PERIODISMO INDEPENDIENTE        ZONA NORTE Y NOROESTE GBA
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PADRES Y MADRES VIRTUALES

Por Luis Buero

En épocas de mi bisabuela, los hijos eran de la mujer, que debía parirlos y criarlos, mientras su marido trabajaba todo el día, y luego él se iba al bar de la esquina a jugar al billar o al truco con sus amigos, y  cuando volvía a casa sus críos los trataban de usted.

En los años 60 y 70, los pediatras y obstetras comenzaron a enseñarle al varón que cuando su esposa quedaba encinta ambos estaban embarazados, y que él era co-protagonista en todo este proceso, y después del nacimiento también, y de por vida.

Los cambios sociales y culturales dieron origen a una nueva clase de padres comprometidos, para los cuales la función paterna dejó de ser sólo la del proveedor del dinero y de la Ley, como dicen los libros.

Y así aparecieron los cultores de la paternidad responsable.

Fueron aquellos hombres que tuvieron que hacer de tripas corazón y participar del parto ayudando a la futura mamá, y se animaron a cortar el cordón umbilical y a dar el primer bañito a sus bebés. Aprendieron a cambiar pañales, a preparar biberones y papillas y a consolar al lactante de noche, si se le ocurría llorar cada tres horas. Se animaron a susurrar el “arrorró mi nene”, o despertarlos con aquella otra canción que decía que el gallo Pinto se durmió y esta mañana no cantó. En síntesis, se dieron cuenta que ese “trabajo” que le asignaban era un placer que se habían perdido de disfrutar durante generaciones, y que el concepto de masculinidad había dado una vuelta de página irreversible. En los 80 ya era común ver a muchos papás en reuniones de colegio, o cargando a sus hijos en colectivos o llevándolos en el cochecito de un lado para otro.  Y cocinaban y  les leían cuentos de las buenas noches, mientras su mujer estudiaba en la facultad.

Se formó así una nueva raza de machos enamorados de sus hijos, que habían re-significado la palabra familia, y revalorizado el vínculo paterno-filial,  cicatrizando tal vez con ello, sus propias heridas de la infancia.

Muchos integrantes de esa nueva clase de padres debieron luego soportar el duelo terrible de la separación de sus hijos en el momento del divorcio. Ningún film relata mejor que Mrs. Doubtfire (Papá Por Siempre) el drama y el sentir de un hombre al tener que interrumpir la convivencia con sus hijos, por separarse de su mujer.

Y  llegamos al 2006,  época en la que, creo,  el gran drama lo sufren los locos bajitos, que son como Pokemon, un ídolo de animación, para algunos papis y mamis que padecen el Síndrome de Peter Pan.

Sí. Muchos jóvenes tienen descendencia porque hacen el amor sin cuidarse, y después no saben qué hacer con el paquete. Allí entran en acción abuelas, tías, maestras y vecinas generosas, que crían a esos niños porque sus padres  y madres virtuales están ocupándose full-time de su autorrealización constante, con los ojos clavados en el ombligo, luchando desaforadamente para que la Nada que los espera parezca injusta. 

CELOSOS Y CELADOS ANÓNIMOS

TALLER DE REFLEXIÓN

SOBRE LOS CELOS  EN LOS VÍNCULOS COTIDIANOS.

cinco encuentros a partir del miércoles 10 de mayo a las 19 horas
los miércoles de 19 a 21

 DESTINATARIOS: CELOSOS Y CELADOS, SOLOS/AS  O PAREJAS.

 

A CARGO DE

 LUIS BUERO

(PSICÓLOGO SOCIAL)

ENTRADA LIBRE


LA TEVE DE UN MUNDO INSEGURO

Por Luis Buero

¡No olviden el pochoclo y el algodón! Desde hace tiempo tenemos en pantalla necropsias reveladoras, y en poco tiempo disfrutaremos de un  ciclo de crímenes irresueltos donde veremos las fotos de restos humanos descompuestos en la bañera, en los pozos ciegos y en una alguna cañería de agua tapada.

Y aunque los sobrinos del Tío Sam duden que a Kennedy lo haya matado Oswald, en la pantalla nos siguen convenciendo en excelentes ficciones y documentales,  que ellos con un pelito de ameba del cuerpo del occiso averiguan hasta la dirección de la maestra de primaria del bastardo que lo asesinó. Aunque aquí también filmamos forenses piolas en tevé, que nos transmiten las voces de hematomas y cuchilladas, ya que como ellos dicen, el cadáver habla.

Pero, como si nos faltaran achuras y chinchulines de víctimas de los crímenes criollos y foráneos, también se han agregado los realities que compiten con las versiones extranjeras de cirugías y reconstrucciones de rostros y otras partes del cuerpo. Nos sorprenden con operaciones de cambio de sexo en vivo y en directo, rostros con atrofia muscular  y labio leporino que se abren al ojo de la cámara para que veamos cómo un bisturí los transforma en segundos. Y eso no es todo, también nos proveen series en las cuales las protagonistas charlan con los muertos, cuyos fantasmas vuelven a la Tierra a reconciliarse con los seres queridos y saldan todas las cuentas pendientes hasta que una luz divina se las lleva.

Tengo la imprecisa alucinación de que cada vez que los Estados Unidos padecen un presidente belicista, de esos que exportan guerras o hacen que su gente esté en peligro de sufrirlas en su territorio, aparecen (mágicamente) programas y películas que nos ayudan a digerir el antes, el durante y el después de una conflagración mundial. Y no me refiero a una propaganda directa que nos muestre que los rusos, latinos, vietnamitas, negros  y  árabes son los malos. Si no a algo más subliminal aún, como si nos dijeran: “no es tan impresionante ver un tipo estropeado por un misil,  y si se va para el otro lado, no te preocupes que alguna médium lo comunica con el presente y viene cuando se le canta”.

En la película EL ESPÍRITU DE LA COLMENA, de Víctor Erice, se muestra un pueblo pequeño, perdido en la meseta española en 1940 al cuál llega como estreno la película Frankenstein. En el desvencijado salón donde se exhibe el film, entre el público, hay dos niñas, Ana e Isabel,  que miran atentamente la película, y luego a la noche, Ana le pregunta a su hermana porqué el monstruo mata a la niña luego de regalarle una flor, y porqué al final muere él también. Interesante duda de la chiquita que no hallaba en la lógica interna del guión una causa cuyo efecto fuera ese acto de violencia extrema. Nosotros tampoco, pero mientras tanto ya nos acostumbramos a cenar presenciando una autopsia en colores, mientras mojamos el pan en la salsa.


AQUELLAS PEQUEÑAS COSAS

Por Luis Buero

Cuentan que un  alumno le preguntó a su maestro hindú: ¿qué es la vida? . Y el viejo sabio lo condujo a la orilla de un río cercano y le pidió que introdujera la punta del pie en la corriente de agua. El joven comprendió, igual que nosotros, que lo vital fluye y nadie puede detenerlo. Tal vez por eso la memoria emotiva busque instalar hitos, faros en la noche que nos permita conservar, al menos en ciertos objetos, la certeza de que alguna vez existieron aquellos momentos que añoramos.

Claro está que esas cosas ( para los demás totalmente inútiles) que se guardan, son distintas si el coleccionista de melancolías es una mina o un tipo.

Por ejemplo, cuando se convive con una mujer no nos tiene que hacer saltar la térmica descubrir que ella conserva cartas de amor de novios anteriores, y alguna foto del pelmazo que le dio el primer beso debajo de una palta, y el osito de peluche que le regaló, vaya uno a saber  cuándo. Toda dama acostumbra cajonear las zapatillas de ballet clásico que usó cuando tenía siete años, y la cajita de música que le regaló un tío del campo para la primera comunión. También ellas son de preservar cosas del padre: una vieja máquina de escribir si fue periodista, un barómetro de barco si el papá era marino mercante, la filmadora a cuerda si le gustaba realizar cine casero o algo más chico como una pipa, un libro, o una herramienta de trabajo que siendo de hierro jamás se oxida. De la abuela custodian las copas talladas y las sábanas bordadas, el palo de amasar y el mortero para apisonar la albahaca, que tal vez conviertan en macetero. De los hijos se quedan con mechones de cabellos del bebé, y el primer dientecillo que se le cayó y dio cabida a la leyenda del ratón Pérez.

Los varones en cambio tendemos a quedarnos con una pelota de fútbol de la infancia, que por alguna razón no se desinfla, o un soldadito atónito que ignora, como su dueño, dónde fue a parar el ejército que lo acompañaba, y tal vez un boletín que denuncia lo mal que nos llevábamos con la profesora de matemáticas. Otros ocupan algún sector del placard o biblioteca con los discos de pasta de Sótano Beat, Leonardo Favio  y Johnny Rivers.

Claro está que, guardar por guardar, también nos puede tocar cohabitar con gente rara. A saber: aquella que te trae al departamento un cacho de árbol petrificado de no sé qué bosque glaciar, o un retrato del bisabuelo bucanero que te mira desde el óleo como si le debieras plata, o un cartel indicador que se robó de la calle donde nació, y que te lo pone sobre la chimenea o la parrilla. Pero el más dramático es el caso del Dr. Katsusaburo Miyamoto, médico y naturalista japonés que amaba mucho a su esposa Carmelita Colombo, y cuando ésta falleció, embalsamó y conservó el cadáver en su casa de Rosario, para seguir viéndola todos los días. En fin, ¿será por todo esto que se dice que la felicidad no se vive, si no que sólo se recuerda?.


ARGENTINA MÁGICA Y MISTERIOSA

Por Luis Buero

Desde que tengo memoria he visto gente persignarse si se les cruza un gato negro, escaparle a pasar debajo de una escalera, revolear sal para atrás para hacer desaparecer las verrugas, y gritar que les han hecho un mal de ojo cuando tienen una cefalea horripilante. Son los mismos que cruzan los dedos ante un cortejo fúnebre, se quiere matar si rompen un espejo, te aconsejan llevar una cintita roja en la muñeca contra la envidia, y no salir de casa los días 13, en especial si son martes. De tiempos remotos nos llegan creencias ancestrales sobre el espíritu benéfico que habita en los árboles (¡toco madera!), y nos previenen que abrir una sombrilla o un paraguas dentro de una casa es un terrible sacrilegio. Para peor, a la lista de supersticiones, leyendas urbanas y yetas populares se suman las propias de cada profesión. Los actores evitan el amarillo si tienen un estreno, y gritan “¡mucha merde!” y no ¡buena suerte!, recordando sin saberlo a aquel teatro francés de siglos pasados en el que los espectadores llegaban en caballos y carretas, y si el espectáculo era un éxito el suelo quedaba más que abonado por los bollitos equinos. Los capitanes de ultramar aconsejan no contar nunca los escalones al subir y bajar en los distintos niveles de la cubierta del barco, ni llevar plantas de batata a bordo.   Los marineros deben subir por estribor, poniendo siempre primero el pie derecho al ascender. Las bailarinas clásicas se desean un “que te rompas una pierna”, y los deportistas se inventan una cábala antes de cada encuentro.

Sí, fuimos criados para vivir en el marco de lo práctico y urgente, y la filosofía de Descartes (pienso, luego existo) tiñó toda nuestra educación.  Sin embargo nuestra capacidad (léase necesidad) de creer en lo mágico y lo misterioso nunca se agota. Y en la querida Argentina la superstición goza de buena salud, ya que nuestra mente es aficionada a extraer causas de las casualidades, y si mañana a alguien se le ocurriera rumorear que el azul es color de mala suerte,  hasta los policías se vestirán de naranja.

Pero todas las supercherías del mundo se agotan en tres deseos: salud, dinero y amor.  El bicho humano desconfía de lo que le puede deparar el destino, y nuestro inconsciente vernáculo, que desciende de la paciencia desafortunada de los indígenas, y del desarraigo melancólico de los inmigrantes, no es proclive al optimismo. Por el contrario, llevamos el tango en los ovarios.

Entonces,¿qué mejor ansiolítico que una buena pata de conejo en el bolsillo? Todo intento de exorcizar la incertidumbre y la falta de confianza en nosotros mismos vale. Por eso les aseguro que si fotocopian esta nota y se la envían a siete amigos por correo ya mismo, en cuatro días recibirán un dinero impensado, tendrán excelente salud en el año que corre, y espantarán para siempre la soledad. Eso sí, ojo, no se les ocurra cortar esta cadena.


TODOS MIRAN LA COLA

Por Luis Buero

Yo creía que los hombres prestaban atención a qué trae descubierto una mujer, y ellas, en cambio, observaban  si el tipo que se acercaba venía en bicicleta o en Mini Cuper.

Sin embargo quienes se dedican a investigar estas menudencias dicen otra cosa.

Si, ya sé, lo esencial será invisible a los ojos, pero resulta que como de un cuerpo salimos y a un cuerpo vamos, cuando ellos o ellas ven por la calle a alguien que les gusta, de entrada se detienen en observar cómo lleva combinados los músculos, (el alma queda para después), y en cuanto el objeto de deseo pasó de largo,  le enfocan la mirada en el trasero. Es como un deporte nacional y las estadísticas lo confirman. La última de estas encuestas la realizó el diario La Gaceta (de Tucumán) en enero pasado, y la cola se llevó todos los votos. Según confesaron las casi dos mil personas entrevistadas, esa parte del organismo humano despierta la atracción, la curiosidad,...y hasta la pasión.  ¡Mirá vos!  Y en orden, luego, les siguen las lolas, los ojos, las piernas, las manos, el cabello y la espalda.  ¿Y la simpatía, la personalidad, el buen humor, la inteligencia?.   Si, son importantes, pero a esa persona....¡Che, qué bien se la ve cuando se va!.

Las colas humanas son, digamos, una entidad en sí mismas. Se exhiben sin pudor en tapas de revistas, programas de televisión, playas y películas. Son pacientes de tratamientos para la llamada piel de naranja, la celulitis (dramas cotidianos de muchas mujeres),  y  hasta algunos varones se hacen cirugías estéticas para darles cierta expresión aristocrática y tentadora. Y ni una jueza de la Corte Suprema ni el campeón negro de golf pueden salvarse de comentarios sobre su región sacro-coccígea, ni de los más variados piropos, desde el muy obsceno hasta el más conmovedor. La pregunta ahora es: ¿por qué la cola sí y el codo no?

 Nunca faltará un psicólogo que nos diga que las nalgas, por su forma, proveen cierta reminiscencia de los pechos de mamá, aquel sitio de alimento y placer de nuestros primeros tiempos de vida. A este comentario un antropólogo agregaría, tal vez, que en la prehistoria los primitivos cavernícolas tenían sexo como el resto de los animales, en “la posición del perrito” para ser más claro, y que una buena cola, firme, dura, de ideal tamaño, fundamentalmente en el macho, era propicia para garantizar en el movimiento un buen coito, y por ende la reproducción de la especie.

Ahora bien, tanto en la Edad de Piedra como hoy, el bicho humano se viste con ropajes que resalten sus atributos seductores. Lo hace porque siente que el cuerpo es amable sólo bajo la mirada aprobatoria del 0tro. “Deséame y existiré” parecieran gritar Adán y Eva  en su exhibirse desesperado para excitar, pero  con cara de yo no fui, pues en el fondo de su corazón cada uno de ellos sabe que cuando invocas a los ratones de los demás, si aparecen, ya no hay Paraíso que te  proteja.


VIAJE AL PASADO PARA DOS

Por Luis Buero

Cuando te divorciás y tenés hijos en común con tu pareja, es seguro que seguirás viéndola por mucho tiempo.

Hay súbitas anginas rojas de los críos, sus cumpleaños, los actos escolares donde actúan disfrazados de Beruti, y velorios del perro y la tortuga, que reúnen tarde o temprano a todo varón con su ex. Pero el tiempo pasa, los chicos crecen y los encuentros se vuelven cada vez más esporádicos, hasta que un día viene a vernos el nene, que ya es abogado y tiene casi 30 años,  y nos anuncia: “papá,... ¡me caso!”.

Y mientras uno se da vuelta y empieza a buscar donde quedó aquel gurrumín que se enredaba en nuestras piernas,  llega la noche del casamiento y ésta se convierte en la más sorprendente oportunidad de viajar al pasado que conozco. Pero es una travesía para dos, porque el padrino, el papá del novio (en este caso, yo)  va con su nueva mujer al evento, y se transforma en un sorprendido guía turístico de su vida anterior, pues acaba de entrar en un escenario donde aparecerán personajes que ya tenía olvidados en el guión de su existencia. Te lo cuento para prevenirte, por si todavía no te ocurrió. Tomá papel y lápiz.

Por empezar, cuando uno llega a la iglesia nota que  hay unos tipos pelados y canosos, y algunas señoras gordas y pintarrajeadas que saludan desde lejos, y uno murmura“¡estos colados qué caraduras que son!”. Alguien  rápidamente te informa que son los hermanos y  amigas de tu ex, que no ves desde aquel verano en que se separaron Los Beatles.  Muchos niños descendientes de aquella parentela política que quedó atrás, ya son tipos más altos que el mago Emanuel, al igual que los compinches del propio hijo, que eran sonrientes carasucias que venían a pedirte que les devuelvas la pelota, y hoy te saludan enfundados en sus trajes de señores y te dejan tarjetas de ingeniero o mayorista de no se qué. Y  si hay, te aseguro,  un comando de  nave preferencial para realizar esa travesía en el tiempo es la mesa principal de la fiesta de casamiento. Desde allí, en cada rincón del salón verás reunida, compacta, una parte de tu pasado, cuya reducción fenomenológica te sorprende en esos videos caseros que se exhiben para la ocasión, donde se cuenta la biografía de los novios y se muestran fotos que por no tener el álbum a mano, ya habías olvidado. Y mientras tu ex habla de la humedad con tu nueva esposa, no es raro que te sientas como un esquimal aterrizado en Copacabana, y quieras huir a la brevedad de allí.

Pero finalmente llega el día después y descubrís que sobreviviste y has vuelto al presente con una lágrima en una mano y el souvenir de la boda de tu hijo en la otra; y a tu corazón, que de tantas emociones vibra enloquecido,  llega la hora de calmarlo con palmadas simbólicas, como a un caballo enardecido al que es preciso decirle al oído, con voz pausada, que ya todo pasó y está bien, que está bien, que ya está bien,  que todo está muy bien.


ESPEJITOS DE COLORES...  ¡ LLAME YA!

Por Luis Buero

El 12 de octubre de hace más de quinientos años, don Cristóbal Colón llegó a estas tierras y los atónitos habitantes de América vieron cómo de sopetón les desembarcaban en un instante toda la cultura, la religión, y el sistema de vida de los europeos.

Los hombres blancos traían consigo los “adelantos”: las armas de fuego,  la rueda y  los espejitos de colores, y se llevaron todo el oro de indígenas cuya civilización fue herida de muerte con algo más fuerte que el hierro y las armaduras: la sociedad mercantilista, y la idea de que sin ella no podemos vivir.

Desde entonces se instaló una filosofía que maduró en las colonias luego de las invasiones inglesas y que jamás se detuvo hasta hoy. Porque españoles, ingleses y finalmente americanos, se encargaron de contarnos que no somos de carne sino de costumbres, y la principal es la del consumo.

En síntesis, todo lo que yo supuestamente requiero para ser feliz hay otro que lo está inventando y me lo puede mandar a casa sin que yo levante el trasero de mi silla.

Hasta hace unos diez años todavía era posible que un vendedor golpeara la puerta de tu casa para ofrecerte alarmas contra robo o cacerolas de acero inoxidable. Hoy le toca el timbre a tu pantalla, porque los medios electrónicos permiten el “call to action”, técnica de mercadeo que viene de United States, y que desde Panamá hasta Ushuaia intenta que el telespectador se motive y compre por impulso un producto pensado para su satisfacción.

¿Y qué le ofrecen? Cosas imprescindibles: una máquina para pelar huevos duros, un cuchillo regulable para cortar fetas perfectas, una caña de pescar que se puede llevar en la guantera del auto, plantillas para zapatos que te hacen adelgazar, la crema de baba de caracol para el acné y las arrugas, y el  audífono que permite escuchar hasta cuando chocan dos hormigas.  Y si te comunicás ya, te mandan otro de regalo. O sea que en vez de tener una cosa al cuete, por el mismo precio obtendrás dos.

Los dueños de empresas que crean esta “Shopping Tv” y que generan estos infocomerciales aseguran (aunque no hay estadísticas que lo comprueben) que cada vez son más las personas interesadas en adquirir esos utilitarios por este sistema.

Todo es posible, sin embargo creo que el argentino, y con razón, es extremadamente desconfiado y le cuesta largar un peso antes de manipular las mercaderías y ver si realmente cumplen lo que prometen, o simplemente sentir qué les devuelven los objetos al tacto. 

Aún así, expertos en marketing afirman que hay televidentes que son reactivos ante la “offer tv” y compran por impulso. Y muchas veces se ensartan con algún accesorio impresentable que no sirve para nada.

Pero el antídoto para ellos es imitar a nuestras abuelas, que no se llevaban ni un tomate sin tocarlo y sopesarlo, o mejor, recordar al noble  romano Séneca, aquel estoico filósofo que dijo alguna vez: “cada día son más, las cosas que no necesito”.


EL ZAPPING DEL AMOR

Por Luis Buero

Las tele-audiencias y las mujeres tienen algo en común, son absolutamente imprevisibles. Pero esa no es la única coincidencia.

Vayamos a las otras:

1)          Los hombres y los medios de comunicación viven probando supuestas fórmulas del éxito que a veces los llevan más rápido al fracaso.

2)          El canal de televisión oficial tiene la pantalla helada por falta de fondos, y un empleado estatal que gana el sueldo mínimo no “levanta” ni la ceniza del piso.

3)          Las madres instruyen a sus hijas desde que son niñas sobre cuál es el mejor tipo de varón, donde está lo apolíneo y en que sitio indeseable, lo dionisiaco.  Del mismo modo las escuelas promueven en la sociedad el valor de lo educativo.  Pero como cantaba Bandana, “entonces llega la noche/ no hay tiempo para el reproche”...y así es que las chicas, como las grandes masas,  terminan siempre eligiendo el programa trivial, superficial y pasajero.

4)          Aquellas que descubren que ese novio o marido tan divertido y light , es también vago, infiel, adicto a la ginebra y golpeador, lloran ante todo el mundo, con igual fuerza que la opinión pública expone su queja contra la telebasura....pero a la hora de usar el control remoto parece repetir como el dúo Azúcar Moreno: “¡Devórame otra vez!”.

5)          Es bueno reconocer que no tienen mucho para elegir, los ciclos y los muchachos se muestran más producidos gracias a la tecnología y los cambios de color, pero el contenido es muchas veces pobre, agresivo y reiterativo,  y las damas y las grandes mayorías terminan resignándose con un “es lo que hay”.

6)          Aquellas privilegiadas que pueden viajar o frecuentar distintos estratos sociales quizás tengan más opciones de encontrar un macho a su gusto, o conquisten millonarios extranjeros, y hasta es probable que aprendan a decir  “este tipo es un estúpido” en distintos idiomas. Y la gente que se adhiere al “pay per view”  gozará, a través del servicio de abono, de infinitas señales satelitales,  y hallará, por ejemplo, una manera de  curar el insomnio viendo la final de waterpolo entre Marruecos y  Bosnia por el canal 247.

7)          Algunas jóvenes se enamoran de los pendeviejos, y disfrutan de sus permanentes referencias al long play doble de Los Beatles; y nadie puede negar que las repeticiones en blanco y negro de Volver, Retro y similares, tienen sus seguidores y anunciantes.

8)          Sin confesarlo, una parte de la población hace zapping a la noche entre Discovery Channel, la televisión abierta y los codificados de sexo explícito, de idéntica manera que algunas corderitas y varias maduritas salen con tres en la misma semana, uno porque es culto, el otro porque es seguro y conocido, y el tercero porque es un tigre en la cama.

Para terminar, están aquellas Julietas y teleaudiencias que no sintonizan ni la señal de ajuste, tienen el control remoto sin pilas,  y  hace tiempo que solo leen de noche, pero esa, queridos amigos,  esa  si que es otra historia.


DOS CAMINOS PARA UNA MUJER INVISIBLE

Por Luis Buero

Hermana terráquea, si tu pareja nunca te mira, desayuna detrás del periódico y cena con el control remoto en la mano,  y cuando le hablás te contesta de mal modo con oraciones de dos palabras como Tarzán, alpiste perdiste, te has convertido en la mujer invisible, y él pasó a ser uno de esos tipos que no abandonan a la esposa con tal  de no tener que darle el beso de despedida.

Ahora bien, ante una Eva que se precie, malherida en su narcisismo, se abren dos caminos. El primero sirve si quiere  volverse comestible ante los ojos de tu congelado Adán, y para eso hay varias opciones que pueden enumerarse de mayor a menor según su costo de realización. Veamos:

1)        Hacerse un transplante de cara (como Isabelle Dinoire en Paris). El problema es que debería ser el rostro de una finada, y no cualquiera, ya que para despertar la atención de tu bello durmiente necesitas algo bien fuerte,  por lo tanto tienes que esperar que alguna modelo internacional famosa contrate al ex chofer de Lady Di para escapar de los periodistas y ...todo lo demás son trámites.

2)        Algo menos eventual puede ser intentar un operativo de reciclaje local rápido: por ejemplo, un combo que comprenda “lolas” más grandes, estiramiento de pómulos, inyección de colágeno en los labios, y cirugía de nariz para dejarla pequeña y respingadita.  En nuestro país hay médicos excelentes que en unas horas pueden transformar La Gioconda en Amira Yoma.

3)        Para quienes le temen al cuchillo existen los tratamientos faciales y corporales, el drenaje linfático, los masajes con piedras calientes, el peeling, la dermopigmentación, la permanente de pestañas, la terapia del arco iris y la tintura para el cabello.  Eso sí, vas a tener que renovar la cédula porque ni tus hijos te van a reconocer cuando vuelvas.

4)        Otro detalle importante es renovar el carácter: la mujer deseable (acorde a las fantasías sexuales masculinas) es como Luciana Salazar en las fotografías, está siempre insinuante, dispuesta, maquillada, con poca ropa, y sobre todo, callada.

Ahora bien, también existe la posibilidad de intentar otro camino. Esto ocurre cuando una mujer se da cuenta que ella misma sostiene con la mano el hilo que la ata.  En ese caso las variantes a seguir pueden ser distintas.  Veamos:

1)     Dar un shot  en el trasero al marido embalsamado y que el botox se lo agarre él comiendo canelones en lata cuando nadie le prepare ni un té con limón.

2)     Una vez libre del cadáver insepulto, la cosa pinta para que Julieta cumpla sus asignaturas pendientes, todo lo que dejó de hacer por esa media naranja que se transformó en perejil. Esto le devolverá la sonrisa perpetua y una luz al rostro que encandilará a todos, y sin dudas, pronto se le acercará el Romeo que la atienda como corresponde.

Así es, mujer invisible, los caminos son dos, ya que como afirma una famosa frase, envejecer es inevitable, pero crecer es opcional. ¿Vos cuál elegirías?

LA TV EN UN MUNDO INSEGURO

Por Luis Buero

¡No olviden el pochoclo y el algodón! Desde hace tiempo tenemos en pantalla necropsias reveladoras, y en poco tiempo disfrutaremos de un  ciclo de crímenes irresueltos donde veremos las fotos de restos humanos descompuestos en la bañera, en los pozos ciegos y en una alguna cañería de agua tapada.

Y aunque los sobrinos del Tío Sam duden que a Kennedy lo haya matado Oswald, en la pantalla nos siguen convenciendo en excelentes ficciones y documentales,  que ellos con un pelito de ameba del cuerpo del occiso averiguan hasta la dirección de la maestra de primaria del bastardo que lo asesinó. Aunque aquí también filmamos forenses piolas en tevé, que nos transmiten las voces de hematomas y cuchilladas, ya que como ellos dicen, el cadáver habla.

Pero, como si nos faltaran achuras y chinchulines de víctimas de los crímenes criollos y foráneos, también se han agregado los realities que compiten con las versiones extranjeras de cirugías y reconstrucciones de rostros y otras partes del cuerpo. Nos sorprenden con operaciones de cambio de sexo en vivo y en directo, rostros con atrofia muscular  y labio leporino que se abren al ojo de la cámara para que veamos cómo un bisturí los transforma en segundos. Y eso no es todo, también nos proveen series en las cuales las protagonistas charlan con los muertos, cuyos fantasmas vuelven a la Tierra a reconciliarse con los seres queridos y saldan todas las cuentas pendientes hasta que una luz divina se las lleva.

Tengo la imprecisa alucinación de que cada vez que los Estados Unidos padecen un presidente belicista, de esos que exportan guerras o hacen que su gente esté en peligro de sufrirlas en su territorio, aparecen (mágicamente) programas y películas que nos ayudan a digerir el antes, el durante y el después de una conflagración mundial. Y no me refiero a una propaganda directa que nos muestre que los rusos, latinos, vietnamitas, negros  y  árabes son los malos. Si no a algo más subliminal aún, como si nos dijeran: “no es tan impresionante ver un tipo estropeado por un misil,  y si se va para el otro lado, no te preocupes que alguna médium lo comunica con el presente y viene cuando se le canta”.

En la película EL ESPÍRITU DE LA COLMENA, de Víctor Erice, se muestra un pueblo pequeño, perdido en la meseta española en 1940 al cuál llega como estreno la película Frankenstein. En el desvencijado salón donde se exhibe el film, entre el público, hay dos niñas, Ana e Isabel,  que miran atentamente la película, y luego a la noche, Ana le pregunta a su hermana porqué el monstruo mata a la niña luego de regalarle una flor, y porqué al final muere él también. Interesante duda de la chiquita que no hallaba en la lógica interna del guión una causa cuyo efecto fuera ese acto de violencia extrema. Nosotros tampoco, pero mientras tanto ya nos acostumbramos a cenar presenciando una autopsia en colores, mientras mojamos el pan en la salsa.


REMEDIO PARA FAMILIAS (*)

Por Luis Buero

Yo nunca pude precisar el momento exacto en que comenzó el plan de destrucción, pero sería una tontería negarle importancia a la anuencia de los chicos,  y al genio increíble de mamá.

No sé, nunca supe porqué nos envolvió esa decepción repentina, ese extraño hastío. Después de todo, papá nunca había sido un Cid con tiradores, y su apariencia de queja vertebrada quizá se debiera a que dentro de su mínima cultura de primer grado inferior existió siempre una pequeña luz que le hacia presentir este mundo hostil, solitario, enfermo de subestimaciones y costumbres, que nos deshabita. Pero nunca transmitió nada; se dejó encasillar, se dejó dominar por los gritos de mamá (alaridos de los ojos, esos que duelen) o los “andáte al diablo” de nosotros, cuando pudimos defendernos de él.

Claro, la cosa había cambiado, ya aquel padre golpeador había envejecido y no podía imponer su razón o sin razón con el cinturón, el manotazo de su palma pesada,  o la pena de ir a la cama sin cenar. Hugo casi médico, a Héctor le faltan dos materias para terminar arquitectura, Palmira era ya la secretaria privada de un importante editor, y yo, el menor, acababa de ingresar a la carrera de abogacía. Todos jóvenes, inteligentes, ambiciosos, pero a la vez embriagados por una sensación inevitable de planeta desierto, de plaza vacía, de pueblo abandonado.

Ya papá casi no contaba en la familia; su viaje diario constaba de dos escalas por la mañana, una en el baño más amplio y sin tardar mucho, la otra durante el té con leche, escondido entre las altas sillas de cedro barnizado, y nuestros cuerpos de estatuas inmutables. Apenas algún comentario sobre un nuevo chiste verde escuchado en el trabajo, o la idea de plantar malvones en el jardincito del fondo componían la iniciativa de papá. Aunque no debo olvidar la tímida sugerencia de comprar un pomo grande de crema hecha con aceite de bacalao, para las paspaduras. El viejo almorzaba o cenaba solo, en silencio, antes o después que nosotros.

Además podía, se lo teníamos conscientemente permitido, caminar de un lado a otro del comedor y silbar un tango de Cobián, pero él no tenía muy presente ese derecho y hacía sus travesías interiores cabizbajo, como pidiendo disculpas por ocupar el aire.

Sabíamos que papá hacía el mejor asado, coleccionaba llaves y era un experto evaluador de cueritos de canilla, pero jamás le permitimos demostrar sus habilidades, no lo dejamos probar al pobre maldito; tal vez un hombre ingenuo como él hubiera podido ayudarnos a arrancarnos esta araña interior que ahora nos consume.

Y un día enloquecimos. Creo que todo comenzó aquella noche en que Palmira comentó que iba a salir con el novio y aseguró que no pensaba volver hasta el día siguiente. Mamá no puso objeción; no sé, y es feo decirlo, si fue porque realmente no le molestó el asunto o nada más que para contrariar a papá. Lo cierto es que cuando papá corrió gritando de manera descomunal para detenerla, Héctor le hizo una zancadilla y el cuerpo del viejo rodó estrepitosamente por las escaleras del living.

Era la primera vez que pasaba algo así, y aunque parezca raro e inconcebible, a todos nos pareció bárbara la impulsiva iniciativa de Hectorcito; si hasta gozamos uno a uno los golpes de papá entre escalón y escalón, explotando de bronca y sin dejar de insultarnos hasta chocar la boca contra la alfombra. Héctor  fue el secreto portavoz de nuestro odio, esa furia de la que no se habla nunca porque este tipo de sentimientos no está permitido. Si, Héctor abrió una puerta que ya nunca pudo cerrarse. Ahí, pues, comenzó todo, porque para que Palmira pudiera irse tuvimos que atarlo a una silla, y lo que al principio fue una absurda pero divertida irreverencia, mezcla de juego y alegre desahogo, ser convirtió con los días en un habito incansable de fiereza progresiva, y poco  a poco, gracias a la fértil imaginación de mamá y a nuestros conocimientos bien adquiridos fuimos esparciendo con eficiencia la ira insólita pero voraz que a menudo despiertan esta clase de hombres.

Para mamá, para nosotros, el camino hacia la libertad se basaba en la invalidez de este desubicado e ignorante cascarrabias. La municipalidad, pensaba yo, como futuro legislador, debería tener jurisdicción sobre la capacidad de engendrar o no hijos, y no debería autorizar a ser padre a un tipo que a los siete años había dejado el colegio para ir a trabajar a un almacén. Y cuyo progenitor había desaparecido cuando él nació y no le había enseñado el oficio para tratar con niños.  En fin, volviendo al presente, les cuento que, prisionero y apretado por las sogas, durante horas papá nos roció con las más diversas malas palabras, amenazas y maldiciones, hasta que Hugo tomó un cuchillito de esos que usaba para trabajos prácticos,  y le extirpó la lengua.

Ha de ser cierta aquella tesis sobre las reacciones dispares de cada hemisferio del cerebro, porque paralelamente lo que hacía Hugo nos parecía una locura, y lo disfrutábamos.

La primera semana tuvimos la sensación de tenerlo encima de nosotros, y eso que él estaba allí, inmóvil, a un costado, mudo y completamente aferrado a una silla. Más solo que nunca.

Por eso, para que no supiera nuestros movimientos actuábamos mediante gestos, un retorcido código anti-paternalista que terminó por trastornarnos del todo. Es que no soportábamos saberlo cerca, pues estábamos seguros de que él participaba de nuestros actos, los auscultaba y juzgaba, aún sumergido en su trágica comedia de inocente ejecutado.

Y como lo correcto no siempre es lo contrario de lo incorrecto, ya cansados de intrigas, y para que papá no pudiera enterarse de nuestros planes diarios y sufriera por no poder evitarlos, Hugo le cortó las orejas y posteriormente, con ayuda de una tibia espátula de metal dorado, le quitó los ojos.

Durante los días posteriores tratamos de disimular de la mejor manera posible la estática presencia de papá, mutilado y finalmente preso en el altillo. Eso sí, de desatamos las cuerdas y le dábamos siempre el beso ded las buenas noches.

El planeta entero, con sus consagraciones de cristal y sus valores inmutables, sería incapaz de comprender lo que hicimos. Asimismo, nosotros no supimos presentir que lo amábamos intensamente, en la misma y equilibrada medida de nuestro desprecio. Se dice que dos afectos opuestos no pueden coexistir en un mismo instante. Es mentira.

Pero volvamos al relato: las cosas empeoraron. Papá, no me pregunten cómo, consiguió escapar del altillo y aún ciego, sordo, mudo y débil, pudo llegar hasta la puerta de calle y salir. Casi se entera todo el mundo. Tuvimos que operar otra vez. Con ayuda de Palmira lo metimos en la editorial un domingo por la tarde y Héctor, que siempre tuvo buena mano para el dibujo y perspectiva, supo manejar la máquina de guillotinar papel con certeza. Si, la misma cuchilla que corta las ediciones de Poe y de Cervantes, y que se deshonró amputando las piernas y los brazos de papá.

Lo que quedaba de él ya no molestaba mucho. Apenas una comida diaria (naturista) y un poquitito de pis entre las siete y las ocho de la noche. De eso se ocupaba Palmira; yo en cambio le acariciaba los pómulos, ahora ya sin temor, imaginando las lágrimas que derramaría si le hubiéramos dejado los ojos. Y Hugo, con la cabeza gacha, murmuraba “perdón, perdón” pero papá ya no escuchaba.

Paulatinamente comenzamos a abandonar las fiestas, y otras reuniones. Por último la facultad, el trabajo, el mundo exterior. Palmira cortó la relación con su novio. Inclusive dejamos de ir al comedor y al jardincito del fondo. El radio de vida incluía únicamente la cocina, el baño, y el altillo.

Mamá fue la última en claudicar, la que más tardó en aflojar; pero Héctor la convenció y la trajo un día hasta el altillo (ya hablo de este lugarcito como de otra casa, el nuevo hogar). Y papá, imposible olvidar ese gesto, papá pareció saberlo, sentir que todos estábamos allí, sujetos a él, ciegos, sordos, mudos e inválidos, implorando esa dulce sonrisa que él finalmente nos ofrendaba entre jadeos.

Desde entonces nada ha cambiado. El remedio para la familia no resultó y a veces pienso que esta anulación del padre ha sido un fracaso mayor de lo sospechado. Es más, ayer cuando mamá nos hizo salir a todos del cuarto (no necesito aclarar que ya vivimos en el altillo), según un chisme de Palmira, se debió a que ella tenía ganas de volver a abrazar a papá como en los primeros tiempos. Y, bueno, son marido y mujer, necesitan un poco de intimidad, qué tanto.

 Cuando de seres humanos se trata, ciertas batallas interiores pueden deparar las más diversas sorpresas, como se ve.

(*)Pertenece al libro EL ULTIMO OTOÑO y otros cuentos, 1982 /Faja de Honor de la S.A.D.E., 1983


(*) Crónica y Análisis publica estas notas por gentileza del autor Luis Buero Mail: luisbuero@tutopia.com ó bueroluis@hotmail.com
Mail: luisbuero@tutopia.com ó bueroluis@hotmail.com

Luis Buero es guionista, periodista docente de la materia Guión en TEA Imagen,  en la Universidad de Morón, y en la Universidad de Belgrano.
Es  autor del libro "Historia de la televisión argentina contada por sus protagonistas", editado en 1999 por la Universidad de Morón (dist. La Crujía) que obtuvo una mención especial de APTRA en la entrega de los Martín Fierro 1999. 
Algunas obras:
* Televisivas:
La Familia Benvenuto (Comedia, TELEFE, 1991-1995)
Comunicado Pop (Magazine juvenil, ATC, 1997)
Un Milagro de Cristo en la Quebrada (Documental, CANAL 2, San Luis, 1994) 
El Laboratorio del Dr. Pipeta (Sketches cómicos infantiles educativos, TV QUALITY, 1999)
Colaboración autoral en Los Rodríguez (Sketches cómicos, TELEFE, Junio 1998) y en Señoras sin Señores (Sketches cómicos, TELEFE, Octubre 1998).
* Radiales: 
El Tiempo que viene (Periodístico, FM Comunidad, 1996).
* Literarias:
Príncipes y Medias Lunas (1971)
Cuentodisea (1975)
El Último Otoño (1982) Faja de Honor de la Sade 1983 
Historia de la Televisión Argentina contada por sus Protagonistas 1951/96 (Universidad de Morón, 1999) 
* Periodísticas: 
Diarios: La Nación - Clarín (calles de Bs.As.) - La Voz del Interior - La Prensa - Tiempo Argentino - La Razón - Época - Norte- Publimetro - Diario 16 (España) 
Revistas: Flash - Uno Mismo - Cosmopolitan - Nuestra - Clarín Viva -Autoclub - Sex Humor - Para Ti - Luna - Todo es Historia - Magazín Semanal 
Otros: Clarín Ciudad Digital - - Leedor. com (internet) - Página Digital (internet) - Mujerweb.com (internet)- Aglia.com (internet), Sensibles Del Sur (Bariloche/internet), etc.
* Discográficas:
Para Mamá, Actor Hugo Arana (RCA VICTOR, 1976)
* Cursos y seminarios dictados: 
Facultad de Filosofía y Letras U.B.A. - Facultad de Ciencias Exactas y Naturales U.N. (Córdoba) - Círculo de la Prensa (de Rosario) - Carolina Cable Color (de San Luis) - Canal 3 de Santa Rosa (La Pampa) - Círculo de Prensa de Rafaela - Sindicato Argentino de TV Capital y Filial Santa Fe - Canal 10 de Córdoba - Asociación de Periodistas de la Televisión y Radiofonía Argentinas - Escuela Superior de Periodismo - Asociación Argentina de Actores - Centro Cultural Borges - Universidad nacional de Villa María (Córdoba) - Centro de Trabajadores Argentinos (Docentes de la Rioja) - Centro de Estudios Sociales(Córdoba), Universidad de Ciencias Sociales y Empresariales - Universidad de Flores (Estrategias de Comunicación) -Universidad Blas Pascal de Córdoba, Universidad Austral.

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