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COLABORACIONES

27/06/2008  

EL RÉGIMEN BONAPARTISTA DE CHÁVEZ 

José J. Sanmartín (*)

            I. Introducción.

Bajo el engañoso revestimiento de un izquierdismo purista y maximalista, el actual Presidente de la denominada República Bolivariana de Venezuela asume para sí un papel deliberada y conscientemente centrado en la implementación de un liderazgo bonapartista. Un caudillaje, además, que se pretende transversal y continental. El chavismo es un movimiento ideológico calculadamente difuso que busca la hegemonía en América Latina. Un nuevo redentorismo mesiánico surgido de los despojos causados por la corrupción de la política convencional en Venezuela. El populismo de su régimen personal –como espléndidamente ha sido analizado por diversos estudiosos- pertenece a la esfera de lo instrumental, pero el verdadero núcleo duro de su motivación política (Chávez es tosco y demagógico, pero no ingenuo) pretende la consecución de un sistema de gobierno basado en la reverencia pública hacia una figura totémica, la domesticación de la sociedad civil, la aniquilación de la oposición política, el control de los sectores productivos, el recorte de la libertad de prensa, entre otros efectos perniciosos, y todo ello en aras a la posesión efectiva e indefinida del poder, que es el objetivo último de su “revolución”. No hay más; tampoco menos.  

II. Un cesarismo populista.

Los programas sociales que promueve el chavismo pueden ser igualmente realizados por un Estado democrático eficiente, con plenas garantías legales para los ciudadanos y sin recortes a la libertades; lección ésta que deberá aprender el próximo régimen político venezolano. El surgimiento y ascenso de Chávez obedece a un anhelo insatisfecho de justicia social por parte de la sociedad venezolana. La deplorable situación asistencial para los sectores más desfavorecidos, el galopante crecimiento de la pobreza, entre otros factores, activaron en 1998 el voto favorable a la opción populista encarnada por el militar entonces ex golpista. Una esperanza bonapartista, pero una esperanza al fin y al cabo para aquellos que se consideraban abandonados a su suerte por el “establishment”. Las políticas sociales activas deberán incorporarse como parte sustancial de un nuevo Estado de Derecho que haga de la prosperidad y el Buen Gobierno prioridades para conseguir una verdadera sociedad del bienestar. 

El descrédito popular, plenamente justificado, hacia los partidos políticos tradicionales activó un proceso de incierto curso en el que todavía está sumergida Venezuela. Debido al  raquitismo de su gestión como Presidente, Chávez ha emprendido una huída hacia delante, donde, a falta de otra cosa, aporta propaganda e histrionismo. En un magnífico análisis realizado por López Padrino, éste desenmascaró los fastos progresistas de la escenografía chavista cuyo régimen “representa una opción política que por sus limitaciones ideológicas es incapaz de atacar estructuralmente a la pobreza y la explotación, pero si capaz de desarrollar programas populistas a fin de consolidar el aclamacionismo de su líder cesarístico”. Ciertos aspavientos chavistas delatan una pulsión iconológica sospechosamente mussoliniana –que parecen emular la teatralidad bufonesca del “duce” del fascismo en el balcón de Palazzo Venezia-. Al Primer Mandatario Nacional venezolano  le traiciona su subconsciente. ¡Qué gran personaje perdieron Miguel Ángel Asturias y Arturo Uslar Pietri! 

La izquierda democrática y culta siempre ha estado claramente alineada a favor de la libertad política. Véase sino el espléndido artículo “Sobre reyes y autócratas” (publicado en el diario INFORMACIÓN de Alicante el 20 de noviembre de 2007) de don Ramón Martín Mateo, ex rector de la Universidad de Alicante, donde también imparte docencia el autor de estas líneas. Devorado por una imparable espiral autodestructiva, el bonapartismo chavista genera opositores por doquier (entre otros, sectores militares y eclesiásticos). Como afirma López Padrino, el régimen bonapartista venezolano, lejos de representar “verdaderas alternativas destinadas a corregir la distribución injusta de la riqueza”, ha producido el efecto contrario, además de violentar “sistemáticamente los derechos ciudadanos al vulnerar la libertad de expresión, al militarizar a la sociedad, al penalizar a la disidencia política, al imponer un terrorismo de estado y judicial, al conculcar derechos y conquistas sociales (libertad académica y de investigación, libertad sindical, autonomía universitaria)”. Sin embargo, el chavismo, al menos hasta ahora, ha logrado evadirse de sus responsabilidades gracias a un moderno sentido del marketing, con importantes campañas de imagen que disfrazan hechos nimios, incluso inexistentes, sustituyéndolas por un halo de irracionalidad política con visos de romanticismo utópico. La de Chávez es una narrativa del poder que se basa en la ficción de una soberanía popular aclamada pero disminuida. 

Por su parte, la iconología bolivariana que utiliza el régimen chavista es una burda excusa para justificar lo injustificable. Venezuela no puede dar pasos atrás en el campo de la libertad política (que, recordemos, constituye el núcleo duro de la democracia) en aras a la reivindicación de una visión manipulada –y ya periclitada- del Libertador, en tanto éste es usado como fetiche mediático al servicio de un nuevo culto al poder personal. Una fuente de legitimidad que provea de consistencia a un producto ideológico radical, con calculados resabios antisistema, manufacturado intelectualmente en España y ejecutado materialmente en Venezuela. Resulta grotesco siquiera plantearse que Chávez pueda erigirse en continuador de la obra de Simón Bolívar, pero es del todo inquietante que haya todavía ciudadanos responsables que lo crean así... o que necesiten venerar la liturgia política chavista.  

Antes de su advenimiento a la Jefatura del Estado, el oficial Hugo Chávez se manifestaba contrario a la dictadura, incluida la castrista. El vigente régimen bonapartista venezolano ha demostrado una incapacidad patológica para adaptarse a las circunstancias; es por ello que el chavismo, previsiblemente, sobrevivirá a sus instituciones, reconstituyéndose como corriente ideológica de un bonapartismo “izquierdista” panamericanista, en base a una retórica huera y superada, pero galvanizadora y fanática.  

Obviamente, se trata de un populismo con ribetes neobonapartistas que amenaza directamente el andamiaje de un Estado de Derecho. Recordemos el brillante estudio realizado por el profesor José Félix Tezanos sobre el neo-bonapartismo, y el populismo, en su aplicación general[1]. El bonapartismo chavista lo es en su vocación de mando unívoco, reforzado por un sentido vertical de lo político; sin embargo, el chavismo aporta al menos una particularidad significativa respecto al modelo general bonapartista: el fanatismo de su elite dirigente (en particular, el carácter dogmático de las cohortes intelectuales chavistas) ha generado un híbrido político, con fuertes elementos populistas, de tal manera que al tiempo que se pretende proyectar un discurso público que trascienda las clases sociales (bonapartismo), también se procura la ideologización interesada de la sociedad venezolana desde una posición hoscamente doctrinaria (el socialismo “bolivariano”) que, paradójica y significadamente, tiene, en la actualidad, una indiscutible base popular de apoyo en sectores sociales claramente definidos. El chavismo produce efectos disgregadores en el país, pero también en su propio movimiento político, incurso éste, como puede apreciarse, en fuertes contradicciones que –inevitablemente- provocarán mayores crisis y escisiones. Si la ideología oficial del régimen bolivariano pretende la conquista de la sociedad civil, deberá abrirse a la misma; es decir, resulta necesario asumir la pluralidad intrínseca de Venezuela. Y ello comporta, necesariamente, renunciar a la homogeneidad, rechazar el monolitismo, para asumir la viva diversidad que vertebra una sociedad abierta como la venezolana.  

La dominación carismática –recurriendo a la tipología weberiana- ejercida por Chávez puede clasificarse como característica del “gran demagogo”. Sin embargo, este tipo puro establecido por Weber aparece en el caudillo bolivariano de manera fragmentaria; el específico liderazgo de Chávez también reúne elementos y rasgos de otros tipos puros, tales como el de “profeta” e, incluso, del “héroe guerrero”. Chávez ha querido para sí una dominación carismática revestida con distintos puntos fuertes que, teóricamente, haría más resistente su poder personal a cualquier tentativa sediciosa desde dentro –o fuera- de su movimiento. Nada más lejano a la realidad. Su maniqueísmo innato le ha hecho ganar la entrega emotiva de una parte del pueblo, pero también le ha granjeado en su contra al resto del país. Una situación dicotómica que no augura la necesaria estabilidad que precisa todo régimen político. Como indicó Weber, se obedece al caudillo carismático sólo mientras sea capaz de mantener visibles –y operativas- sus cualidades como líder; “en cambio, cuando es “abandonado” por su dios, o cuando decaen su fuerza heroica o la fe de los que creen en su calidad de caudillo, entonces su dominio se hace también caduco[2]. Chávez ha generado una espiral de la cual no puede desprenderse; su agresividad verbal, por ejemplo, obedece a una mecánica volcada al mantenimiento del poder.    

El carácter profético del chavismo se manifiesta en la vocación salvífica, casi redentora, que aplica a sus proclamas y programas. Un gobierno al servicio de una “revolución” que se anuncia como el advenimiento de la verdad y la justicia plenas. La construcción utópica de un mundo perfecto que exige sacrificios personales y materiales a la comunidad de gregarios. Todo queda justificado en aras a la consecución de ese paraíso terrenal que, con sublime prodigalidad, recompensará las renuncias y sinsabores ahora ofrendados en el altar de la nueva religión política. Pero, ¿y si el parnaso de la igualdad no llega? Al objeto de conjurar la posibilidad de que la impaciencia de las bases bolivarianas derive en exigencia hacia su dirigencia, Chávez necesita producir “enemigos” sobre los que focalizar odios, resentimientos y frustraciones. Parapetos y obstáculos que impidan un análisis detenido, sereno y riguroso del chavismo –en especial, de sus deméritos. Una táctica que, temporalmente, puede tributar algún rendimiento pero que, en el largo plazo, se demuestra como una opción contraproducente para sus mismos practicantes.     

Recordemos que, entre otros efectos perniciosos, el bonapartismo –cuando brota en un sistema democrático-tiene el dudoso honor de fomentar el personalismo, reforzando el papel dirigente del caudillo carismático en perjuicio de la organización y, por ende, de las instituciones. Ello, además, también se conjuga con una tendencia a “actuar de acuerdo a la lógica que entiende la política en gran medida como espectáculo público, a través de comparecencias personalizadas del líder en los medios de comunicación social[3]. El protagonismo abusivo del líder máximo se convierte así en el mayor activo y, al mismo tiempo, en la más grave debilidad del sistema político bonapartista. La tipificación de éste, recordémoslo, surge de las cenizas de la revolución de 1848 en Francia, cuando Marx estudia el proceso de toma del poder por parte de Luis Napoleón Bonaparte, el que luego sería Napoleón III. En El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Marx diseccionó magistralmente la emergencia de una nueva clase de régimen político, basado en rasgos tradicionales y modernos, aunque volcado siempre a la conquista –y conservación- del poder desde un pragmatismo descarnado y ayuno de cualquier miramiento moral.  

Lo que Chávez pretende para Venezuela es el desmantelamiento gradual e inexorable de una democracia imperfecta e irregular, cuyos defectos nadie justifica pero que no validan la eliminación del propio sistema político representativo; más, si cabe, cuando la democracia es un hecho cultural inscrito en los sentimientos del noble pueblo venezolano. Chávez debe comprender que los problemas de una democracia se resuelven con más democracia, nunca con menos. De persistir en su deriva mesiánica, el chavismo ideológico acariciaría –inevitablemente- la tentación de proceder a la puntillosa ejecución de la propia idea de sociedad civil. De hecho, el ordenamiento constitucional del Estado de Derecho venezolano era tan resistente que pudo sobrevivir incluso a las trapacerías finales de “copeyanos” y “adecos”, cuyos estertores políticos permitieron el acceso de Rafael Caldera, por segunda vez, al Palacio de Miraflores. Éste, generalmente reconocido como hombre cabal, no dispuso de los medios ni de los recursos para enderezar la situación de su país. El acceso –en puridad, la irrupción- de Chávez a la Presidencia de la República fue el paso subsiguiente; un país político embaucado por los cantos de sirena que prometían una revolución democrática y una mejora sustancial en las condiciones de vida.  

La Cumbre de Santiago como metáfora política.

El infantilismo político de Chávez, su insignificancia histórica, quedó expuesta, de manera impremeditada, en la Cumbre celebrada en la capital chilena en noviembre de 2007. Reacciones viscerales, necesidad insaciable de reconocimiento, pulsiones narcisistas, incapacidad para asumir la crítica ni el debate, entre otros elementos igualmente susceptibles de psicoanálisis, manifiestan a una personalidad que somatiza el agravio y socializa el dolor. Las provocaciones de Chávez a distintos mandatarios internacionales (no sólo a la delegación española, aunque ésta fue la única que osó responderle con una loable inteligencia diplomática) escenificaron un conflicto más agudo: la profunda aversión que el bonapartismo chavista siente respecto a la consolidación del socialismo democrático en el continente hermano. La Cumbre de Santiago, por tanto, representa visualmente la debilidad del chavismo, no su fortaleza. Un jabalí herido que embiste con rabia salvaje contra la amenaza –cierta- de que la socialdemocracia arraigue, y triunfe, en América Latina como ordenamiento político-institucional distinto al bonapartismo populista. De manera significativa, el chavismo destila un odio ideológico brutal contra la izquierda democrática, a la que considera una competidora real sobre sus mismas bases populares.  

El régimen autocrático que, ladrillo a ladrillo, está edificando el Ciudadano Presidente de la República desprende una patología política que remite ineluctablemente a la mentalidad ensoberbecida y voluble de una patología egoísta, que pretende la autosuficiencia aun cuando es susceptible de sacudidas espasmódicas en una retórica política que le exige, ante sus correligionarios bolivarianos, sacrificar a otros “reos” de “imperialismo” -o cualquier otro “pecado”, generalmente inventado- a los cuales el líder supremo decida acusar –sea un país o un dirigente internacional, o contra una parte de sus mismos compatriotas en Venezuela-. La idea subyacente de su oratoria agresiva es que los interlocutores siempre deberán hallarse, como máximo, a la defensiva, sin capacidad de maniobra, inermes ante la posibilidad de convertirse en objetivo de la avalancha dialéctica chavista. Un Gobierno, y una nación, que se hagan respetar jamás se achantarán ante semejante agresividad.  

En este contexto, la actitud demostrada por el Rey en la Cumbre de Santiago –y, en general, por el resto del Gobierno de España, apoyado por los países más independientes a las presiones chavistas- prueba su valentía y responsabilidad; gracias a don Juan Carlos, España salvó la dignidad nacional para sí, y el respeto institucional del conjunto de Estados soberanos que integran la Comunidad Iberoamericana de Naciones. La indicación del Rey a Chávez se produjo en un contexto de plena igualdad; precisamente por ello nuestro Jefe de Estado se dirigió a su homólogo venezolano al considerar que ello equilibraría la ecuación diplomática, dado que Chávez ninguneaba con todo descaro la intervención del Primer Ministro español. Las acusaciones –y las consiguientes amenazas- proferidas por el Presidente Chávez contra la inversión española en Venezuela recuerdan más la pataleta de un niño maleducado -y algo acomplejado- tras quedar en ridículo ante todo su colegio. Recordemos la genialidad creativa de Charles Chaplin, quien  retrató espléndidamente en “The Great Dictator” la hiperactuación gestual y demás rasgos de la paranoia autoritaria. 

Ante su grey fanatizada, la leyenda de gallardía que propala el chavismo ha sufrido un duro golpe. Y Chávez lo sabe. Un régimen que hace del matonismo mediático y de la fanfarronería dialéctica armas preferentes para socializar ideológicamente a sus seguidores –y aterrorizar a sus oponentes-, ha sufrido una humillación infinita de la mano de un monarca constitucional, además de activo demócrata, con sólo cinco palabras. Un ejemplo modélico de inteligencia política y experiencia diplomática. Por el contrario, la maquinaria de propaganda al servicio del chavismo, dentro y fuera de Venezuela, lleva malgastadas miles y miles de párrafos, hablados y escritos, para justificar lo injustificable. Chávez perdió en la Cumbre de Santiago, y esto ha calado en la opinión pública internacional. En vez de pasar página, el orgullo narcisista del líder bonapartista –espoleado por la campaña a favor de la reforma constitucional- condujo a realizar declaraciones absurdas en las semanas siguientes a su fiasco diplomático. Todo ello, junto al creciente agotamiento de cada vez más venezolanos, produjo un mayor desgaste a su movimiento político y el consiguiente varapalo en el referéndum celebrado a principios de diciembre. Y todo porque su líder mesiánico se cree superador de cualquier precedente tradición política con vocación de hegemonía en América Latina.  

Lo importante para el chavismo no es la veracidad de los “cargos”, sino la efectividad sobre la opinión pública -tanto la venezolana como la internacional-. Y es que, en el fondo, el credo que predica Chávez como Sumo Sacerdote tiene ínfulas de ortodoxia pseudo-religiosa, y una tendencia creciente hacia el fundamentalismo político que, en términos prácticos, se traduce en la extensión de la tendencia autoritaria que anida en el seno de este movimiento ideológico. Aquellos que cuestionen o simplemente inquieran sobre la intención última del chavismo serán expulsados del paraíso terrenal que es el sistema bolivariano; además, sobre las cabezas disidentes lloverán improperios y descalificaciones, dudas e insidias, en la más aviesa tradición destructora del adversario. Lisa y llanamente, el chavismo se autoformula como un dogmatismo ideológico que excluye, por definición, a los disidentes e, incluso, a los “agnósticos”. Y el Estado, ese nuevo Leviatán dispuesto a casi todo, emerge en esta doctrina como primer protagonista de la vida nacional; una sociedad civil que se repliega ante el paso marcial de una dictadura en ciernes. Concentración del poder, laminación de la crítica. ¿Y la libertad? “Eppur si muove… »  

Psicología del autoritarismo mesiánico.

Como el grotesco personaje Benzino Napoloni (la acerada parodia chapliniana sobre Benito Mussolini en “The Great Dictator”), la psicología de un dictador bonapartista tiende a ser –en términos políticos- obsesiva, mediocre, rencorosa y, por tanto, voluble. Todo líder mesiánico de personalidad débil detesta hasta lo más hondo que el mundo le vea hacer el ridículo. El irreprimible afán de protagonismo es sintomático de una búsqueda constante de reconocimiento y aprobación; la necesidad –casi salvaje, que bordea el exhibicionismo- de sentirse admirado, ser el centro de atención, que le escuchen… y que le quieran; en su defecto, que le teman y le obedezcan. Efectivamente, la ya develada intencionalidad política del chavismo es la construcción paulatina de un régimen autoritario por la vía de los hechos, no tanto del Derecho declarado como tal. Se trata de restar eficacia jurídica y aplicación empírica a los preceptos garantistas que todavía subsisten en la normativa venezolana –y, sobre todo, en su sólida tradición jurídica y democrática-, sin declarar nunca la conclusión formal de la democracia y el Estado de Derecho en el país. Una metodología de poder demasiado conocida, que requiere para ello de actos de fuerza, de gestos prepotentes que, como en la insidiosa ejecutoria del fascismo europeo, busca amedrentar al entorno; conquistar antes que convencer.  

Una vez supere la rabia del episodio, es deseable que el todavía primer mandatario de Venezuela –si recupera cierta tranquilidad de ánimo, serenado su espíritu- comprenda que, incluso por encima de su ego narcisista, están los intereses de su país. La política del palo y la zanahoria que parece aplicar Chávez sólo produce una mayor sensación de inseguridad jurídica entre potenciales inversores en Venezuela. Únicamente desde un ordenamiento político y legal estable se puede asentar una fraternal relación como la que deben tener España y Venezuela. Toda presunta actuación irregular por parte de empresas y/o particulares debe ser dilucidada al amparo de una Administración de Justicia en verdad independiente y objetiva, que provea de plenas garantías jurídicas a las partes. El poder político debe abstenerse de influir sobre ámbitos que provoquen una contracción –efecto consciente del chavismo- sobre las libertades y derechos de los ciudadanos. El ejemplo de países como Brasil o Chile demuestran claramente que existe otra vía al desarrollo, reforzando la democracia, con seguridad jurídica para los empresarios y las inversiones, junto a  programas públicos que atiendan a la ciudadanía.  

Y es que la psicología política del Presidente de Venezuela retrata una personalidad atrabiliaria e insegura. A pesar de la imagen pública que difunde la propaganda de su régimen bonapartista, y su corifeo de acólitos internacionales, el señor Chávez muestra claros síntomas de perdida del sentido de la realidad política. Un grado de alienación donde el mito devora a la persona. Es probable que, a estas alturas, Chávez se crea realmente el heredero de Bolívar y la gloriosa estirpe de los próceres de la patria. Sin embargo, para una persona que hace de la fuerza resolutiva el frontispicio de su efigie ideológica, lo ocurrido en la Cumbre Iberoaméricana de Santiago de Chile, ha significado una derrota psicológica de la que el caudillo cesarista todavía lame sus heridas.  

El régimen chavista se desgasta de manera inevitable, aun cuando pueda capear algunos temporales próximos. La demagogia, y la ineficacia, devora a sus hijos. Pero la transición hacia un verdadero Estado de Derecho deberá acaecer de manera democrática y pacífica; por voluntad soberana del pueblo venezolano. Toda agresión, cualquier violencia contra el actual régimen venezolano, además de ser un acto inmoral, convertiría al Ciudadano Presidente en un icono perpetuo digno de adoración por parte de sus creyentes. Se trata de ganar racionalidad y democracia, de implantar la moderación y el diálogo, no de imponerlo a gritos. El golpe de Estado de 2002 fue tan espantoso como la intentona golpista del propio Chávez una década antes contra el gobierno legítimo de Carlos Andrés Pérez. La desesperación no es buena consejera. El golpismo y la violencia son el problema, no la solución. Las metas de Venezuela serán la reconciliación y la reconstrucción. Y ello sólo podrá suceder desde una actitud pacífica, de ejemplar ejecutoria democrática. 

La pérdida de apoyos que consume a este bonapartismo  es discreta pero creciente; y, de manera señalada, al chavismo le abandonan sus mejores elementos, los que todavía conservaban cierto criterio. Es verdad que, a pesar de esta casi imperceptible cadena de deserciones, el régimen “bolivariano” adquiere nuevos apologetas, pero también es cierto que, a pesar del indiscutible talento de algunos de ellos, otros son particularmente dogmáticos y/o interesados; los primeros, llevados de su rígido doctrinarismo, incapaces de cumplir su cometido de cautivar a la opinión pública de sus respectivos países y, claro, los segundos, más atentos ante la expectativa de conseguir los frutos de un árbol todavía aparentemente frondoso. 

Ni un paso atrás; desde el castrismo al peronismo, Chávez pretende rebasar todos los límites históricos. Ni un paso atrás; como en los funerales nibelungos, el bolivarianismo, esa construcción intelectual al servicio de la ambición ilimitada de un moderno dictador “social”, se apresta a erguirse, saludando, ante su propia muerte política.

El espectáculo debe continuar; hasta el final, desde el principio. ¿Teatro bufo? He aquí la tragedia –y la injusticia- que sufre el pueblo venezolano. El episodio de Chile marcará un antes y un después en la percepción del régimen chavista y, sobre todo, de su líder fundacional. Ante el imaginario público, dentro y fuera de Venezuela, se ha visualizado una vía de agua en la nave chavista; una fisura dentro de su régimen –que Chávez, pésimamente asesorado, hace más grande y visible ante la opinión pública internacional con sus imprudentes declaraciones-.  

Que nadie se engañe: la provocación está en la esencia misma del chavismo; no se trata de un efecto colateral, sino plenamente deliberado al objeto de poner contra las cuerdas a sus oponentes ideológicos (demócratas de distinto color ideológico). A pesar del correctivo sufrido en el referéndum del 2 de diciembre de 2007, Chavez no se moderará, porque políticamente no le interesa ni le reporta nada sustancial. El Ciudadano Presidente continuará su estilo hiriente y provocador, pero de otra manera (seleccionando con más cuidado a sus nuevas víctimas retóricas, decantándose también a realizar más crítica formal, junto a su perenne técnica del ataque visceral, etc.). Porque el conflicto que activa a Chávez sigue abierto... y la izquierda democrática no le contesta, creyendo que esto "pasará". No pasará; sus “ofensivas” aumentarán.  

Conclusión.

El carácter enfático del régimen bonapartista venezolano está al servicio de su vocación transversal, en cuanto Chávez busca la consolidación de un movimiento político superador de las clases y de las ideologías tradicionales. Aun manteniendo la forma de un “socialismo” sui generis, Chávez no es un izquierdista típico; y esto es lo que confunde a las identidades políticas convencionales (sean democráticas o no). Necesita –obsesivamente- la polémica endémica, la amenaza estridente, para difundir su bonapartismo como nuevo Rubicón que separe la mala de la buena hierba. Su planteamiento maniqueo pretende crear un cisma, una división social como nunca antes se haya visto en demasiados países de América Latina. Lo inquietante, lo grave, es que Chávez está consiguiendo ese objetivo. En un contexto de enfrentamiento, de choque entre bandos rivales, sólo un “caudillo” como él pretende ser –u otros émulos que surjan y/o le sucedan en nuestra querida América- podrán presentarse como solución para las aflicciones de la patria. Líderes fuertes, resolutivos, militaristas, enérgicos... con algo de política social y mucho de propaganda mediática. Sin embargo, el desgaste de su carisma, y la afección a su posición institucional, se dejará sentir a medio plazo. La Historia recomienza en cada ilusión humana, y la libertad es su ansía perpetua, irreductible a cualquier amenaza o presión. La democracia como ejercicio de dignidad humana, de discernimiento intelectual, de crítica racional; y la libertad, siempre, su vocación perenne.  


[1] TEZANOS, José Félix: “Populismo, corporatismo y neo-bonapartismo”, Sistema, Madrid, número 129, pp. 11-24.

[2] WEBER, Max: Economía y sociedad. Esbozo de sociología comprensiva. México, Fondo de Cultura Económica, 1984, pág. 712.

[3] TEZANOS, José Félix: Art. cit., pág. 22.

 

(*) Crónica y Análisis publica el presente artículo por gentileza de su autor, el politólogo José Jesús Sanmartín Pardo. 

José Jesús Sanmartín Pardo

       Profesor de Ciencia Política y de la Administración, Universidad de Alicante.

Consultor internacional.

Evaluador (Proyectos de Investigación, solicitudes de becas al extranjero, etc.) de la Agencia Nacional de Evaluación y Prospectiva, desde junio de 2001.

Director del curso “Teoría Política” (199 horas lectivas), impartido durante el curso 2007-2008 en la Universidad de Alicante.

Profesor del curso "Modern Political Theory", impartido en inglés desde septiembre hasta diciembre de 2004 y desde febrero hasta mayo de 2005 (cuatro horas lectivas semanales) para estudiantes internacionales matriculados en la Universidad de Alicante.

Profesor del curso “Politics and Minorities”, impartido desde febrero a mayo de 2005 (cuatro horas lectivas semanales) para estudiantes de Estados Unidos, dentro del programa conveniado entre el Council on International Educational Exchange (CIEE) y la Universidad de Alicante.

Colaborador del Seminario Permanente de Filosofía Política, Departamento de Ciencia Política y de la Administración II, Universidad Complutense de Madrid, desde diciembre de 1999.

Miembro de la Junta Directiva (Vocal de Asuntos Internacionales) de la Asociación Española de Estudios Canadienses desde noviembre de 2002 hasta junio de 2005.

Colaborador Honorario del Departamento de Ciencia Política 2, Universidad Complutense de Madrid, desde el 1 de octubre de 2002.

Miembro fundador de la Asociación Foro Interno, con sede en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, dedicada a la promoción de la investigación.

Su correo electrónico es: jose.sanmartin @ ua.es 

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