obsesiva, mediocre,
rencorosa y, por tanto, voluble. Todo líder mesiánico de
personalidad débil detesta hasta lo más hondo que el mundo
le vea hacer el ridículo. El irreprimible afán de
protagonismo es sintomático de una búsqueda constante de
reconocimiento y aprobación; la necesidad –casi salvaje,
que bordea el exhibicionismo- de sentirse admirado, ser el
centro de atención, que le escuchen… y que le quieran; en
su defecto, que le teman y le obedezcan. Efectivamente, la ya
develada intencionalidad política del chavismo es la
construcción paulatina de un régimen autoritario por la vía
de los hechos, no tanto del Derecho declarado como tal. Se
trata de restar eficacia jurídica y aplicación empírica a
los preceptos garantistas que todavía subsisten en la
normativa venezolana –y, sobre todo, en su sólida tradición
jurídica y democrática-, sin declarar nunca la conclusión
formal de la democracia y el Estado de Derecho en el país.
Una metodología de poder demasiado conocida, que requiere
para ello de actos de fuerza, de gestos prepotentes que, como
en la insidiosa ejecutoria del fascismo europeo, busca
amedrentar al entorno; conquistar antes que convencer.
Una
vez supere la rabia del episodio, es deseable que el todavía
primer mandatario de Venezuela –si recupera cierta
tranquilidad de ánimo, serenado su espíritu- comprenda que,
incluso por encima de su ego narcisista, están los intereses
de su país. La política del palo y la zanahoria que parece
aplicar Chávez sólo produce una mayor sensación de
inseguridad jurídica entre potenciales inversores en
Venezuela. Únicamente desde un ordenamiento político y legal
estable se puede asentar una fraternal relación como la que
deben tener España y Venezuela. Toda presunta actuación
irregular por parte de empresas y/o particulares debe ser
dilucidada al amparo de una Administración de Justicia en
verdad independiente y objetiva, que provea de plenas garantías
jurídicas a las partes. El poder político debe abstenerse de
influir sobre ámbitos que provoquen una contracción
–efecto consciente del chavismo- sobre las libertades y
derechos de los ciudadanos. El ejemplo de países como Brasil
o Chile demuestran claramente que existe otra vía al
desarrollo, reforzando la democracia, con seguridad jurídica
para los empresarios y las inversiones, junto aprogramas públicos que atiendan a la ciudadanía.
Y
es que la psicología política del Presidente de Venezuela
retrata una personalidad atrabiliaria e insegura. A pesar de
la imagen pública que difunde la propaganda de su régimen
bonapartista, y su corifeo de acólitos internacionales, el señor
Chávez muestra claros síntomas de perdida del sentido de la
realidad política. Un grado de alienación donde el mito
devora a la persona. Es probable que, a estas alturas, Chávez
se crea realmente el heredero de Bolívar y la gloriosa
estirpe de los próceres de la patria. Sin embargo, para una
persona que hace de la fuerza resolutiva el frontispicio de su
efigie ideológica, lo ocurrido en la Cumbre Iberoaméricana
de Santiago de Chile, ha significado una derrota psicológica
de la que el caudillo cesarista todavía lame sus heridas.
El
régimen chavista se desgasta de manera inevitable, aun cuando
pueda capear algunos temporales próximos. La demagogia, y la
ineficacia, devora a sus hijos. Pero la transición hacia un
verdadero Estado de Derecho deberá acaecer de manera democrática
y pacífica; por voluntad soberana del pueblo venezolano. Toda
agresión, cualquier violencia contra el actual régimen
venezolano, además de ser un acto inmoral, convertiría al
Ciudadano Presidente en un icono perpetuo digno de adoración
por parte de sus creyentes. Se trata de ganar racionalidad y
democracia, de implantar la moderación y el diálogo, no de
imponerlo a gritos. El golpe de Estado de 2002 fue tan
espantoso como la intentona golpista del propio Chávez una década
antes contra el gobierno legítimo de Carlos Andrés Pérez.
La desesperación no es buena consejera. El golpismo y la
violencia son el problema, no la solución. Las metas de
Venezuela serán la reconciliación y la reconstrucción. Y
ello sólo podrá suceder desde una actitud pacífica, de
ejemplar ejecutoria democrática.
La
pérdida de apoyos que consume a este bonapartismoes discreta pero creciente; y, de manera señalada, al
chavismo le abandonan sus mejores elementos, los que todavía
conservaban cierto criterio. Es verdad que, a pesar de esta
casi imperceptible cadena de deserciones, el régimen
“bolivariano” adquiere nuevos apologetas, pero también es
cierto que, a pesar del indiscutible talento de algunos de
ellos, otros son particularmente dogmáticos y/o interesados;
los primeros, llevados de su rígido doctrinarismo, incapaces
de cumplir su cometido de cautivar a la opinión pública de
sus respectivos países y, claro, los segundos, más atentos
ante la expectativa de conseguir los frutos de un árbol todavía
aparentemente frondoso.
Ni
un paso atrás; desde el castrismo al peronismo, Chávez
pretende rebasar todos los límites históricos. Ni un paso
atrás; como en los funerales nibelungos, el bolivarianismo,
esa construcción intelectual al servicio de la ambición
ilimitada de un moderno dictador “social”, se apresta a
erguirse, saludando, ante su propia muerte política.
El
espectáculo debe continuar; hasta el final, desde el
principio. ¿Teatro bufo? He aquí la tragedia –y la
injusticia- que sufre el pueblo venezolano. El episodio de
Chile marcará un antes y un después en la percepción del régimen
chavista y, sobre todo, de su líder fundacional. Ante el
imaginario público, dentro y fuera de Venezuela, se ha
visualizado una vía de agua en la nave chavista; una fisura
dentro de su régimen –que Chávez, pésimamente asesorado,
hace más grande y visible ante la opinión pública
internacional con sus imprudentes declaraciones-.
Que
nadie se engañe: la provocación está en la esencia misma
del chavismo; no se trata de un efecto colateral, sino
plenamente deliberado al objeto de poner contra las cuerdas a
sus oponentes ideológicos (demócratas de distinto color
ideológico). A pesar del correctivo sufrido en el referéndum
del 2 de diciembre de 2007, Chavez no se moderará, porque
políticamente no le interesa ni le reporta nada sustancial.
El Ciudadano Presidente continuará
su estilo hiriente y provocador, pero de otra manera
(seleccionando con más cuidado a sus nuevas víctimas retóricas,
decantándose también a realizar más crítica formal, junto
a su perenne técnica del ataque visceral, etc.). Porque el
conflicto que activa a Chávez sigue abierto... y la izquierda
democrática no le contesta, creyendo que esto "pasará".
No pasará; sus “ofensivas” aumentarán.
Conclusión.
El
carácter enfático del régimen bonapartista venezolano está
al servicio de su vocación transversal, en cuanto Chávez
busca la consolidación de un movimiento político superador
de las clases y de las ideologías tradicionales. Aun
manteniendo la forma de un “socialismo” sui generis, Chávez
no es un izquierdista típico; y esto es lo que confunde a las
identidades políticas convencionales (sean democráticas o
no). Necesita
–obsesivamente- la polémica endémica, la amenaza
estridente, para difundir su bonapartismo como nuevo Rubicón
que separe la mala de la buena hierba. Su planteamiento
maniqueo pretende crear un cisma, una división social como
nunca antes se haya visto en demasiados países de América
Latina. Lo inquietante, lo grave, es que Chávez está
consiguiendo ese objetivo. En un contexto de enfrentamiento,
de choque entre bandos rivales, sólo un “caudillo” como
él pretende ser –u otros émulos que surjan y/o le sucedan
en nuestra querida América- podrán presentarse como solución
para las aflicciones de la patria. Líderes fuertes,
resolutivos, militaristas, enérgicos... con algo de política
social y mucho de propaganda mediática. Sin embargo, el
desgaste de su carisma, y la afección a su posición
institucional, se dejará sentir a medio plazo. La Historia
recomienza en cada ilusión humana, y la libertad es su ansía
perpetua, irreductible a cualquier amenaza o presión. La
democracia como ejercicio de dignidad humana, de
discernimiento intelectual, de crítica racional; y la
libertad, siempre, su vocación perenne.
[1]
TEZANOS, José Félix: “Populismo, corporatismo y
neo-bonapartismo”, Sistema, Madrid, número 129, pp. 11-24.
[2]
WEBER, Max: Economía
y sociedad. Esbozo de sociología comprensiva. México,
Fondo de Cultura Económica, 1984, pág. 712.
(*)
Crónica y Análisis publica el presente artículo por
gentileza de su autor, el politólogo José Jesús Sanmartín
Pardo.
José
Jesús Sanmartín Pardo:
Profesor
de Ciencia Política y de la Administración, Universidad de
Alicante.
Consultor
internacional.
Evaluador
(Proyectos de Investigación, solicitudes de becas al
extranjero, etc.) de la Agencia Nacional de Evaluación y
Prospectiva, desde junio de 2001.
Director
del curso “Teoría Política” (199 horas lectivas),
impartido durante el curso 2007-2008 en la Universidad de
Alicante.
Profesor
del curso "Modern Political Theory", impartido en
inglés desde septiembre hasta diciembre de 2004 y desde
febrero hasta mayo de 2005 (cuatro horas lectivas semanales)
para estudiantes internacionales matriculados en la
Universidad de Alicante.
Profesor
del curso “Politics and Minorities”, impartido desde
febrero a mayo de 2005 (cuatro horas lectivas semanales) para
estudiantes de Estados Unidos, dentro del programa conveniado
entre el Council on International Educational Exchange (CIEE)
y la Universidad de Alicante.
Colaborador
del Seminario Permanente de Filosofía Política, Departamento
de Ciencia Política y de la Administración II, Universidad
Complutense de Madrid, desde diciembre de 1999.
Miembro
de la Junta Directiva (Vocal de Asuntos Internacionales) de la
Asociación Española de Estudios Canadienses desde noviembre
de 2002 hasta junio de 2005.
Colaborador
Honorario del Departamento de Ciencia Política 2, Universidad
Complutense de Madrid, desde el 1 de octubre de 2002.
Miembro
fundador de la Asociación Foro Interno, con sede en la
Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la
Universidad Complutense de Madrid, dedicada a la promoción de
la investigación.